NOSTALGIA POR LA CORRESPONDENCIA EPISTOLAR

NOSTALGIA POR LA CORRESPONDENCIA EPISTOLAR

Una buena amiga mexicana me ha dado a conocer el libro de Tello Díaz que lleva por título El exilio: un relato de familia.

30 de abril 1995 , 12:00 a.m.

No es frecuente, tratándose de temas nacionales, el intercambio de libros entre los países latinoamericanos. El que ha llegado a mis manos cuenta ya tres años de haber sido publicado y un comentario sobre su contenido carecería de actualidad más allá de nuestras fronteras patrias. El autor, Carlos Tello Díaz, es bisnieto del general Porfirio Díaz, quien gobernó a México durante 35 años que culminaron en 1911, abriéndole la puerta a la Revolución Mexicana. Nuestro general Reyes lo conoció a comienzos del siglo y lo adoptó como modelo de administrador eficiente, pasando por alto los partidos políticos. Su divisa: menos política y más administración acabó apropiándosela Reyes para reconstruir a Colombia, a raíz de la Guerra de los Mil Días. Y, como si fuera poco, hasta en el físico con los bigotes a lo Káiser, guardaban grandes similitudes.

Raras veces los dictadores terminan pacíficamente el ejercicio del gobierno. Con excepción del General Franco, cuando la insurrección alcanza cierto nivel popular, los más prudentes se ven obligados a retirarse del mando y viajar al extranjero. Tal fue el caso de Reyes y de Díaz, que acabaron residiendo en Europa, tras haberse embarcado, uno y otro, en barcos europeos que los llevarían al Viejo Continente. En este caso fue Reyes quien dio el ejemplo en un vapor bananero, antes que Díaz se escapara en el Ipiranga.

La vida en el exilio, guardadas proporciones entre la riqueza de México y la pobreza de Colombia de entonces, debió ser muy semejante. Vida de serenidad y de estudio en la que los miembros de la aristocracia nativa, residentes en el extranjero seguían manteniendo una amistosa relación con el mandatario depuesto. Y, como era de rigor, la correspondencia, tan nutrida en aquellos años en que no existían ni el teléfono de larga distancia ni el correo aéreo, alimentaba la curiosidad del círculo de los exiliados. Los domingos se daban cita a la salida de la misa e intercambiaban informes sobre los juicios que les adelantaban los partidos políticos triunfantes y los sentimientos de pesar por la suerte de los amigos caídos en desgracia, a quienes ya era imposible ayudarlos en forma alguna.

También, en el caso de Díaz, algo que yo he llamado el síndrome de Santa Helena , por el antecedente del destierro de Napoleón, en la isla de Santa Helena. Se trata de aquella correspondencia que despierta entre los miembros del antiguo gobierno esperanzas sobre una reivindicación inmediata. El estrecho grupo de colaboradores y simpatizantes que comparten las horas del exilio viven pendientes de las noticias de la patria lejana desde donde los más íntimos amigos les hacen creer que es inminente un llamado de la patria ante el descrédito de quienes los han sucedido en la dirección del Estado. No fue el caso del General Reyes sino el del General Díaz, a quien un inquieto sobrino, el general Félix Díaz, intentó por varias veces restablecer en México, si no como gobernante, al menos bajo un gobierno que simpatizara con su figura y le reconociera los servicios prestados a su país.

La consecuencia de los alzamientos militares del sobrino ha sido la de que, muerto Díaz, en París, ningún gobernante mexicano en más de medio siglo haya permitido el retorno de sus cenizas a la tierra de sus mayores. Sabrá Dios si por el ejemplo de la restauración bonapartista en el trono de Francia, cuando los de Orleans patrocinaron el retorno de las cenizas de Napoleón I a los Inválidos.

El aspecto interesante de todo este relato es, para mí, la importancia que tuvo la correspondencia epistolar hasta hace apenas unos veinte años. La historia se reconstruía gracias a estos documentos que ilustraban el estado de ánimo de los protagonistas y permitían revivir en forma afortunada el ambiente en el que se desarrollaban sucesos de una gran importancia nacional e internacional. Tan fácil como es su lectura, se trata de un trabajo de filigrana en el que el autor hace coincidir el relato convencional de los grandes episodios históricos con las apreciaciones contenidas en la correspondencia de los principales protagonistas de cada episodio. Debieron ser millares de cartas y documentos públicos los consultados por el joven cronista mexicano en el curso de tres años.

Tello nunca se pierde en los dos extremos a que está expuesto quien se ocupa directamente de las ejecutorias de sus antepasados. Es, por decirlo así, un tercero, ajeno a los lazos de sangre que lo unen con sus personajes. Ni el sentimentalismo bobalicón ni la historia acartonada de los textos escolares aparecen por ninguna parte. Su labor es comparable a la de aquellos estudiosos norteamericanos de nuestra vida republicana que acaban siendo las fuentes más autorizadas para descifrar el discurrir de nuestra sociedad sin apasionamientos de ningún género.

Una tarea como la de Tello será imposible de ahora en adelante o, por lo menos, considerablemente limitada. Las cartas van desapareciendo a pasos agigantados de la cultura nuestra. Ya a nadie que va a pasar la Semana Santa a Cartagena o a Cali se le ocurre escribir cartas. El uso del teléfono y del fax ha venido ocupando el lugar de la correspondencia manuscrita, que sirve en muchos casos de fundamento a libros como el que estoy comentando.

Ya el profesor Malcolm Deas había apelado a un expediente semejante para describir la vida en las haciendas cafeteras de comienzos del siglo XX. Gracias al archivo de la familia Herrera pudo el cronista británico, con la ayuda de los libros de contabilidad y las cartas cruzadas entre el patrono y el mayordomo, darnos a conocer, con lujo de detalles, el funcionamiento de una plantación cafetera en Cundinamarca. No sólo se trata de la explotación de la finca cafetera en un sentido estricto sino que, a través de las cartas del dueño de la hacienda y del mayordomo, se pueden escrutar el panorama político de la época y el verdadero alcance de nuestra democracia.

De la misma manera, el bisnieto del ex presidente Díaz pudo recoger un sinnúmero de testimonios emanados de la corrrespondencia epistolar de sus antepasados, pero también de sus amigos más íntimos, hasta poder ofrecer al mundo una visión bastante exacta de la sociedad mexicana en los primeros veinte años de este siglo. Visión circunscrita a su clase más alta, pero que ilustra a cabalidad acerca del tratamiento entre hacendados y peones, entre los dueños de minas y sus trabajadores en aquellas edades pre-industriales. Este género de testimonios, en mi concepto, son más valiosos que las propias memorias escritas a posteriori por los protagonistas de los grandes acontecimientos históricos. El recuerdo se ve afectado por lo sucedido entre el momento en que las memorias se recopilan y los días en que los hechos ocurrieron. La correspondencia, en cambio, está escrita al calor de los episodios que se relatan y, por lo general, revela las opiniones íntimas de los actores sin forzar al historiador a buscar interpretaciones póstumas. Esta es la razón por la que registro con pesar la desaparición de las cartas, con frecuencia manuscritas, que en gran medida contribuían a esclarecer el sentido de los procesos históricos y a revelarnos sin cortapisas el carácter de los hombres públicos.

Bien valdría la pena de que quienes disponen del tiempo indispensable para adelantar investigaciones de esta índole, se propusieran reconstruir la crónica de nuestro siglo XX con la ayuda de elementos de juicio como los que han despertado mi interés en esta ocasión, al llegar a mis manos el libro de Tello Díaz.

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