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URABÁ, ALGO MÁS QUE VIOLENCIA

URABÁ, ALGO MÁS QUE VIOLENCIA

Colombia ha sido históricamente un país sin conciencia geográfica. No ha entendido su heredad ni descifrado el sentido providencial de ser esquina de una inmensa masa continental que en ella se asoma a la débil coyuntura que la enlaza con otra, inmensa también en el hemisferio norte. Inmensa y poderosa. Con vocación de inmensidad física y grandeza geopolítica.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
12 de abril 1996 , 12:00 a. m.

Apretujados en la masa andina, consumidos en reyertas partidistas que nacen con la república y siguen desangrándonos casi dos siglos después, no nos hemos asomado a nuestra realidad geográfica hasta hacer realmente nuestro lo que jurídicamente nos perteneció y no supimos valorar en el proceso definitorio de nuestras fronteras, hasta perder inmensas extensiones territoriales. Colocamos en el cuartel inferior del escudo nacional el istmo de Panamá, pero permitimos que nos lo arrebataran en la hora más sombría de nuestra historia. Y allí quedó, como símbolo de lo que no entendimos y lección silenciosa de lo que deberíamos entender para el futuro.

Deberíamos. Pero, lo entendemos? Urabá es otro canal interoceánico en potencia. El Atrato y el Truandó al norte, el mismo Atrato y el San Juan al sur, casi tocan sus aguas a través de estrecheces ístmicas que invitan a que se les cruce por medio de esclusas con el propósito de reemplazar el canal de Panamá, o complementarlo ante la congestión creciente de la navegación intermarítima, y el tamaño de los grandes buques petroleros que no pueden cruzar por aquel.

Sin embargo, allí yace Urabá, consumido por la angustia, el miedo, el horror. Con sus inmensas riquezas agroindustriales, su potencial exportador, sus bosques húmedos aún impenetrados en el Tapón del Darién, sus maderas salvajemente arrasadas. Colombianos matándose con colombianos en una locura colectiva que rebasa los límites del absurdo. Y el narcotráfico, el contrabando de armas que lo nutre a la par con sus aliados de la que fue guerrilla política, los paramilitares , cada agrupación dueña de su propia violencia y de su particular argumento criminal.

Si a comienzos del siglo el Presidente de la nación hacía versos mientras Teodoro Roosevelt aprestaba el gran garrote y declaraba que si Colombia no negociaba lo haría con Panamá, noventa y dos años después el Estado colombiano no ha podido hacer de Urabá una región próspera, organizada, pacífica, progresista, civilizada. A Panamá la desangró la guerra civil de los Mil Días. A Urabá la contienda brutal que empezó hace cincuenta años. Extraño paralelismo entre dos regiones con similar potencial de navegación interoceánica y parecidas circunstancias de abandono e inconsciencia, que abrieron camino al desmembramiento allá, a una preocupante incógnita acá. Qué será de Urabá en el inmediato futuro? Lo que hoy ocurre en la martirizada región es consecuencia retardada del descuido en que se ha tenido un área geográfica donde estalla la paradoja de la riqueza en recursos naturales y la incapacidad de regular y encauzar su usufructo , se decía en esta misma columna el 13 de octubre de 1995. Descuido e improvidencia. No se necesitaba ser mago ni futurólogo para predecir hace unos cuantos años lo que llegaría a ser ese espacio sobre el cual se vertía aceleradamente una población amorfa y errática, que evidenciaba llevar consigo los gérmenes de la subversión expansiva de otras regiones del país.

La improvidencia propia de nuestro ser político privó a Urabá de lo que un sentido de anticipación hubiese podido entregarle en términos de ordenamiento poblacional y de explotación de los recursos, entendiendo que sobre una región de tan elevado interés geopolítico cualquier descuido podría con el tiempo ser utilizado, como ocurrió en Panamá, por intereses vitales ajenos a los nuestros.

Si la guerrilla fuese en realidad lo que sostiene, una fuerza patriótica inspirada en el servicio a los más altos intereses de la nación y de su pueblo, no persistiría en sembrar el caos y el terror en lo que aspira a convertir en Región liberada . A Urabá podemos perderlo cualquier día, como perdimos a Panamá. El Nuevo Orden Mundial trazado a la medida de quienes tienen el poder para dictarlo, acomodándolo a sus propios objetivos, da para todo. Inclusive para fabricar argumentos explicativos ante los cuales el mundo se encoja de hombros.

Solo nos falta que nuestro paradigmático Congreso, tan diligente como el de 1903, promulgue una ley que cambie el istmo panameño del tercer cuartel del escudo nacional, por un perfil estilizado y heráldico del Truandó. Así tendríamos otro siglo de vergenza para llorar lo que también perderemos si no tomamos conciencia de estas inquietantes realidades.

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