EL SAGRADO DERECHO A LA ANCIANIDAD

EL SAGRADO DERECHO A LA ANCIANIDAD

Llegar a la ancianidad en este fin de siglo, es trágico; no se quiere al anciano, se le desprecia y excluye en el olvido de los asilos, se les aleja de toda participación familiar. Las torpezas y malestares propios de la edad avanzada, se convierten en motivo de agresión por parte de los jóvenes y adultos que no han sido educados para respetar y tolerar las distintas etapas de la vida.

29 de abril 1995 , 12:00 a.m.

El chantaje afectivo, la amenaza constante de reclusión, el silencio y la soledad son el escenario de la tercera edad; y los pequeños, los nietos que en la práctica del día a día aprenden los patrones de conducta e insensibilización de los mayores, se educan en el desprecio y la indiferencia, frente a los que sufren el destierro de los afectos y la marginalidad.

No quiero pasar de los sesenta años comentaba una religiosa, dedicada a cuidar a los ancianos; es verdaderamente duro y doloroso ser de edad mayor; no hay respeto ni consideración con el anciano, es un estorbo, una carga no rentable, para la familia, así lo advierte uno en este quehacer.

Fíjese! Trabajar con ancianos es vivir el final, es ver cómo se apaga la vida y la forma rápida en que se consume la vitalidad de ayer, es sentir la necesidad del amor y la armonía, es una lección de la naturaleza sabia que nos dice, en su lenguaje múltiple, el deber y respeto a toda forma natural de desarrollo, que declina en lo biológico de todo ser vivo.

Si yo volviera a ser joven y tuviera de nuevo la oportunidad de trabajar con niños, les inculcaría el afecto y la ternura, les prepararía en el saber dialéctico de los procesos vivos, que concluyen, en ese continuo renovarse, dando paso a lo nuevo. Haría de la vejez un canto a la sabiduría y una vivencia feliz y privilegiada, donde la solidaridad y la ternura fueran un derecho inviolable .

Si le enseñamos al niño el respeto y amor a los ancianos recibirán la experiencia de lo vivido, la dicha de conocer, y contribuiremos a crear un ser sensible con sus semejantes y su entorno.

Y se tendrá entonces una vejez digna, donde los valores humanos serán la mano amiga que nos ayude a cruzar el umbral de la partida, hacia el reposo final.

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