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LO QUE HABÍA EN LA CASITA DEL HORROR

LO QUE HABÍA EN LA CASITA DEL HORROR

Látigos, cadenas, esposas para aprisionar al cliente, trajes negros llenos de taches, fotografías de torturas sexuales y toda clase de objetos para prácticas sadomasoquistas hacían parte de la singular decoración de una de las habitaciones que el francés Jean Manuel Vuillaume había montado en una discreta vivienda de Teusaquillo.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
07 de abril 1996 , 12:00 a. m.

Detrás de la fachada de una aparente casa de familia, ubicada en la calle 40 No. 14-29, al lado de una discoteca, funcionaba el sofisticado burdel de decoración francesa en donde toda clase de travestidos prestaba costosos servicios a sus clientes dependiendo de sus preferencias sexuales.

En un allanamiento realizado por la Policía Metropolitana, el año pasado, poco antes de la captura de Vuillaume, EL TIEMPO conoció las instalaciones de la casa y estuvo hablando con algunas de las personas que trabajaban allí y que esa noche fueron detenidas por las autoridades.

La antigua casa, que conservaba las escaleras de madera y toda la estructura original, había sido adaptada para que en cada habitación se prestara un servicio sexual distinto y el costo de unas cuantas horas podía ascender a más de 300 mil pesos.

Si el cliente solicitaba servicios sadomasoquistas, elegía al travestido y subía al cuarto de las torturas.

Allí había una cama cubierta con un edredón de piel, encima de la cual colgaban unas cadenas metálicas y unas esposas de las que era amarrado el cliente si así lo solicitaba.

A su lado, en una mesa, reposaban los látigos, el corsé de cuero negro lleno de taches, una máscara y toda clase de objetos para prácticas sexuales.

La pared estaba llena de fotografías en blanco y negro en las que aparecían jóvenes desnudas de diferentes edades sometidas a toda clase de torturas sexuales.

Según los travestidos, las fotografías habían sido tomadas por el dueño en Francia, aunque no sabían de dónde eran las jóvenes que aparecían en ellas, ni cuánto les habían pagado por posar amarradas por cuerdas y cadenas o con botellas dentro de su cuerpo.

Según Paola, travestido del lugar, el del cuarto de las torturas era uno de los servicios más costosos porque ellas tenían que estar dispuestas a que el cliente las golpeara.

Algunos de ellos dijeron que aceptaban prestar dichos servicios por ganar un buen dinero.

Además, señalaron que las técnicas que había usado el francés para ambientar la casa les aseguraban una clientela exclusiva.

Para los clientes que tenían la fantasía de regresar a épocas pasadas, había un cuarto con una cama del siglo XVIII y un gigantesco armario en el que eran guardados trajes antiguos para que los protagonistas de la fantasía pudieran utilizarlos a su antojo.

Pero para quienes querían ser mirados durante sus prácticas sexuales había una habitación con espejos en el techo y a los lados.

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