La cultura de la muerte

La cultura de la muerte

Conozco falsos positivos desde 1999. Un oficial y un ‘paraco’ me confesaron, en un pueblo del Catatumbo, que las autodefensas regalaron al Ejército cuatro campesinos asesinados para que los mostraran como bajas guerrilleras. De ese año en adelante, la práctica no hizo sino crecer, en paralelo con el recrudecimiento del conflicto y, sobre todo, con la presión e incentivos para mostrar resultados. Y como desaparecieron las Auc, ahora alguien tiene que hacer el trabajo sucio.

02 de noviembre 2008 , 12:00 a.m.

Cuando era ministro de Defensa Jorge Alberto Uribe, leí un documento donde primaban las bajas. Tiempo después me hice eco de las quejas de militares hartos de la cultura de muerte, fomentada por el general Montoya. “Quiero estadios llenos de muertos”, repetía. Estaba convencido de que las Farc se acababan, entre otras, matándoles combatientes, estrategia compartida por el presidente Álvaro Uribe, que fue quien lo nombró y lo sostuvo porque me cuentan que ni el general Padilla ni el ministro Santos lo querían a la cabeza del Ejército.

Ahora no pueden sacarlo por la puerta trasera. Es héroe de la Operación ‘Jaque’, presentada ante el planeta como una misión extraordinaria (que lo es). Sería un oso histórico que el laureado militar, que aparece en documentales, libros y películas por venir, salga con el uniforme manchado.

Por eso pienso que lo retirarán, con otros de su misma línea, en el próximo relevo de mandos. Si no lo hacen, no servirá ese viraje que pretende imponer Padilla de recuperación social del territorio, que implica que valen más los desmovilizados, la tranquilidad de los civiles y el control de la región para favorecer el desarrollo, que mil bajas en combate.

No se puede transformar una cultura de tantos años si quienes dirigen la tropa son la imagen del pasado.

El Presidente parece que también dio un giro y de ahí el remezón: se acabaron la guerra sucia de los falsos positivos y las complicidades con capos. Ya no seguirán en Bogotá mirando para otro lado.

No sé qué gota rebosó la copa ni cuál última embarrada determinó tanto la descabezada militar como sus declaraciones sobre la protección que uniformados prestan a narcos en los Llanos. Lo que es seguro es que marcó un punto de quiebre en las Fuerzas Armadas.

No sólo el criminal se lo pensará dos veces antes de asesinar civiles para obtener premios, sino que los mandos examinarán con lupa los operativos para evitar que la sangre inocente emborrone sus carreras.

Pero tendrán que cambiar más cosas si queremos un Ejército inmaculado. Una es el reclutamiento acelerado y la escasez de suboficiales preparados. Hay otra más profunda: recuperar el valor de la vida y los principios castrenses. Es aberrante y preocupante que haya soldados dispuestos a matar civiles indefensos solo para ganarse un permiso.

No sé en qué medida influye la extrema dureza de su trabajo; mueren, los secuestran, quedan mutilados, apenas ven a sus familias y la sociedad no los compensa con generosidad. Nos cuidan las espaldas por salarios ínfimos y sienten sobre sus cabezas el dedo acusador de lo que llaman “los de los derechos humanos”, a quienes culpan, no solo de hacerles el juego a sus enemigos, sino de desconocer los peligros que afrontan y la realidad del conflicto.

Hay que modificar normas, pero también tener en cuenta que las batallas no las libran en cómodos despachos bogotanos. Más que fortalecer controles, que obligan a cosas absurdas como mantener por días un pelotón en un punto fijo de la manigua, exponiendo sus vidas, hasta que llega un juez a levantar el cadáver de un guerrillero abatido, hay que variar la política de compensaciones y desterrar esa macabra práctica de exhibir las bajas como grandiosos trofeos de guerra. Y tender puentes entre militares y ONG para que ambos lados comprendan que la mayoría de ellos lucha en el mismo bando: el de la defensa de la institucionalidad y los derechos humanos

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