LOS PAROS

LOS PAROS

Médicos y maestros se ubican, ciertamente, en la entraña misma de los pilares sobre los cuales descansa la sociedad. Unos y otros cumplen actividades que resultan imprescindibles en la calidad de vida de un país, y aun cuando es un lugar común afirmarlo, no es posible convivir civilizada y plenamente sin sus servicios.

29 de abril 1995 , 12:00 a.m.

Nos hemos referido en repetidas oportunidades a las proyecciones estratégicas de los sectores de la educación y la salud. Sin embargo, no sobra insistir en la importancia de abordar el análisis de las circunstancias presentes con una actitud realista, que rebase las simples medidas transitorias y que permita la búsqueda de soluciones concretas, equitativas y estables para la aguda problemática que los afecta, con un criterio futurista y abierto.

Ello resulta imperativo, sobre todo si se tiene en cuenta que tanto en la crisis que han planteado los médicos como en la que estamos ya acostumbrados a que protagonicen los educadores, los elementos de conflicto están claramente atados con circunstancias que datan de las últimas décadas, y que las posibilidades de resolverlos solo se pueden estructurar seriamente teniendo en la mira el siglo XXI.

En lo que toca con los educadores, se debe registrar como una conveniente novedad la propuesta del Ministerio de Educación, de introducir el ingrediente de desempeño de la función educativa en la determinación de sus remuneraciones. Colombia quiere y respeta a sus maestros, pero, justo es reconocerlo, está en mora de exigirles colectivamente la elevación de los niveles académicos. No hay que olvidar que en sus manos está la preparación de las generaciones que en el futuro han de conducir el destino de una nación que transita por momentos muy difíciles y que, por ello mismo, se hacen aún más exigentes la calidad y el alcance de la educación, sobre todo la que se imparte en el sector público. Para nadie es un secreto que la docencia oficial está muy pero muy lejos de los niveles que requiere una sociedad en pleno proceso de transformación.

Por otra parte, en el sector salud, las que aparecían como manifestaciones aisladas de inconformidad del cuerpo médico, han terminado por extender su influencia a muchas otras regiones donde se escuchan ya rumores de paro.

Si bien es cierto que las remuneraciones de los profesionales de la salud vinculados al sector oficial son muy bajas, también lo es que en un solo incremento no es posible remediar los déficit acumulados durante muchos años. Y así como el país ha escuchado atentamente a los médicos, frente a quienes ha aparecido como vacilante la posición oficial, éstos deben tener mayor conciencia de su misión y proceder con generosidad frente a una población que, ajena por completo al problema, termina siendo la más perjudicada en estos trances dolorosos.

Porque lo que está claro es que estos conflictos no se pueden prolongar indefinidamente. Se ha llegado a un punto en el que tanto los médicos como el Gobierno, que no ceden en sus posturas y pretensiones, comienzan a ser solidariamente responsables de los perjuicios a la comunidad.

La persistencia de los paros en tan sensibles sectores de la población es campanada de alerta para un gobierno estructurado sobre programas sociales, que enfrenta severas dificultades al momento de iniciar el desarrollo de sus proyectos. Los ministros del área social, quienesquiera que ellos sean, deben tomar con firmeza y claridad las riendas de las áreas a su cargo, para llevar a feliz término su mandato, y así poder cumplirle a una nación que siente, con esperanzada expectativa, que en verdad ha llegado la hora de la inversión social.

Tolerancia, sensatez y prudencia deben conjugarse para resolver con presteza y eficiencia conflictos que atentan contra los intereses superiores de los más vulnerables.

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