GORGONA SEGUIRÁ SU RUTA NATURAL

GORGONA SEGUIRÁ SU RUTA NATURAL

En los dos kilómetros de la playa del Cocal, el visitante muchas veces siente la necesidad de caminar en la punta de los pies, para no pisar a los cangrejos ermitaños. Unos animalitos del tamaño de una pepa de naranja que se mueven protegidos por una concha o caparazón.

27 de abril 1995 , 12:00 a.m.

Son frágiles e indefensos y el espectáculo de su alocado desfile resulta tan fascinante como los 24 kilómetros cuadrados de la isla Gorgona.

Solo después de dos horas de caminata por un serpenteado sendero, pendiente y pantanoso en algunos lugares, se comprende el celo con que los encargados cuidan el parque y las mil y una advertencias que hacen para protegerlo.

No es exageración , dice Olga María Forero, bióloga encargada del parque, cuando recomienda no recoger ni siquiera una de las miles de conchas que las olas devuelven a la playa. Esas conchas -explica- son utilizadas como casa por el cangrejo ermitaño. Si se las quitamos, mire lo que pasa , dice y señala una foto donde uno de ellos aparece doblegado por el peso de una tapa de cerveza que lleva sobre su espalda.

Y para que no quede duda, le recuerda al visitante que las playas de Cartagena y Santa Marta estaban hace años pobladas por miles de estos animalitos. Hoy no se les ve.

De prisión a reino natural Los 24 años de Gorgona como isla prisión, que terminaron en 1984, dejaron estragos. Las fortificaciones de hormigón destruyeron decenas de hectáreas, dañaron parte del ecosistema, acabaron y ahuyentaron algunas especies.

La zona afectada todavía no se recupera. Y según los biólogos encargados de su cuidado, pasará mucho tiempo, para que esto suceda.

La cancha de fútbol levantada en una zona adyacente al penal se conserva prácticamente intacta, 11 años después de haber sido abandonada. Está cubierta por una capa de pasto pero no ha sido invadida por la maleza como ha ocurrido con otros sectores. Quién sabe que le hicieron al terreno, dice el director del parque, Tomás Hurbanek, quien vive aquí con su esposa, la bióloga Olga María Forero.

Las moles de concreto de dos de los tres patios poco a poco han sido cubiertas por verdes ramajes del bosque que empieza a rodearlos. No ocurre lo mismo con el tercero, cuyas leyendas de terror y maltratos humanos se confunden con las abrumadoras explicaciones científicas de lo que la construcción hizo con la naturaleza.

Están intactas las celdas de castigo con un mesón de cemento como cama y un hueco a manera de letrina, donde eran encerrados por seis meses, con una hora diaria de salida al sol, los infractores del régimen carcelario. También se conservan algunos de las expresiones de rabia, dolor, odio, resentimiento y esperanza que los detenidos rasguñaban en las paredes.

En la zona donde está el penal y en otros cuatro lugares adyacentes hubo tala total del bosque. La prisión fue calculada para 1.200 reclusos, pero al final había 2.500. Para preparar sus alimentos y los de los 200 policías y directivos, semanalmente se utilizaban diez toneladas de leña.

A los presos de la comunidad indígena de usitó se les permitió despejar un amplio terreno para el cultivo de alimentos. Además, se despejó un extenso terreno con el propósito de hacer una pista para aviones.

Los cazadores acabaron con una especie conocida en la isla como gratín y en otros lugares como lapa o guagua. La carne del mico capuchino o cara blanca era utilizada para el consumo humano y sus manos para hacer artesanías.

No se sabe cuántas especies desaparecieron porque antes de la prisión no había inventario de los animales de la isla.

Pero el daño no solo estuvo en tierra firme. Dentro del agua hubo saqueo de peces y destrucción de otros. Se pescaba con dinamita y el coral se utilizó para la construcción.

No obstante, la zona de arrecifes sigue siendo la cuna de peces más grande del Pacífico americano, dice Urbanek.

Después de este ciclón arrasador lo que ha venido es una labor titánica de recuperación.

La llegada de los funcionarios del Inderena fue tan patética como la de los primeros visitantes del palacio del hijo de Ascensión Alvarado cuando terminó el despótico gobierno de este personaje caribe de El otoño del Patriarca. El Inderena capturó entre el bosque, la maleza, las quebradas y las playas más de cien especies ajenas a la isla, como burros, caballos, vacas, cerdos, gallinas.

Además, encontraron más de 100 toneladas de basuras no biodegradables y más de 30 toneladas de chatarra.

En el curso de estos años se ha desarrollado un programa de investigación universitaria de más de cien proyectos, y hoy los directivos del parque consideran que el conocimiento sobre las más de 150 especies marinas que habitan la zona creció en un 600 por ciento.

Uno de los estudios más profundos es sobre la ballena jorobada, cuya presencia anual entre julio y noviembre, es todo un espectáculo.

La dimensión de la etapa de recuperación que viene es inconmensurable. Urbanek lo explica con este ejemplo: en el Amazonas se necesitan 50 años para recuperar una hectárea talada y explotada durante dos años. En Gorgona fueron decenas de hectáreas explotadas durante 24 años.

Por eso, mucho de lo que hay en el parque es casi de mirar y no tocar, para no dañarles el hábitat a las 14 especies de murciélagos, al perico ligero, al mico cariblanco, a las cuatro especies de delfines, 14 de serpientes, 14 de aves marinas, 17 de lagartos, siete de ranas, o a las 26 quebradas permanentes que hay en época de verano y 150 riachuelos y quebraditas que se forman en invierno.

La pesca está prohibida en una zona de 14 millas al norte y al sur, y seis millas al oriente y al occidente.

SI USTED VA La propuesta de los caucanos Tres veces a la semana (martes, jueves y sábado) sale de Popayán un avión Casa español de 25 pasajeros hacia Guapi, una población de pescadores y mineros sobre el Pacífico.

Un crucero en lancha por el ancho río Guapi, baño en solitarias playas, solaz, descanso y degustación de exquisitos mariscos del Pacífico es el plato del primer día para el visitante.

Tras pernoctar en el cómodo hotel de Guapi, al día siguiente la lancha enrumba hacia Gorgona, con escala en las playas de Mulatos, un caserío del municipio nariñense de El Charco, a donde se llega una hora después. Y luego de un reconfortante baño de mar en media hora se llega a Gorgona.

El viaje de tres días cuesta alrededor de 250 mil pesos.

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