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CAFRES, VÁNDALOS Y COLOMBIANOS

CAFRES, VÁNDALOS Y COLOMBIANOS

La inicua campaña que han desatado los Estados Unidos contra Colombia aspira a incluirnos en el capítulo nefando que reserva la historia a los pueblos indeseables. El rico arbitrario arrasa al débil: no es la primera vez que ocurre. La lista de naciones que han sido inscritas en la lista negra es más o menos larga y perdurable. De muchas de ellas todavía oímos hablar, como si se tratara de tribus diabólicas: más o menos como nosotros, como usted o como yo, según el gobierno de Washington y quienes lo acompañan en esta campaña.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
12 de abril 1996 , 12:00 a. m.

Pero resulta que, bien mirados, esos pueblos malditos eran mucho mejores de lo que pinta la historia oficial.

Tomen, por ejemplo, el caso de los fariseos, que gozan de tan mala prensa en los círculos del Nuevo Testamento. Los fariseos han llegado a ser, por virtud de la maquinaria de desinformación histórica, sinónimo de falsos, impostores, solapados. El Diccionario de la Real Academia define al fariseo como hombre hipócrita .

Sin embargo, los historiadores que conocen a fondo las costumbres y creencias de este pueblo de los tiempos de Cristo opinan distinto. El escritor inglés Robert Graves, el de Yo, Claudio , señala que los fariseos eran gente de elevadas aspiraciones morales que suavizaron con su característica humanidad las disposiciones más duras de la antigua ley mosaica y a la vez predicaban y practicaban las mismas virtudes que los cristianos gentiles . Se llamaban así porque, como todos sabemos, el término significaba separados , y ellos se apartaban de lo impuro. Agrega el historiador que practicaban la espiritualidad y la caridad de modo más ordenado y humano que cualquier sociedad cristiana actual .

En cuanto a que Cristo hubiera descertificado globalmente al pueblo fariseo, no hay tal. Jesús nunca condenó en su totalidad a esta ilustrada secta -advierte Graves-, sino sólo a algunos miembros individuales . La mala prensa que aflige a los pobres fariseos, que eran pacifistas y amigos de la libertad, ha sido producto de los libelistas . Ellos nunca faltan. Con otros nombres y espacios, pero nunca faltan.

Algo parecido sucede con otras naciones a las que el poder imperante les quitó la certificación. Los bárbaros, por ejemplo, cuyo nombre ha hecho tránsito al diccionario con un abanico de definiciones injustas: fiero, cruel, inculto, grosero, tosco, arrojado, temerario . En realidad, la palabra bárbaro tan sólo significaba extranjero y corresponde a una serie de inmigraciones que recibió Europa desde el Asia desde hace milenio y medio. Muchos de estos pueblos eran bastante más cultos que los europeos, a la sazón inquilinos de continente despoblado, atrasado, enfermizo y, digamos, bárbaro.

Como todo ejército conquistador, los bárbaros entraban con las armas en la mano. Acaso llegaron con ramos de flores los españoles a América, los franceses al Africa, los ingleses a la India o los gringos a Vietnam? Se habla mucho de la devastación que produjeron los vándalos, que formaban parte de estos agradables muchachos. Mas no consta que hubieran acudido a la bomba atómica o el napalm. Otra vez, los historiadores ilustrados señalan cómo fue el propio imperio romano el culpable de su propio derrumbe, más que la arremetida de los extranjeros. De hecho, muchas de las tribus recién llegadas eran aliadas de los romanos. Uno de los reyes bárbaros estaba genuinamente preocupado por el colapso romano. Quisiera pasar a la posteridad como el restaurador de Roma -comentó-, no como su suplantador .

Otros bárbaros de siglos posteriores, como los ejércitos mongoles, eran muchísimo más educados y espirituales que los europeos de entonces. Los Kahn - recuerdan a Genghis, tan mencionado en Hollywood?- eran una familia estupenda. Del patriarca dice el historiador J. M. Roberts: Era tolerante de otras religiones y amaba, estimaba y respetaba a los sabios y monjes de toda tribu al considerar que con ello rendía homenaje a Dios . Ojalá hubiera aprendido de este bárbaro la Santa Inquisición.

La actual Europa no sería tan europea sin el aporte de los bárbaros: vándalos, hunos y demás conquistadores que trajeron por igual el fuego y la ilustración. Los socios del Jockey Club no lo saben, pero esas corbatas de seda que tanto los enorgullecen fueron invento de los salvajes jinetes croatas, que acostumbraban a colgar un lazo de su propio pescuezo y de la punta de sus feroces lanzas. Tampoco saben los jóvenes del mundo entero que su comida favorita, la hamburguesa, no fue inventada en Estados Unidos sino por pueblos bárbaros, tártaros y mongoles, que legaron su regalo durante las generosas visitas -un poco sangrientas, es cierto- que practicaban a la Alemania medieval.

Los cafres, por otra parte, han sido tipos magníficos que, por no profesar el mahometanismo ni el cristianismo, cayeron en desgracia en Occidente. Tenían sus costumbres peculiares un poquito violentas, por supuesto, como todo pueblo. Pero no han ocasionado más muertos, más dolor, más huérfanos, ni más viudas que las grandes civilizaciones que, sentadas sobre dos guerras mundiales y decenas de guerritas regionales, los descertifican y los señalan como pueblo cruel y sanguinario.

En cuanto a los caníbales, han pasado a la historia de la infamia por comerse a sus semejantes, práctica que a mí me parece por lo menos digna de reconsideración. Por qué es peor almorzarse con cariño y nostalgia a un amigo fallecido que tostar en la silla eléctrica a un negro de Alabama que le pellizcó las nalgas a una damita blanca? No, queridos compatriotas descertificados: aunque pretendan catalogarnos en la lista negra de la historia de la humanidad, no estamos en tan mala compañía como algunos dicen. Yo prefiero pasar la eternidad en amena conversación con el Genghis Khan, tolerante e ilustrado, que con el matón del señor Gelbart o el fanático senador Helms. Es más: creo que estos se inclinarían por Atila, aquel famoso rey de los hunos que seguramente era agente de la DEA, porque donde su caballo pisaba no volvía a crecer la yerba.

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