Cartagena y sus fantasmas

Cartagena y sus fantasmas

Todo comenzó cuando la monja agarró la pierna del obrero que caminaba sobre lo que, después se supo, eran los osarios.

01 de noviembre 2008 , 12:00 a.m.

Entre más gritaban los compañeros del maestro de obra, el fantasma de la superiora del convento de Santa Clara más fuerte lo sostenía, impidiéndole huir.

“El sentimiento de pánico surgió porque el pie entró de punta y abrió un hueco muy pequeño que no le permitía salir.

“A esto se sumó la respuesta sicológica de escuchar, por muchos años, las historias de espantos presentes en el antiguo convento”, comenta Rodolfo Ulloa, arquitecto restaurador del hotel Santa Clara, uno de los más lujosos de Cartagena y que funcionó como convento entre 1620 y 1880.

“Un bien antiguo, sin fantasma, no tiene magia y simplemente es una construcción”, agrega Ulloa, quien asegura que las apariciones, los mitos y las leyendas son una tradición que viene de la oralidad de las culturas prehispánicas y africanas, con un componente emocional que logra su objetivo de fijar las historias en la memoria”.

Sin embargo, el arraigo a este tipo de anécdotas hace difícil el reclutamiento y la permanencia de buenos trabajadores, indispensables para labores de alta responsabilidad y dedicación como la restauración del patrimonio arquitectónico. “Muestra de ello es que el maestro nunca regresó a la obra, a pesar de que se le ofreció más dinero”, señaló Ulloa.

Y no se les puede culpar del temor que implica trabajar en ruinas centenarias donde, incluso, la realidad supera de lejos la ficción.

Por ejemplo, bajo el techo que cedió ante el peso del obrero estaban casi 1.000 osarios que durante cientos de años guardaron los restos de los entierros secundarios de los vecinos del convento. De hecho, cuando los abrieron se convirtieron –literalmente– en polvo.

“Es normal que los huesos se desintegren al entrar en contacto con el aire y que no hubiese sucedido antes porque la madera los protegió mucho tiempo”, anota el arquitecto, quien recuerda que en los conventos y monasterios se guardaron muchos secretos, precisamente, porque estaba prohibido el contacto con el resto de la sociedad.

Historias: que las hay las hay Las Clarisas, particularmente, solo asomaban su lengua por un pequeño hoyo de la capilla para recibir la comunión, nadie sabía cómo vivían ni qué hacían. “Entonces, uno no sabe con qué se va a encontrar”, afirma el arquitecto restaurador.

Otro grupo de trabajadores encontró bajo el sotocoro de la capilla las tumbas de varias monjas enterradas, tal cual como cuando se consagraron, con sus argollas de matrimonio y coronas de lirios y rosas sobre sus larguísimas cabelleras, que continuaron creciendo aún después de su fallecimiento a finales del siglo XVIII. A ellas se les enterró en fosas comunes como símbolo de que todas eran iguales.

De hecho, entre el coro y el comedor, tenían un vergel donde la monja hortelana se dedicaba a cultivar las flores para tener reservas disponibles para las místicas ceremonias.

Sin embargo la mayor sorpresa del grupo restaurador se dio en los sótanos.

Después de 1880, durante 100 años, el edificio albergó un hospital que en sus últimos años fue usado para prácticas universitarias.

Ante el desgreño administrativo, la institución quedó sin luz eléctrica y sin otros servicio públicos. Por ello, los trabajadores debieron entrar a tientas a un sótano donde el piso resbaloso, por poco, los hace caer en una piscina de formol en la que flotaban trozos de cadáveres humanos.

La desidia de las autoridades sanitarias dejó en el olvido unos quince cuerpos y otras partes que se diseccionaban durante las últimas clases de anatomía dictadas.

“Es habitual encontrar cadáveres en las casas del casco histórico de Cartagena, pues solo en 1816 se construyó el primer cementerio”, dice Germán Fonseca, director de la Escuela taller de Restauración Cartagena de Indias.

Este arquitecto especialista en restauración evoca la época en que todo el mundo enterraba a sus muertos en los patios porque era la costumbre.

“Luego de un tiempo se llevaban los huesos a los osarios de los conventos cercanos”, asegura.

ENTIERROS, EN EL PATIO DE LA CASA.

Por ejemplo, en la iglesia de Santo Domingo hallaron no una, sino tres capas superpuestas de huesos de niños. Lo mismo pasó en el sitio que hoy acoge al Museo Naval. Incluso, en 1816, ante la imposibilidad de penetrar las murallas, el Pacificador Murillo sitió la ciudad e impidió, de paso, la salida de cualquier persona. Durante tres meses hubo tantos muertos, por las causaron, que fue obligatorio enterrar los cadáveres lejos, antes de que se batallas y las enfermedades que se propagaran las epidemias.

Así se formó el primer cementerio, que se ubicó en las afueras de Manga.

Pero no solo los patios albergan restos humanos, los muros también cuentan historias de desamores.

“Muchas veces se presiente que algo pasó en la casa pues en la arquitectura de la época se nota que faltan elementos como una ventana o una puerta”, explica Ulloa

Llegaste al límite de contenidos del mes

Disfruta al máximo el contenido de EL TIEMPO DIGITAL de forma ilimitada. ¡Suscríbete ya!

Si ya eres suscriptor del impreso

actívate

* COP $900 / mes durante los dos primeros meses

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.