AJO MÁGICO

AJO MÁGICO

Es uno de los cultivos más antiguos que se conocen; data del período Neanderthal, igual que la cebolla. Cuenta la leyenda que cuando Satán caminaba por el jardín del Edén, el ajo surgió de la tierra que pisaba su pie izquierdo y una cebolla apareció bajo su pie derecho . ----------------------

30 de abril 1995 , 12:00 a.m.

Los libros de historia lo sumergen en recetas de mitología, folclor y medicina. En otros tiempos, el ajo era considerado milagroso y panacea de todos los males. Muchas culturas llegaron a elevarlo a la categoría de divino. En Egipto, durante la construcción de la gran pirámide de Keops, miles de esclavos se declararon en huelga cuando les suprimieron de su ración el diente diario de ajo. Sin el mágico bulbo eran incapaces de resistir tan duro trabajo.

Su cultivo y su fama pronto se extendieron por todo el mundo, surcando los mares en las bodegas de los barcos fenicios, cartagineses y vikingos. Intervino en las grandes guerras, formando parte del botiquín de campaña de los soldados por sus efectos para sanar heridas. Se convirtió en un remedio para todo conocido por todos. Aplicado con miel, era capaz de exterminar las pecas, según una receta del mismísimo Dioscórides. Para Robert de Normandía, aplastar ajo y luego tomarlo evitaba la muerte. También era un preciado talismán para ahuyentar el mal, afianzar el valor o aumentar la virilidad.

Sin duda, el ajo sirve para algo más que alejar a los vampiros o hacer ali oli. Pero tuvieron que pasar muchos años hasta que el ajo ocupara un lugar de preferencia como planta medicinal y sus propiedades fueran demostradas científicamente. Al parecer, es en su pestilente aroma donde reside gran parte de su fuerza. Su esencia volátil y picante se desprende de forma irremediable cuando se trocea, a una velocidad del 50 por ciento cada dos minutos. El responsable es un compuesto azufrado (sulfuro de alilo) que se descompone al contacto con el aire (alicina).

Bioquímicos norteamericanos han descubierto que la alicina, el componente más activo del ajo, actúa como un potente antibiótico y fungicida. Todas sus cualidades están en el bulbo fresco (ajo crudo), que es una especie de laboratorio encubierto. El análisis de componentes explica sobradamente su fama como antibiótico y deja bien claro el poder bactericida de la alicina frente a distintos tipos de gérmenes y bacterias culpables de infecciones gastrointestinales, cutáneas y broncopulmonares. El ajoeno inhibe la agregación plaquetaria, actúa como preventivo en casos de trombosis, arteriosclerosis e infarto de miocardio.

Principios activos sulfurosos aparte, el ajo es una hortaliza condimento muy nutritiva. Contiene minerales de potasio, fósforo, azufre, yodo y silicio. Tiene una importante selección de azúcares (10 por ciento -15 por ciento), vitaminas (A, B. B2, B3 y C), proteínas y calcio.

Sin duda, la lista de propiedades atribuidas al ajo ha ido disminuyendo con la experimentación científica. Sin embargo, las confirmaciones de creencias ancestrales, que en principio parecían ideas descabelladas, han sido más de las esperadas. El ajo reduce el colesterol, siempre que se combine con una higiene de vida adecuada. Se muestra como un potente revitalizador general, tonifica las masas fibrosas y aporta mayor capacidad de trabajo. También destaca su acción como hipotensor, relajante del corazón, hipertiroideo, antirreumático, vermífugo, diurético y digestivo. Así mismo, el ajo es eficaz para limpiar el aparato digestivo de lombrices y demás parásitos, para prevenir gripes y resfriados y como tonificante de la libido. Se puede decir que el consumo diario de ajo fresco crudo proporciona protección contra innumerables enfermedades contagiosas, ya que combate la bajada de defensas.

Qué olor! Mondo y lirondo, el ajo es un alimento insoportable por su olor y sabor tremendamente picantes. Su característico aroma le ha hecho merecedor de títulos como rosa fétida o hierba hedionda. Menos mal que las artes culinarias se encargan de camuflarlo, emparejándolo divinamente en multitud de platos: estofados, carnes al ajillo, salsas, gazpachos, adobos... Disfrutar de él en la dieta habitual resulta sabroso, pero tiene escaso efecto terapéutico. Para observar sus propiedades curativas habría que consumir aproximadamente 10 ajos diarios. Los tratamientos naturistas resuelven el problema prescribiendo cápsulas, grageas o perlas gelatinosas a base de ajo; única forma también de evitar su desagradable olor. La oferta de estos derivados se reparten entre la farmacia, los centros de dietética y los herbolarios.

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