LA HISTORIA SE VIVE Y SE ESCRIBE EN DIRECTO

LA HISTORIA SE VIVE Y SE ESCRIBE EN DIRECTO

En 300 páginas, el autor cuenta cómo se han cubierto periodísticamente los grandes conflictos bélicos de los dos últimos siglos. Historias apasionantes vistas.

24 de abril 1995 , 12:00 a.m.

Desde Crimea a Bosnia, guerra a guerra, Alfonso Rojo nos coloca ante el espejo y nos va mostrando con una pasión siempre controlada, en el mejor estilo periodístico -el testimonial, cargado de anécdotas y de experiencias-, cómo se han cubierto los principales conflictos de los dos últimos siglos y cómo los han vivido los mejores y algunos de los peores corresponsales.

Reportero de Guerra es un libro de historias apasionantes, una biografía desordenada y un tratado de psicología colectiva, un homenaje a la tribu y un ensayo sobre la muerte.

Hay dos formas tradicionales de morir en la guerra , escribe a medio camino. Una es cuando se lleva poco tiempo y todavía uno no sabe moverse bien (la muerte en el estreno, que diría Arturo Pérez Reverte)... Otra posibilidad, la más frecuente, es caer víctima de la ley de posibilidades . Por momentos, el libro se convierte en un homenaje a los caídos.

La obsesión con la muerte es su hilo invisible. Porque el reporterismo de guerra es la única actividad que resta en la que se puede flirtear con el diablo, prosperar en medio del dolor y cortejar a la muerte con total aprobación social .

Ese riesgo -el miedo inevitable que te invade- es lo que acerca a los viejos soldados, a los viejos marinos, a los viejos pilotos, e incluso a los mejores corresponsales en un sentido que no es comprensible para los que no han compartido ese sentimiento.

Cuando te dedicas a esto en cuerpo y alma hay muchas veces en que te ves obligado a obedecer una voz interior que te urge a ir más allá de lo razonable , confiesa Rojo. En contra de lo que piensan los machistas, esa voz no reconoce sexos .

En Reportero de guerra hay un orden cronológico, que se rompe constantemente por la fuerza de las ideas. Por el espejo van desfilando todos ellos: Russell, el primero de todos; Capa, el que nos enseñó el valor de la proximidad; Forbes, pionero de otra generación; Stanley, el buscador de Livingston; soñadores honestos como Pulitzer y filibusteros manipuladores como Hearst; insensibles a la violencia militar como Churchill y grandes escritores que se hicieron pasar por corresponsales de guerra como Hemingway.

La inmortalidad El pasado y el presente se entremezclan. Los hospitales que describió Russell me recuerdan algunos cementerios descritos por Manu Leguineche. Las mínimas referencias históricas me devuelven al entrañable Pepe Altabella. Los consejos prácticos parecen sacados de los apuntes de redacción de Columbia que nos daba Melvin Mencher.

Para poder trabajar a conciencia, el reportero de guerra tiene que estar convencido de que vive envuelto en un aura de inmortalidad , escribe Rojo. Ser capaz de olvidar. Los que no han sentido el duende lo llaman irresponsabilidad. Los que lo han llevado dentro alguna vez, lo echan siempre en falta como se añora a la amante ideal.

La facultad más valiosa de un reportero -añade al comienzo del libro- consiste en poseer el instinto o la sabiduría para estar en el lugar adecuado en el momento preciso . Y la suerte, Alfonso, y la suerte, garabateo sobre tu página 32, a sabiendas de que sólo llega a quien la busca denodadamente. Tú mismo la pones en boca de George Smalley, en la batalla de Antietam. Smalley acaba siendo el primer corresponsal jefe o delegado regional de la historia.

Trabajó desde Europa para el New York Tribune a finales del siglo pasado.

La historia se hace actualidad en Alfonso Rojo, como en los mejores reportajes periodísticos. Lo excepcional nos lleva indefectiblemente a la norma general. La realidad y los sueños se confunden, las fronteras desaparecen y al final, de regreso a casa, el verdadero examen es la pregunta de tu madre: Pero Alfonso, cómo vive realmente la gente allí? . Para Cirilo Rodríguez, la última prueba era el comentario del paisano de Cedillo de la Torre: Cirilín, Cirilín, qué bien hablas pero qué poco se te entiende! El paseo por el espejo exterior es sólo una parte de este libro.

Hay un segundo espejo, que es el interior del autor y que brilla y se refleja en cada una de las 300 páginas hasta llegar a oscurecer en muchos momentos las imágenes del espejo exterior.

Nicaragua es la escuela. Rumania, la espina. El Golfo, la gloria. Vietnam, la libertad. Yugoslavia, la oportunidad para que la tribu reivindique su honor ante la opinión pública y recupere, al menos parcialmente, las heridas abiertas por el desairado papel interpretado en la guerra del Golfo.

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