TERROR MADE IN USA

TERROR MADE IN USA

En estos días el mundo ha recordado una fecha terrible: el descubrimiento, hace 50 años, por las fuerzas aliadas, de los campos de exterminio nazis. Todos hemos visto de nuevo esas imágenes de seres famélicos y cadáveres amontonados en lo crematorios, que no dejan de estremecer al más insensible de los espíritus.

30 de abril 1995 , 12:00 a.m.

No hay peor muestra del abismo de degradación y brutalidad al que puede descender el hombre que los campos de concentración del nazismo, donde perecieron millones de judíos y centenares de miles de disidentes políticos.

La liberación de los campos marcó el comienzo del final del Tercer Reich de Hitler. Luego vinieron los juicios de Nuremberg, donde fueron condenados a muerte los principales jerarcas nazis y la humanidad se enteró por primera vez en detalle de cómo funcionaba la maquinaria de exterminio del régimen nacional-socialista.

Aún es difícil aceptar que hace tan sólo 50 años, en pleno siglo veinte, en uno de los países más desarrollados y cultos, se hubiera podido llegar a semejantes extremos de fanatismo asesino. Fue una patética lección sobre el lado negro de la condición humana y su capacidad para el envilecimiento.

La traumática experiencia de la Segunda Guerra Mundial, de la cual el holocausto fue su más desgarradora expresión, puso al mundo a desarrollar todos los mecanismos posibles para evitar la repetición de un enfrentamiento tan destructivo entre naciones. Las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki eran muestra contundente de que, como lo advirtiera Einstein, una cuarta guerra mundial se libraría a piedra y palo.

Vino entonces el fortalecimiento de organismos como Naciones Unidas y su Consejo de Seguridad, al mismo tiempo en que el mundo se polarizaba nuevamente en dos campos esta vez el capitalista y el comunista y se iniciaba, en medio de declaraciones y tratados de paz, una feroz carrera armamentista.

Fue la guerra fría, que duró cuarenta años. Hasta la desaparición, por física sustracción de materia, del polo comunista. Esta guerra nunca se volvió caliente por el hecho de que ambos campos dispusieran de poder nuclear. El equilibrio del terror evitó una nueva conflagración a escala mundial, aunque ambas potencias libraron toda suerte de guerras subalternas en un Tercer Mundo que utilizaron como laboratorio para sus experimentos bélicos y sus métodos cada vez más perfeccionados de aniquilamiento.

Con el fin de la guerra fría, tras la desintegración de la URSS y el desplome del bloque comunista, se pensó que, por fin, la humanidad entraría en un período nuevo, más propicio para consolidar la paz entre naciones y liberar a la humanidad del chantaje del terror. Se aceleró el proceso de desarme nuclear y aparecieron incluso teorías sobre el fin de la historia .

Vana ilusión. La posguerra fría pronto se caracterizó por la explosión de pasiones étnicas, religiosas o nacionalistas que habían dormitado durante el enfrentamiento Este-Oeste. Y pasó a primer plano, como principal elemento desestabilizador, el terrorismo.

Desde fundamentalistas islámicos o extremistas vascos, hasta sectas japonesas o narcotraficantes colombianos, este fin de milenio ha vivido las más inconcebibles expresiones de terrorismo indiscriminado. Solo faltaba un atentado como el de Oklahoma, para entender hasta dónde se ha propagado el cáncer del terror.

Estados Unidos ha sido sacudido hasta los tuétanos por una explosión casera que está poniendo a prueba la capacidad de respuesta ante el terror de la primera, más próspera y mejor armada democracia del mundo.

Si la bomba de Oklahoma hubiera sido, como la de Nueva York, de origen foráneo, quién sabe cuál sería la reacción de E. U., ni qué peligrosas represalias xenófobas hubiera podido desatar. Pero el peor acto terrorista de su historia fue de autoría totalmente doméstica. Difícil un prototipo más gringo que el de Timothy McBeigh, miembro de una de las tantas ultraconservadoras sectas paramilitares que hay en ese país.

Este atroz atentado, con más de doscientos muertos, no fue en Beirut ni en Bogotá, sino en el corazón geográfico y sentimental de USA, y en una ciudad que simboliza la tranquila prosperidad del American way of life . Los estadounidenses entienden hoy que el terrorismo no es algo que les pasa a los otros y se preguntan qué monstruos políticos ha incubado una sociedad donde la proliferación de fanáticos grupúsculos corre paralela al culto de las armas.

Pero la gran pregunta es: Cómo afrontará Estados Unidos la amenaza terrorista interna? Cuánta libertad estarán dispuestos a sacrificar sus ciudadanos por mayor seguridad? O hasta dónde se puede restringir la democracia más abierta y dinámica del mundo.

Demostrar que se puede extirpar el cáncer terrorista sin lastimar el cuerpo de la democracia; probar que la fuerza inteligente es más eficaz que la represión indiscriminada, es la mejor lección que E. U. podría darle al mundo en este momento. Un mundo afectado hace tiempo y en todas sus latitudes por los fanáticos del carrobomba, los suicidas de la dinamita, o los carismáticos del gas venenoso. Un mundo al cual, después de Oklahoma, Estados Unidos ha hecho un dramático ingreso.

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