A CÉSAR LO QUE ES DEL CÉSAR

A CÉSAR LO QUE ES DEL CÉSAR

Que el talento de César Augusto Gutiérrez era francamente excepcional fue cosa que se supo desde el primer momento; de difundir ese rumor se encargó la pianista Luz Angela Posada, quien le acompañó su primer recital. Rumor que afortunadamente tomó buen cauce y llegó a oídos del maestro Rafael Puyana, presidente honorario de la Fundación Arte de la Música, quien de inmediato manifestó su interés por escucharlo.

26 de abril 1995 , 12:00 a.m.

Se organizó una audición, cosa muy discreta, no más de seis personas y apenas tres arias de ópera italiana. Al final no hubo rodeos, Puyana, con la franqueza que lo caracteriza elogió su talento, advirtió que había mucho camino por delante, hizo algunas observaciones, le dijo que diese por hecho su asistencia a los cursos de interpretación de Santiago de Compostela. Finalmente, agregó que era necesario pensar más en grande.

A la las pocas semanas la Fundación le organizó un recital en una de las casonas del marco de la plaza de Usaquén; estaba lo más selecto de nuestro mundo intelectual y empresarial, encabezado por el Nobel Gabriel García Márquez. Esa misma noche nació la Beca Arte de la Música, para talentos excepcionales.

Un par de meses más tarde César Augusto fue a Santiago, incluso obtuvo el premio de interpretación Andrés Segovia; de allí a Austria. Desde ese momento, octubre de 1991, es alumno de la Academia Superior de Música y Artes Representativas de Viena, quizá el más prestigioso conservatorio del mundo.

La noche del pasado miércoles 5 de abril fue su reencuentro con Colombia, primero en la Iglesia de Santa Bárbara en Usaquén, al día siguiente el salón Cultural de Avianca en Barranquilla.

Qué ha ocurrido a lo largo de estos tres años? Del tenor de 1991 permanece la belleza del timbre, la calidez del sonido. Hoy la voz ha crecido en volumen y proyección, pero sobre todo aparece un señor músico, mucho más seguro de lo que hace, refinado, preciso, cuidadoso de la entonación, ya en la búsqueda de su propia expresión. Pero sobre todo, un tenor que va mucho más allá de la vacía proeza de hacer agudos que también los realiza y de la mejor ley, un cantante que hace del texto la razón de ser de la interpretación, del estilo la base de su arte y de la nota impresa canto, un concepto que parece haber desaparecido en el oficio de los cantantes modernos. También hay cualidades como el abandono y de pronto una cierta insolencia.

Si bien es cierto, en la noche del miércoles en Usaquén hubo dos momentos de tenso compromiso afortunadamente sorteados con un asombroso talento Barranquilla, al día siguiente, aplaudió y ovacionó uno de los conciertos vocales más emocionantes de los últimos años. En sus recitales contó con el concurso del pianista japonés Junji Mitsuichi, un auténtico profesional de lo suyo.

La primera parte del concierto trajo tres arias barrocas, maravillosamente interpretadas, la segunda, de Benedetto Marcello fue ovacionada, una proeza abrir con ovación que, por lo menos en los últimos quince años, no había conseguido cantante alguno en Colombia: palabras mayores.

El clasicismo estuvo representado por una sólida y expresiva versión de Dies Bildnis ist bezaudernd schn de la Flauta Mágica de Mozart, oportunidad también de apreciar su clarísima dicción en alemán y un rigor estilístico de gran categoría.

Vino inmediatamente el bel canto del primer tercio del siglo XIX. Primero tres arias de concierto de Bellini. César Augusto demostró que no basta con frasear y resolver eficientemente los exigentes intervalos bellinianos, también hay que conceder al canto el tono elegíaco y la fragilidad característica sin caer en amaneramientos.

En seguida uno de los platos fuertes para los aficionados a la lírica, Angelo Casto e bel del Duca D Alba de Donizetti. El recitativo fue recorrido con vigorosa expresión. El aria propiamente dicha, fue de la mejor ley, es un trozo exigentísimo, la parte se ubica en la parte alta de la tesitura con frases amplísimas; una mezcla de la tensión propia del momento y naturalmente de la altura bogotana, generaron el momento comprometido de Bogotá; en Barranquilla, en condiciones mucho más favorables, se convirtió en un auténtico clímax de canto y música que desató la ovación de pie por parte del público.

En seguida la indispensable ópera romántica con uno de los mascarones de proa del repertorio: Parmi veder le lagrime de Rigoletto de Verdi, hubo flexibilidad del canto, colorido vocal, pero especialmente la rara capacidad de ir a la región alta de la extensión vocal para frasear y cantar allí, César puede sostener el agudo para abrirlo y ponerle la dosis justa de metal y luego redondearlo, esa especie de sensación de estar en la cuerda floja que enloquece al público desde los tiempos de Rubini y que él posee.

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