HIROSHIMA Y UNA NUEVA MORAL INTERNACIONAL

HIROSHIMA Y UNA NUEVA MORAL INTERNACIONAL

Es inquietante, por decir lo menos, que no exista consenso entre la comunidad internacional sobre el más grande riesgo de destrucción y auto-destrucción en toda la memoria de nuestra especie. Los peligros de la era atómica subsisten pese al fin de la guerra fría y van mucho más allá del tratado de No Proliferación Nuclear que se debate en la ONU. Por supuesto, del mero conteo de votos sobre la prolongación indefinida de este acuerdo imperfecto, desigual y plagado de interrogantes ominosos.

27 de abril 1995 , 12:00 a.m.

Las discusiones se adelantan en un año de aniversarios dolorosos. Hay uno, sin embargo, que no puede pasar inadvertido, porque es diferente de los otros. Hace 50 años se lanzaron sobre Hiroshima y Nagasaki las bombas de uranio y de plutonio que causaron un sufrimiento horripilante, destrucción sin precedentes, un estremecimiento universal que perdura. La conclusión elemental, es que quien posea un arma termina por usarla invocando su propia supervivencia o la necesidad de terminar una guerra. La energía entonces desatada, deliberadamente, la fisión de la reacción en cadena, no admite comparación en atrocidad, así debe ser el apocalipsis. Y la lección hay que aprenderla para impedir, a toda costa, una repetición.

Infortunadamente, la condenación al uso de la bomba atómica aparece todavía oscurecida por una especie de corto circuito histórico. Ni los dirigentes norteamericanos se atreven a decir que se equivocaron o a pedir disculpas ante el mundo, ni los dirigentes japoneses terminan por aceptar que su país comenzó la agresión en 1941 y cometió crímenes como los del rapto de Nanking contra China. Otras potencias (o grupos) buscan el arma nuclear directa o encubiertamente.

Mucho más que el remordimiento recíproco, lo que se necesita, inaplazablemente, es la abolición de las armas nucleares para siempre, su destrucción, la prohibición absoluta, con verificaciones incontestables de nuevos ensayos, bajo cualquier pretexto. Hay que volver a movilizar la opinión pública globalmente, remover la conciencia humanitaria aletargada, para que Hiroshima y Nagasaki no ocurran otra vez. El mundo no puede resignarse a vivir dividido entre potencias nucleares y países no nucleares, el monopolio del poder de destrucción no es mejor, sino apenas menos grave, que su proliferación.

Esto lo escribo desde Hiroshima misma, en el Museo de la Paz, sin poder contener la emoción desolada que me embarga. Acabo de hablar con una sobreviviente del holocausto, una hibakusha sexagenaria que me dice con dignidad, en el epicentro infame de la inenarrable explosión: yo no odio a los norteamericanos que la lanzaron, yo odio la bomba . Pienso, sobrecogido, que nadie ha podido resumir mejor la enseñanza de la gran tragedia. Tal vez si una asamblea especial de las Naciones Unidas se celebra en Hiroshima, ese contacto personal y directo podría prevalecer sobre tanta insensatez, dentro del marco de la creación de la ONU con el propósito de la seguridad colectiva hace también 50 años.

Encuentro síntomas alentadores que deben estimularse. Por ejemplo, coincidencias recientes a nivel académico entre las publicaciones valerosas de Barton J. Bernstein, profesor de historia en Stanford University ( The Atomic Bombings Reconsidered ) en Foreign Affairs, enero-febrero 95) y Takashige Otsuka, profesor de la facultad de Derechos de la Universidad Shudo de Hiroshima. Ellos son respetables herederos del profesor y premio Nobel Arther H. Compton, quien en mayo de 1945 tuvo el coraje insólito, en medio de la guerra total , de levantar reparos morales y políticos sobre el uso de la bomba, afirmando que introducía la cuestión del asesinato masivo por primera vez en la historia. Esencialmente la cuestión del uso de la nueva arma envuelve más serias implicaciones que la introducción de los gases venenosos (en la primera guerra mundial).

La endeble moral humanitaria que proscribía ataques contra objetivos no militares terminó allí de hundirse. Medio siglo después es el momento de reconstruirla, de conferirle un verdadero poder disuasivo contra los guerreristas. Para ello el Japón ostenta características que podría emplear a fondo: es el único país que ha sufrido la devastación nuclear y aliado de los Estados Unidos. Primer donante al desarrollo del mundo. Como no hace parte del club de las cinco potencias atómicas que actúan, paradójicamente, como guardianes permanentes de la paz en el Consejo de Seguridad, podría promover una cruzada para erigir la conciencia moral como base de un nuevo derecho eficaz contra la guerra, renunciando definitivamente a poseerla. Así se podrían enterrar viejos demonios de nacionalismos agresivos y ayudar a edificar el orden internacional de la post-guerra fría.

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