UN HOMBRE EN LA PATAGONIA

UN HOMBRE EN LA PATAGONIA

Por Luis Armando Soto BoutinEspecial para VIAJAR1974. América. Un territorio desolado. Un desierto. No uno alucinante o soberbio como el Sahara, sino una llanura cubierta de maleza espinosa, grisácea que emana un olor amargo cuando se le estruja entre los dedos . Una zona del mundo que a pesar de carecer de los dones de otros parajes, ha sido capaz de hechizar a más de un viajero que ha llegado hasta ella con el ánimo de seguir de largo, pero que finalmente ha caído seducido por su misterio.

27 de abril 1995 , 12:00 a.m.

Darwin, por ejemplo, se sintió apoderado por ella, pero no logró explicarse porqué, como lo demuestra su libro Viaje de Beagle, donde intentó inútilmente resolver el origen de su asombro. W. H. Hudson, autor de Días de Ocio en la Patagonia, sostuvo que el viajero que arriba a este lugar experimenta un estado ancestral de calma conocido asimismo por el salvaje más primitivo, equivalente a la Paz del Señor .

Un poeta maestro, otrora profesor de literatura en Buenos Aires, comparó a la Patagonia con una amante exigente, con una hechicera que marcó con un sortilegio su destino: lo abrazó y nunca más lo dejo partir.

Bruce Chatwin, autor de En la Patagonia, contempla su vasto territorio y en medio del espanto y la admiración declara: Es hermoso, pero no me gustaría volver .

Bruce Chatwin partió de Inglaterra rumbo a la Argentina en 1975. Treinta años atrás, cuando era un niño, y ante la amenaza de la destrucción de la parte norte del mundo por los efectos de la guerra, él y sus amigos fundaron una Comisión de Emigración con la finalidad de salvar sus vidas. El destino elegido, después de muchas disertaciones, fue el desierto patagónico. Hasta ella, estaban seguros, no llegarían jamás los efectos de la bomba de cobalto ni los terribles acontecimientos anunciados por Stalin en contra de los Aliados. Otro aspecto de su infancia lo ató desde chico a la Patagonia. La historia de su primo Charley Milward, quien había enviado a su familia, desde los confines del mundo, un mítico retazo de piel de brontosaurio que a la hora del té resultó pertenecer a un perezoso gigante, especie común en América hasta hace poco. Superada esta decepción, el primo Charley había sido un marino casi de leyenda y un viajero empedernido que escribió una serie de relatos de viajes que Chatwin descubre en la parte de su viaje que tenía como fin el reencuentro con la memoria de su primo. La Patagonia, territorio que comienza en el Río Negro y se extiende hasta la terrible Tierra del Fuego, es una tierra de nómadas e inmigrantes. Fueron nómadas sus primeros habitantes. Se cree que algunos de ellos provenían de las islas Marquesas. Una vez en las costas de Chile, atravesaron los Andes y poblaron el territorio argentino. Los yaghanes y los alakaluf eran nómadas por naturaleza. Sólo en estado de tránsito podían sentirse felices y en paz consigo mismos. Por otra parte, con la Patagonia ocurrió lo mismo que con los territorios del norte de América. El Sur se convirtió en escenario de nuevas esperanzas: Nueva Gales, Nueva Escocia, Nueva Inglaterra, Nueva Francia, Nueva Alemania, Nueva Israel, e incluso, Nuevo Lejano Oeste.

Bruce Chatwin, quien hizo de su viaje un encuentro personal con los pobladores de esta zona de magia, describe las casas de los inmigrantes, sus fachadas, sus muebles, sus pinturas, sus ritos cotidianos. Fuera de ellas el mundo es exótico, pero ya dentro es tan familiar que quien llegue a ellas, después de haber abandonado el Viejo Mundo, se sentirá como si estuviera en la sala de una casa de un suburbio de Londres o de una campiña irlandesa. Incluso el paisaje, transformado por la creación de millares de chacras o granjas a través de todo el territorio, hace que algunos lugares tengan un extraordinario parecido con los Highlands escoceses, con las verdes praderas de Inglaterra o con algunos ascéticos parajes del sur del País galés.

Con respecto a un Nuevo Lejano Oeste, las historias que Chatwin cuenta sobre todos aquellos bandoleros norteamericanos que vieron en Patagonia una prolongación del Far West, son quizá una de las mejores partes del libro, especialmente la referida al legendario Butch Cassidy y su compañero Sundance Kid, quienes una vez en Argentina reanudaron las actividades de la famosa Wild Bunch, Banda Salvaje. Una rareza exquisita nos regala Bruce Chatwin en medio del camino. Una carta de Butch Cassidy firmada con el seudónimo de Robert Leroy Parker el día 10 de agosto de 1902. En una parte dice: Visité las mejores ciudades y puntos de América del Sur hasta que llegué aquí. Y este sector del mundo me pareció tan bueno que me establecí, según creo, para siempre, ya que cada día me gusta más . Butch Cassidy llegó a la Argentina luego de robar al First National Bank de Winnemucca, en Nevada, el 10 de septiembre de 1900, lo cual le dio la oportunidad de comprar una chacra con 300 cabezas vacunas, 1.500 ovinos, 28 caballos de silla y una buena casa con cuatro habitaciones.

Historias que bordean la leyenda abundan En la Patagonia. Al llegar a Tierra de Fuego las historias de marinos comienzan a tomarse el primer plano. El primero de ellos, Magallanes, quien al pasar cerca del Cabo de Hornos y ver solamente humo decidió llamar a la región Tierra de Humo. Carlos V le dijo que donde había humo había fuego y la rebautizó con el nombre que guarda hoy en día.

Los cartógrafos de la época la ilustraban con gorgonas, sirenas y cóndores gigantes capaces de atrapar con sus garras el volumen de un elefante. Por eso, además de su nombre también fue llamada Tierra de Satanás. Finalizado su viaje, Bruce Chatwin regresó a Inglaterra donde moriría poco tiempo después. Su obra es tan maravillosa como la de su colega Pigafetta, el escribiente del viaje de Magallanes. A la vez es un novedoso ejercicio literario cuya materia y estructura literarias emanan del camino, entendido este como una experiencia de diálogo con la naturaleza, con la historia, y sobretodo, con el hombre.

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