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MARTIN CARRIZOSA CALLE

MARTIN CARRIZOSA CALLE

El orden y la puntualidad es a lo que más caso le pone. No es malgeniado, pero detesta, hasta llegar a ser intolerante, cuando las cosas no salen como un reloj. La hiperactividad parece ser su sello. No se puede quedar quieto ni un solo instante. Fuma mientras habla, se pasea por su oficina y no deja de contestar el teléfono.

Quienes lo conocen, dicen que nació con estrella, pues hasta ahora todo le ha salido bien. Fue buen estudiante, tanto en el colegio como en la universidad. Estudió Derecho en los Andes y allí consiguió su primer puesto como profesor. Después siguió en la del Rosario.

Su hoja de vida incluye la asesoría a varias empresas jurídicas e incluso al Presidente de la República en diferentes frentes: creó proyectos, discursos y le seguía la pista a la agenda presidencial para ver qué se cumplía y qué no.

Pero ahora, desde hace dos semanas tiene cargo y escritorio nuevos. Es el consejero para asuntos económicos de la Presidencia. Cuadra perfecto para el kínder: tiene 28 años y aunque es el menor del combo tiene muchas ideas en la cabeza por ofrecer.

Por estar buscando la perfección tuvo que dejar algunas cosas que le gustaban, como leer una novelas o jugar tennis, el deporte del gobierno Gaviria. Ahora su lectura es de biografías y cosas relacionadas con su trabajo, además de Borges, que es su favorito.

Aunque su nuevo trabajo le quita la mayor parte del día, se está preparando para asumir otra responsabilidad: será padre por primera vez en unos 15 días, cuando nazca su hija Mariana. Martín Carrizosa está casado hace dos años con Mónica Puerto.

Mientras asume como papá, todavía aprovecha sus ratos libres para oír su música favorita: Serrat y la salsa de Luis Enrique o Juan Luis Guerra. Como pocos de su generación no le gusta el rock y es más bien poco rumbero.

En cuanto a sus sueños futuros espera poder viajar para conocer el mundo y regresar a algunas ciudades como Buenos Aires, ciudad que visitó hace algún tiempo, con todo y excursión a la casa de Borges.

Pero, por lo pronto, le toca simplemente pasearse orgulloso, con paso firme y rápido, por su despacho, hasta el punto de dar una falsa imagen de ser ególatra y sobrado.

Allí mano derecha es su pequeño computador, que se ha convertido en su mejor compañero, pues frente a él permanece el 60 por ciento de su tiempo.

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