ENEMIGO EN CASA

ENEMIGO EN CASA

A propósito del feroz atentado de Oklahoma, Estados Unidos ha descubierto con inmenso pasmo que esta vez el enemigo es de la propia casa. No los fundamentalistas islámicos que dinamitaron el World Trade Center de Nueva York, ni los inmigrantes hispanos de la nueva e impetuosa ola, ni los agentes criminales del narcotráfico extranjero. Sino los blancos de extrema derecha, constituidos en bandas paramilitares, en trance de hostilidad al poder federal y a cuanto implica en restricciones y gravámenes.

27 de abril 1995 , 12:00 a.m.

La peligrosidad del hallazgo corre parejas con la gravedad de los crueles estragos causados. Por la libertad de venta de armas, su posesión e incluso su experimentación se encuentran vastamente difundidas. Elementos no faltarían para movimientos fascistas como los que florecieron en Europa entre las dos guerras mundiales.

Los inspirados en hirsuto racismo no han brillado por su ausencia, aunque su importancia se haya ido debilitando en la medida en que se han abierto paso, difícil por cierto, las leyes contra la discriminación. Los de ahora parecen, sin embargo, más profundos y extensos, en cuanto implican la resistencia terrorista contra la autoridad federal.

Estados Unidos había conocido y sufrido los brotes de terrorismo en el exterior, pero no en grande escala en el interior, excepto el caso de Nueva York. Les había correspondido lidiar los de Libia, Líbano e Irán, como episodios de una guerra a nivel internacional. El enemigo era localizado y satanizado. El temor a las represalias, sin excluir bombardeos en masa, ejercía poderoso efecto disuasivo. Respuesta ésta imposible para el que da trazas de emerger con artefactos de fabricación casera y manos ocultas entre la población civil.

La prevención de futuras explosiones exigirá dispendiosos empeños. Quizá medidas incómodas para la vida diaria. No sabiendo dónde asecha el enemigo, será menester tomar toda suerte de precauciones, sobre la base de que el territorio nacional ha dejado de estar exento de amenazas internas distintas de la criminalidad común. De los gangsteres se conocían sus establecimientos, sus zonas de influencia, su paradero. Del terrorismo se ignora dónde anida y desde dónde ha de lanzar su ataque.

Probablemente a Estados Unidos le ha llegado con cierto retraso. Cuando ocurrieron en Italia el secuestro y la muerte del líder político Aldo Moro, el mundo entero se conmovió. El entonces diputado Mitterrand clamó en París contra lo que consideraba trágico despuntar de la mortal epidemia de nuestro tiempo. A todas las naciones correspondía levantar empalizadas capaces de contenerla.

Pasó la conmoción y pasó la disposición de luchar con el objeto de prevenir solidariamente esa dolencia. El narco-terrorismo colombiano se miró más bien como percance natural de los pueblos subdesarrollados. El de índole independentista o nacionalista se suponía de áreas geográficas circunscritas.

Efervescencia emocional e intelectual Ante la catástrofe de Oklahoma, Estados Unidos entra en un período de reflexión y de acercamiento de las diversas corrientes políticas en torno de un asunto específico. El de ver cómo pone en cintura a las organizaciones paramilitares e impide la repetición de actos terroristas.

El riesgo se traslada abruptamente de la izquierda a la derecha. El primero engendró el macartismo de los años cincuentas. El segundo reclama acción ponderada, eficaz y ecuánime que no derive a azarosos extremismos. El apoyo ofrecido al presidente Clinton en la actual emergencia indica hacia dónde se inclina la opinión. De ningún modo a la admisión del atroz crimen o de su causa.

Indudablemente hay en Estados Unidos ostensible efervescencia intelectual respecto de su orientación y su destino. New Gingrich, profesor de historia de una poco conocida universidad de provincia y hoy cabeza de la Cámara de Representantes, se ha empeñado en desmontar los mecanismos del Estado- Providencia. En aclimatar un moderno conservatismo post-Reagan, en realizar de lleno la revolución de la información o la comunicación y en sustituir el multilateralismo internacional por el unilateralismo. En hacer, al revés, el New Deal de Roosevelt, para dar una nueva esperanza a la nación exasperada.

Aunque no será el candidato republicano a la Presidencia, su proselitismo académico y electoral presagia una contienda política más ideológica de lo que se preveía; un ejercicio de introspección y de exploración de los meandros de la vida estadounidense. No tan solo las promesas de abstenerse de aumentar los impuestos y de recortar los gastos.

Mucho sería esperar que al favor de esta tendencia, el fenómeno del narcotráfico se analizara, como el del terrorismo, a la luz crítica de las propias circunstancias. Por lo pronto, a juicio de algunos, ha sido adversidad que proviene de lejos, de las costas colombianas, a modo de invasión prepotente sobre un pueblo desguarnecido e indefenso.

Por qué no aceptar la existencia de una mafia estadounidense y proceder en consecuencia? Políticamente resulta más fácil ubicar la responsabilidad en otros u otros países, satanizarlos y exigirles liquidar el narcotráfico en plazo perentorio. Ello no es equilibrado ni justo.

Responsabilidades compartidas Colombia está dando ejemplo de coraje político para enfrentar las profusas ramificaciones del narcotráfico. Para limpiar lo que de poluto hubiere en sus instituciones públicas y privadas. No ha sido ni es tarea sencilla. Pero la ha emprendido a través de su Gobierno, de sus cuerpos de vigilancia, de su Fiscal General y de sus jueces superiores, con la decisión de llevarla a feliz término, sin fisuras ni desfallecimientos.

Ningún estímulo mejor recibiría de Estados Unidos y de las naciones consumidoras que el de sentirse acompañada en esta dura brega con esfuerzos similares hacia adentro de sus enormes mercados. Por el carácter transnacional del ilícito negocio, se requiere cooperación de la misma naturaleza, pero ella no excluye sino supone la acción de cada uno por tener su casa en orden, combatiendo los enemigos que haya en su seno.

Dentro de las previsiones del futuro, desde años atrás se emparejaron terrorismo y narcotráfico, tal vez por no conocer ni respetar fronteras. El drama de Oklahoma ha abierto los ojos de Estados Unidos y los ha llevado a reconocer objetivamente sus llagas. Falta que apliquen prisma similar en lo tocante a las responsabilidades compartidas del auge de los estupefacientes.

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