La máquina de la muerte de Elías Heim

La máquina de la muerte de Elías Heim

La luz de las lámparas de neón se refleja en destellos en medio centenar de jarras y copas de vidrio sobre tres estantes grises, metálicos y sin gracia. En lo que fue un salón de clase, ahora con paredes tan blancas que casi molestan la vista y un piso gris lúgubre, se juntan algunas personas que llegan solas o de a dos.

23 de noviembre 2008 , 12:00 a.m.

No importa si vienen hablando animadamente por el pasillo lleno de puertas que antecede a la entrada, al llegar a la habitación, la gente se calla.

En una esquina hay un reloj redondo, de manecillas negras y fondo blanco, pero lo único que parece causar un disturbio en tanta quietud son los restos de vidrios junto a los estantes, señal de que algunas vasijas han caído.

Es un poco la imagen que podría tener un manicomio en una película de suspenso, salvo por un video que corre en un televisor de pantalla plana colgado en una pared y porque todo hace parte del 41 Salón Nacional de Artistas, que se desarrolla en Cali.

La gente apenas respira y se mira, camina un poco o mira el video que muestra las manos de una mujer que repara, de manera amorosa, una copa rota.

En este punto, tal vez muchos se pregunten qué hacen viendo un juego de copas y envases sobre tres estantes que tienen la ‘elegancia’ de los que habría en un regimiento, o por qué esa obra del caleño Elías Heim es una de las más llamativas del salón.

La respuesta llega en un instante, traída por un inesperado sonido como de metal contra metal, al que le sigue el golpe seco de una copa que estalla en el piso. Una explosión de vidrio y nada más. Luego, la conversación recurrente de la gente: –¿Viste? ¡Se cayó una! Y la pregunta crucial: –¿Dónde va caer la otra? No debería repetirse Heim llamó a esta obra Mujeres de los escombros, como referencia a las viudas y huérfanas que, luego de la Segunda Guerra Mundial, hacían largas filas para pasarse, una a otra, ladrillos y escombros con los cuales levantaron nuevas casas.

“Ellas construyeron nuevamente a Europa y a muchos dicen que son las responsables de lo que hay hoy”, dice Heim, que además de colombiano es judío.

Por eso, más allá del nombre, la obra se presenta como un señalamiento a lo frágil de la vida y a lo fácil que es acabar con ella cuando el ser humano se convierte en un objeto.

“En la tradición judeo-cristiana, Dios creó al hombre al insuflarle aliento.

Una botella, una vasija o una copa necesitan ser sopladas para adquirir la forma", explica el artista.

El problema de estas copas es que debajo de los estantes grises hay un mecanismo que las empuja al vacío –las envía a su muerte– de manera aleatoria.

La obra tuvo su inspiración en la manera sistemática en que los nazis intentaron acabar con los judíos durante la Segunda Guerra Mundial, Esa estrategia empezaba por deshumanizar a las personas para volverlas finalmente un objeto.

“Yo solo enciendo la máquina y no sé qué pasará. Nadie sabe qué pasará –dice Heim–. Así eran los campos de exterminio. No había reglas. El ser humano se volvía un objeto que podía morir por cometer un error o porque a un soldado que se tomó tres tragos se le ocurrió dispararle”.

El artista afirma esto y otra copa cae, mientras un par de visitantes se enfocan en un estante cada uno, con la esperanza de ver el momento en que el envase realice su vuelo mortal.

Heim señala cómo, paradójicamente, esos seres vueltos objetos no existían para los demás hasta que morían: “Cuando se desplomaban, entonces la gente decía: ‘ahí había un ser vivo’”.

Algo parecido pasa con las copas. El que las mira solo las ve cuando se convierten en fragmentos. A lo mejor, por eso muchos las quieren ver aun siendo copas individuales, no en el estante, un milisegundo antes de que se revienten contra el piso.

Aquí tambien Para Heim no se trata de un asunto del pasado, sino algo que también sucede en Colombia. “Los judíos asumieron el Holocausto como una oportunidad para gritar que eso no volviera a suceder –dice–. Que no pasara nuevamente, que el hombre nunca volviera a ser un objeto, pero uno, colombiano y judío, ve que se repite.

“Estamos en una situación en la que la dignidad humana puede borrarse y el hombre ser menos que un animal –agrega–. No se puede coger a unas personas, meterlas en la selva en una jaula de púas y dejarlas años eternos ahí, como objetos de intercambio. Uno ve como una persona le corta la mano a otro, le dan una plata y todos contentos", señala el artista.

En el salón, el tiempo pasa y su paso lo acentúa el reloj de la pared. A veces, alguna pareja se sienta con la esperanza de ver caer un recipiente.

Para muchos, ver el momento, aun sin saber lo que significa, parece ser atractivo. En promedio, mientras la máquina esté encendida, caerá una copa cada 14 minutos, aunque realmente no se sabe cuándo. En ese tiempo, según estudios consultados por Heim, habrá muerto de manera violenta una persona en Colombia.

‘ ‘ Solo enciendo la máquina y no sé qué pasará. Nadie sabe qué pasará. Así eran los campos de exterminio. El ser humano se volvía un objeto”.

- El juego de lo impredecible La máquina de la que se valió Elías Heim consiste en un sistema que empuja al vacío de manera aleatoria las copas que están en tres estantes. Por ello es imposible predecir cuál copa o vasija caerá y en qué momento. Pueden pasar pocos minutos entre una y otra caída. También puede pasar un largo rato sin que algo suceda. La máquina está construida para que, al final del día, haya lanzado un promedio de un recipiente cada 14 minutos

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