SOLO MELISA CONTARÁ LA HISTORIA DE LOS DUARTE

SOLO MELISA CONTARÁ LA HISTORIA DE LOS DUARTE

En dos pequeñas cajitas blancas y dos más grandes, de color madera, recibieron su última despedida. Venían en dos carros grises que se estacionaron frente a una iglesia de Teusaquillo. Se trataba de los despojos mortales de Oscar Duarte, su esposa Estella López y sus hijitos Cindy (7 años) y Oscar Hernando (4 años). Una de las familias víctimas inocentes del carro bomba que explotó el sábado en el centro.

03 de febrero 1993 , 12:00 a.m.

Muy cerca de los ataúdes caminaba una figurita delgada, de cabello negro enredado en un moñito, con camisa blanca y con los ojos inundados por las lágrimas. Era Melisa, la hija mayor de los Duarte López. Ella se salvó porque se encontraba de vacaciones con sus abuelos maternos en Roldanillo (Valle).

Con sus 9 años, y un dolor que no podía entender, Melisa llegó a asegurarle a muchos en la funeraria donde se realizó la velación, que su hermanita Cindy aún estaba viva. No se pudo despedir de ella porque quedó carbonizada.

Luego, al llegar a la iglesia, Melisa no sabía en quién refugiarse mientras caminaba: desde el sábado se quedó sola en este mundo.

Ya en la misa, cuando el sacerdote de la iglesia del Espíritu Santo hablaba de que nadie es dueño de la vida, Melisa miraba los cuatro ataúdes y, de pronto, entendiendo lo que decía el sacerdote, trataba de consolar la tristeza de su abuela materna Carmen López. Una familia especial En El Apogeo se reunieron vecinos, amigos y familiares de los Duarte. El consenso era que se trataba de una pareja inigualable. Ambos muy jóvenes, con no más de 30 años. Ella, conocida por su belleza caleña y por su liderazgo entre la comunidad del barrio Valle de Cafam y él, recordado por su timidez y por su rectitud frente a la vida, como buen santandereano.

Estella hizo un curso de formación de líderes comunitarios en la Universidad Javeriana. Estaba en el comité de ornato del barrio. Los árboles de la zona verde los sembró casi todos ella sola. No había una sola actividad en la que no participara. Oscar no lo hacía porque vivía más pendiente de su trabajo como soldador en la Mazda , recordó uno de los vecinos.

Otro amigo, William Monterroso, recordó que Oscar le estaba grabando una casete de salsa la tarde del sábado antes de salir al centro a comprarle los útiles a Osquitar y a Pelusa , como le decían a Cindy. Oscar le dijo que luego le llevaba la casete completa a la casa. Pero sólo se quedó con tres canciones.

Una vecina más recuerda que Estella fue al salón de belleza antes de irse con su familia el sábado, porque quería arreglarse el cabello. Se cuidaba mucho. Hasta estaba adelgazando y vivía feliz por ello. De verdad que se veía muy linda .

Cuando se supo la noticia, y las imágenes de la tragedia mostraron el cuerpo sin vida de una mujer rubia vestida de jean, buso rojo y tenis, nadie creyó que se tratara de Estella. Debieron pasar dos días, hasta el lunes cuando llegó el recibo del teléfono, para que los vecinos empezaran a preguntarse por la ausencia de los Duarte. El adiós El sol volvió a salir. Eran las 3 la tarde y los Duarte hicieron su última parada en un extremo del cementerio. Dios mío, por qué, Oscar, mi hermano, mi hermanito, no se vaya... , gritaba una de las hermanas de Duarte mientras se juntaban, en fila, los cuatro ataúdes.

Un anciano con el cabello completamente blanco, que caminaba apoyado de un bastón, se ubicó silencioso en un extremo de las fosas. Era don Pedro Duarte. El tuvo que viajar más de diez horas desde Bucaramanga para poder despedirse de su hijo, su nuera y sus nietos.

Entre tanto, Melisa no dejaba de llorar y lamentarse. Sus ojitos miraban a la nada. Su abuelo materno, Hernando Mendoza, la apretaba contra su cuerpo para que se mantuviera a distancia prudente de los féretros.

Para despedirse y darle el último beso, sólo se pudo destapar el ataúd de Oscar. Los demás no, porque los cuerpos quedaron desfigurados.

Al final, quedaron padre, hijos y madre, uno junto a otro. A las fosas se les empezó a colocar su tapa con cemento, mientras los hermanos de Oscar escribían con pedacitos de ladrillo los nombres de quienes fueran una familia feliz. Indemnización: nueva propuesta El concejal Alvaro Francisco Camacho presentó un proyecto de acuerdo por medio del cual se autoriza a la administración distrital a contratar con una compañía de seguros para que indemnice a los huérfanos de las víctimas de los atentados terroristas en cuantía de diez millones de pesos por víctima. Se busca que las personas que mueran o sufran incapacidad total o permanente como consecuencia de actos terroristas estén cubiertos por un seguro que garantice a los hijos menores y a las viudas una adecuada subsistencia al faltar aquellas.

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