MARÍA

MARÍA

Hacía tiempos que María no miraba el almanaque. En cuanto supo que Efraín había salido de Londres fue poniendo una cruz a cada día que pasaba. Tenían todos la certeza de que, al llegar, María recobraría su ser y entre todos estaba ella misma. Pero ocurría lo contrario.

24 de abril 1995 , 12:00 a.m.

Cada vez se le veía adelgazar, con recaídas de fiebre, como si no fuera a ocurrir el milagro. María trataba de superarlo todo, pero una fuerza misteriosa le imponía una lucha interior.

Se acercaba ya el día del regreso. Faltaban sólo dos semanas para tenerlo a su lado. Sobreponiéndose a todo se levantó y fue al cuarto vecino. Hacía rato no se sometía a la prueba. Se colocó delante del espejo. Apenas pudo ahogar un grito para no derrumbarse. La María que tuvo por delante no la imaginaba. La frescura de su rostro se había ido. Todo color en sus mejillas no era ya sino un recuerdo. Las inmensas orejas hacían disminuir el tamaño de sus ojos que con el llanto habían perdido el brillo y, desde luego, la alegría. La frente, que recibió los besos de Efraín, nublada, no era sino el espacio a donde llegaban los recuerdos de las horas perdidas. Aquellas trenzas que sólo rozando a Efraín brillaban de dicha y de esperanza se veían como racimos muertos en una cabeza abandonada.

Esta visita al espejo maduró en un instante cuanto tenía de niña María. Sintió de golpe que Efraín le había dejado en depósito la frescura de su belleza y que no tenía para entregarle sino ceniza y abandono. Sus manos febriles repasaron su cuerpo, su cintura, su busto, sus caderas y comprobó que estaba perdido aquel cuerpo sano conque la conocía Efraín. Casi no le fue difícil ponerse de pie para regresar al lecho. Tomó en sus manos cuanto había sido su vida como si fuera una sábana blanca, impoluta, la dobló, una, dos, tres veces y la colocó debajo de su almohada. Luego separó las cortinas del lecho y, ayudándose de un escabel, se acostó de nuevo. Tomó la imagen de la Dolorosa que tenía en la mesita de noche, la besó largamente y le dijo en secreto: -Efraín, perdóname-. Se acostó, cerró los ojos y creyó morir. Lloraba en silencio Emma, que la seguía callada, se acercó y, sin decirle nada, la interrogó. Emma: -Quiero pedirte un favor: Si antes de que llegue Efraín, muero, no vayas a decirle cómo me has visto. Quiero que guarde el recuerdo de cómo me veía cuando salió para Londres. La misma que cortaba las rosas para poner en su cuarto.- Emma tomó en sus manos las de María. Ardían como una brasa. María pensaba en las rosas marchitas y los pétalos muertos de las que iban deshojándose sobre la mesita de noche. Aguzaba el oído, esperando que la muerte le dijera: -Ya es hora llegada, María. Sigue tranquila-. Le abrieron la puerta silenciosa para entrar en la otra vida.

Al despertar al día siguiente María se sorprendió de encontrarse todavía en este mundo. Le costó trabajo tachar en el almanaque el día que pasaba. Miró con ternura las hojas caídas de las rosas marchitas y se sintió más cerca de Emma que la víspera. La fiebre parecía quemarle las entrañas.

Cuando Efraín llegaba al término del viaje y tomó la canoa que debía subirlo por el Dagua, las primeras noticias fueron urgiendo su regreso. Pensaba que la alegría del encuentro despertaría el espíritu de María.

El viaje Dagua arriba era desesperadamente lento. Efraín iba en todo contra la corriente. El boga, a tiempo que movía sus palancas, cantaba: Se no junde ya la luna;/ remá, remá,/ Qué hará mi negra tan sola? /Llora, llora,/. Me coge tu noche oscura,/ San Juan, San Juan,/ Escucha cómo mi negra,/ ni má ni má/. La lu de sus ojo mío/, der má, der má./ Lo relámpago parecen,/ bogá, bogá./ Las palabras del boga resonaban en el alma de Efraín, que hacían eco a la desolación de su nocturno.

En una parada pasan la noche en la casa de los guardias que controlan una especie de aduana fluvial. Es una noche de historia de culebras que se anuncia con la verrugosa que mataron ese día en la mañana y tienen colgada como un trofeo a la entrada de la casa. De cómo agarran al bicho antes de que los muerda, es un prodigio de la vida diaria que anima la velada. Es lo que anima la cena familiar. Al amanecer, cuando se preparan a reanudar el viaje, la moza de la casa oye la voz de la compañera verrugosa que mataron la víspera y que llega a buscarla. Se reanuda el viaje, quedando al fondo historias de corales, tayas, cascabeles, equis y verrugosas.

Llegado al término de la navegación fluvial, ya no quedan sino dos días para estar en la casa paterna. A Efraín lo esperan con los caballos listos para emprender el viaje. Las noticias que recibe son vagas. Ni una carta de su padre, ni una carta de María. El paje salió con las bestias hace cuatro días y sólo tiene el encargo de llevar lo más pronto a Efraín. A todo correr en dos días llegó Efraín. Paró el caballo en la puerta de la casa frente al cuarto de su madre. Apeándose de un salto, corrió a saludarla. Después de tan larga ausencia, se abrazaron estrechamente. La noticia de la llegada de Efraín, reunió en un instante a todos, menos... Efraín preguntó a su madre: - Dónde está María? -Su madre le respondió: -En el cielo. -En un abrazo los dos se juntaron en un solo llanto.

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