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QUÉ VÍA CRUCIS TAN SALADO!

QUÉ VÍA CRUCIS TAN SALADO!

Los dolorosos pasos del vía crucis de sal de Zipaquirá, descritos minuciosamente por uno de nuestros noveles redactores en la edición del miércoles anterior, han provocado los más gozosos comentarios de gazaperos de oficio y críticos espontáneos en estos gloriosos tiempos de pascua.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
14 de abril 1996 , 12:00 a. m.

Primera caída Como innovación no propiamente conciliar, en este vía crucis la primera caída no tuvo lugar en la tercera estación sino en la quinta, donde nuestro devoto comunicador anunciaba: el sirineo ayuda a cargar la cruz .

Lo más cercano en el idioma de santa Teresa a este sirineo sería un sirenio, animal marino parecido a las ninfas que con sus seductores cantos tentaron a Ulises en las aguas con más empeño que el demonio a Cristo en el desierto. Tales animales mitológicos en el camino de la cruz no los hubiera concebido ni el Escribidor de Vargas Llosa en los peores momentos de su surmenage literario.

Quien ayudó a cargar el pesado madero fue un dresprevenido curioso, que había llegado de la ciudad de Cirene, un cirenaico cualquiera, un anónimo cireneo, sin el encanto ni el canto de las sirenas. Palabra de Dios! Segunda caída La segunda caída de esta salada versión del vía crucis se produjo en la sexta estación: la Verónica enjuaga el rostro de Jesús .

Encomiable obra de caridad, sin duda, pues con tanta sangre, lágrimas y sudor, al rostro de Cristo sí le hubiera venido bien una enjuagada con esponja, agua y jabón. Hubiera estado en el Calvario tan presentable como lo imaginó Dalí. No obstante, lo que hizo la Verónica fue enjugarlo, absorber la humedad con el paño, lo que permitió que quedara el famoso grabado que hoy se conserva en el museo de Turín. Y que fue así, lo comprobó en años recientes nadie menos que la NASA, que ojalá no vaya ahora a descertificar a nuestro azotado redactor.

Tercera caída La tercera fue doble: décimo primera estación y décimo segunda estación .

Aquí la innovación se pasó de vanguardista, puesta hasta ahora el amplísimo criterio de la Real Academia Española no ha dado cabida a tales ordinales. Estas estaciones se han llamado undécima y duodécima, desde cuando los medievales monjes de la Cogolla decidieron inventarse el castellano escrito.

Cuarta caída Otra doble: décimo tercera estación y décimo cuarta estación .

Estas estaciones son, según la norma académica, decimatercera y decimacuarta o decimotercera y decimocuarta, pero como nuestro insufrible periodista ya no pegaba una, mucho menos iba a pegar dos.

Después de tan ajetreado vía crucis, es de suponer que los compañeros del condenado muchacho han tenido que recogerlo como buenos cireneos, enjuagarle el rostro, la grabadora y el computador, redimirlo, y prepararlo para su resurrección literaria en la próxima crónica que escriba para sus pacientes lectores.

Gracias a Dios este vía crucis no tenía sino catorce estaciones, pues el apaleado joven de letras hubiera terminado sepultado y sin posibilidad alguna de resurrección. Roguemos por él. Amén. Aleluya.

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