UN DRAMA CON CARA DE ADOLESCENTE

UN DRAMA CON CARA DE ADOLESCENTE

Cada palabra es una lágrima. Pero en dos personas, madre e hija. Se miran, y mientras la una habla muy lentamente, así mismo se humedecen los ojos de la otra. La tristeza la expresan tan a la par, que parecen una sola.

30 de abril 1995 , 12:00 a.m.

La una es una adolescente que hasta hace menos de un año cursaba noveno grado. Cambió los cuadernos de trigonometría y la falda escocesa por las batas de maternidad, las ecografías y los saquitos tejidos.

La otra, su mamá, resolvió apersonarse del papel de abuela-madre. Porque no acababa de criar a su hija cuando ya estaba pensando en cómo educar a su nieta. Por eso esperaron las dos. Soñaron las dos. Y ahora lloran las dos cada noche su soledad.

Su bebé, la de las dos, solo estuvo en casa ocho días. Diminuta, paciente, dormilona, apenas si alcanzó a acostumbrarlas a su nueva presencia en este mundo. Yo creo que se parecía a la mamá, era muy blanca , dice, de pronto, el abuelo, con una ternura extraña para su apariencia recia.

Mientras lo recuerda, trata de esbozar una sonrisa que pretende darle consuelo a las dos. No llega a los 40 años. Habla estrictamente lo necesario. Tiene una mirada tranquila, el ceño fruncido y las manos enormes. Las mismas que cargaron al miembro más pequeño de la familia, en una cajita blanca, hasta su lugar de descanso.

Ella tenía el cabello liso, negro, muy largo , dice la mamá que a pesar de estar metida en un vestido de luto y de usar peinado de mujer grande, no pierde la cara de colegio.

Todo ha pasado tan rápido que aún no ha definido muy bien su vida, luego de creer que la tenía definida. Después de nueve meses de espera, ocho días como madre primeriza, ocho más como madre de hospital y tres días de pesadilla, solo se le ocurre que lo mejor es volver a estudiar. Cuando estaba embarazada pensaba en estudiar y trabajar.

La abuela cuenta que su bebé nació normal. En tres o cuatro días se le desarrolló una gripa que la puso a toser y empezó a ponerse morada . Por eso la llevaron al Hospital de Fontibón, donde nació, para que la atendieran. Le diagnosticaron bronquitis, pero no la recibieron porque dijeron que estaba copado y nos recomendaron ir a Kennedy .

En Kennedy, el especialista que la atendió dijo que era cuestión de ocho o diez días. Alcanzó a mejorarse en ese tiempo. Ya recibía pecho sin atorarse y le quitaban el respirador por raticos. Todas las mañanas, a las 9, yo estaba en la puerta del Hospital lista para verla , dice la mamá mientras retrocede la película cada vez más rápido.

Justo a los ocho días de estar en el Hospital, el pediatra me dijo que la iban a dejar una semana más. Porque evolucionaba, pero muy lentamente. La noche del lunes, entonces, la dejé dormida luego de darle de comer. Eran como las 7. Y me fui para la casa a descansar. Cuando volví el martes, a las 9 de la mañana, no alcancé a llegar y ya todas las personas hablaban de que algo había pasado. Era un rumor, una señora desconocida decía que se habían muerto unos niños.

Al rato empezaron a entrar las mamás. Nos preguntaban el nombre y el número de camita. Cuando les dije el mío, las enfermeras se miraron. Pero ninguna dijo nada. Me mandaron a una sala de espera. Y yo pensé, como todas las mamás, que mi bebé estaba muerta.

El director fue quien nos dio la noticia... Los bebés habían muerto... Fue en una emergencia como a las 6:45 de la mañana... La abuela retoma la historia, con una mirada de su hija. Ella nos llamó, estaba desesperada, lloraba, gritaba, no sabía qué hacer... Estuvimos en el Hospital como hasta las 4 de la tarde Y la hija vuelve a hablar. Así son las cosas. Así lo quiso Dios. Y como era su voluntad, igual pudo morirse aquí o en cualquier otro hospital .

Pero lo que duele es que no murió normal , completa la abuela con los ojos inundados.

La versión de que tenía que ver con la enfermera, lo supimos por las noticias. Pero no le veo intención. Nadie tiene corazón para matar cinco niños... Fue un error... , dice el abuelo cuando las dos ya no pueden hablar.

Y qué le diría si la tuviera al frente? No sé, no sé que reacción tendría. Pero me daría mucho pesar con ella , dice la abuela mientras su hija respira profundo y baja la mirada.

Pero se incorpora muy rápido. Ahora es ella la que da ánimo. La que debiera estar llorando, inspira calma. Por mi María Paz voy a seguir adelante .

Y se salvó A Germán Enrique el pañal casi le llega a las axilas. Le sirve hasta de pantalón. Difícil explicar cómo levanta todo ese peso cada vez que se despereza y eleva un par de piernas del tamaño de un lápiz. Es solo costillas con piel morena.

Nació de siete meses. Hace gestos, mueve la boca y estira los deditos de la mano. No se le ven uñas. A su lado, Diana Marcela, una mamá de 20 años, que contempla a su tercer bebé.

Un milagro. Yo no se qué pensar. Se salvó el mío. Estuvo en el problema y se salvó. Le pedí tanto a Dios...

Cuando murieron los cinco niños, la Fiscalía nos dijo que lo lleváramos al Simón Bolívar. Ahí estuvo pero lo volvimos a traer a Kennedy, porque mi esposo quería que estuviera aquí .

El viernes fue un día raro. En el segundo piso estaban los papás de los bebés muertos. Desencajados. Llorosos. En el tercero, tres cuartos, 304, 305 y 306, vacíos, los de la tragedia. Las directivas del Hospital ordenaron que se cerraran y aunque están sin llave, nadie quiere entrar allí.

Dos cuartos más adelante, Germán, sobreponiéndose en medio de una maraña de tubos y cables. Va a ser alguien muy especial, es un pelado muy fuerte , dice su mamá.

Un par de cunas a la derecha, alguien se debate entre la vida y la muerte. Es el séptimo bebé que recibió Pavulón.

En el Hospital y en varios medios, el viernes corría el rumor de que luego de la crisis, su cerebro había muerto. Pero el director lo desmiente y dice que tiene reflejos. Las enfermeras que lo cuidan, dicen que evoluciona. Asimila la comida que le pasan por sonda.

Está acostado boca abajo, en una caja de cristal, lleno de cables y tubos. Es un poco más grande que Germán. Es blanco y rubio. Con facciones muy finas y pestañas rizadas. Las manitas son redondas, la espalda gruesa y velluda.

También se dice que los padres han manifestado su deseo de que le desconecten todo suministro de vida artificial. No se pudo confirmar la versión. Pero el director del Hospital dice que no se practica ni se practicará allí la eutanasia.

Al bebé se le ve tranquilo, rosado. Está junto a una ventana por donde se cuela el sol.

El mismo sol que, en el cuarto vecino, calienta a Julie, una bebé de tres meses que sonríe hasta por los ojos. Su mamá, Jackeline, cuenta que le han hecho varias cirugías cerebrales y que en Kennedy, me la salvaron .

Llegaste al límite de contenidos del mes

Disfruta al máximo el contenido de EL TIEMPO DIGITAL de forma ilimitada. ¡Suscríbete ya!

Si ya eres suscriptor del impreso

actívate

* COP $900 / mes durante los dos primeros meses

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.