CIENCIACIDIO

CIENCIACIDIO

Todos los colombianos saben que la industria azucarera es tan nacional como nuestro buen café. Los ingenios nacionales, las siembras de caña, la producción de azúcar forman parte del patrimonio agrícola del país y todo lo que en el campo se produce para exportar y para consumir beneficia a nuestros compatriotas.

30 de abril 1995 , 12:00 a.m.

Este renglón de la economía nacional no solo produce divisas sino que ofrece trabajo a millares de personas. No existe inversión extranjera, e inclusive los técnicos son de origen nacional.

Por eso el atentado cometido por las guerrillas, infortunadamente integradas también por colombianos, contra el Centro de Investigación de la Caña (Cenicaña), no solo merece repudio general sino que produce una sensación de repugnancia. Porque destruir centros científicos donde se acumulan valiosos conocimientos, se estudian las proyecciones futuras, se combaten las plagas y se analizan las condiciones de la producción, es algo inconcebible.

Las mentes de quienes cometen estos actos se han nutrido ya con la sangre de los compatriotas asesinados; posiblemente se alimentan de los secuestros y preparan sus diabólicas acciones con el dinero de los asaltos y el producto de tánto daño causado a la patria. Lo que se ha perdido por la destrucción del laboratorio de caña puede ser, en momentos, irremplazable. Un trabajo de años, seriamente concebido, ardorosamente continuado en tantas jornadas será reconstruido, es cierto, pero se pierde el fruto de una tarea colombianista, que beneficiaba no solo a una región sino a todo el país.

Estos hechos conllevan un sentimiento de frustración, porque si fueran cometidos en una guerra con otro país, podría existir la posibilidad de una razón atenuante. Pero que colombianos nacidos bajo el cielo que todos compartimos, con objetivos que estamos seguros ya no son políticos, sino propios de la delincuencia común, abre un abismo ante las criminales actividades de quienes propician estos vandálicos hechos.

Cuál es el objetivo concreto de quienes cometieron un acto tan descabellado? Seguramente, como la gran mayoría, buscan el chantaje, y hacer sentir que poseen un poder desestabilizador. Pero ojalá hechos como éste surtieran un efecto totalmente contrario al que seguramente persiguen los bandoleros. Así tiene que ser, pero con mayor razón en esta oportunidad, porque más que nunca el atentado va directamente contra el sector agropecuario, contra una clase trabajadora que tanto necesita una forma de producción más tecnificada y productiva.

Con esta nueva muestra de rechazo al clima de concordia, las opiniones en favor de las negociaciones de la paz sufren duro revés. Porque no solo los diálogos, sino la voluntad para ayudar a quienes creen trabajar por la paz, reciben un golpe que nadie puede descalificar en la razón emocional de su contenido.

Pocos compatriotas están en favor de la alteración del orden público. Solo aquellos a quienes se les debería despojar de su condición de colombianos continúan activando la guerra. Mas no podemos desconocer que la mayoría del pueblo siente algo muy similar a la suspicacia y la desconfianza cuando se habla de las negociaciones de paz.

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