POR UNA VEDA, EN CHOCÓ SE DAN MADERA

POR UNA VEDA, EN CHOCÓ SE DAN MADERA

Y nosotros qué culpa tenemos de lo que hicieron los españoles hace tantos años? Dígame, qué mal les hicimos nosotros a los indios?... .

23 de abril 1995 , 12:00 a.m.

Sentada sobre los troncos apilados en un depósito de madera, Marisol Restrepo Cruz, una joven con acento valluno, reflexiona así y toma la vocería de un grupo de aserradores que ahora están de brazos cruzados.

Como si esta fuera la única oportunidad de ser escuchada, ella relata en pocos minutos su llegada hace más de 12 años al municipio de Juradó (Chocó), donde se siente, en su rigor, una decisión del Ministerio del Medio Ambiente que suspendió la explotación maderera en todo el departamento.

Vinimos desde el Valle con mi mamá Mireya Cruz y mis ocho hermanos. Entonces, las 160 hectáreas de tierra que tenemos hoy, eran un rastrojo. Ahora hay reses, mulas, corderos, marranos y gallinas , dice.

En marzo, la señora Cruz fue secuestrada y apareció muerta pese a que se pagó medio millón de pesos por su rescate. Los indígenas -asegura Marisol, apoyada por otros colonos- querían la tierra y la mataron. Nosotros nos vamos a ir pero eso sí, que el Gobierno nos responda por todo el trabajo y el dinero que invertimos en la finca .

Las autoridades dicen que la aserradora fue asesinada por el frente 57 de las Farc, pero otra versión no descarta una venganza por sus negocios con la madera. El segundo gobernador indígena de la comunidad de Dos Bocas, Efrén Sarco está detenido por presunta complicidad en el homicidio.

Para Reinaldo Mesuá, secretario del Cabildo Mayor de Juradó, la muerte de Mireya Cruz se debió presuntamente a un ajuste de cuentas porque las relaciones indígenas con ella eran buenas. Según él, Sarco fue obligado por un grupo armado a informar cuál era la finca de la mujer asesinada.

El crimen no está aclarado, pero lo cierto es que los colonos y los indígenas se están dando madera en Juradó por la prohibición a la tala de madera. Por el mismo motivo en el municipio de Riosucio se enfrentan negros y nativos.

Medida A Juradó, distante 320 kilómetros de Quibdó, como a muchas otras poblaciones perdidas entre las selvas chocoanas, se entra y se sale no cuando se quiere, sino cuando se puede.

Cuatro veces a la semana, ocho lanchas con motor fuera de borda cubren la ruta de tres horas por el océano Pacífico hasta Bahía Solano, el poblado más próximo. Los lunes y los viernes, con buen tiempo, aparece un avión bimotor procedente de Quibdó.

El municipio, con cuatro mil habitantes, limita con territorio panameño y subsiste pese al olvido colombiano. Allí, colonos y negros se disputan el derecho a explotar la madera que todavía queda en las orillas de los ríos Juradó, Jampabadó y Amparradorcito, donde hace más de 500 años habitan las comunidades indígenas Waunana y Emberá.

Arena, agua, pantano y madera predominan en el paisaje de Juradó donde sólo la calle principal está pavimentada. La agitación del municipio se siente en las charlas de la gente en los amplios corredores de casas con paredes de madera y techos de zinc.

Antes de la suspensión de permisos de explotación, cada quince días llegaban cuatro barcos con víveres desde Buenaventura, y se regresaban cargados con madera. Según el alcalde de Juradó, Viviano Ibargen, curtido maderero de la zona, el municipio vivía del impuesto a la madera, y cada barco cargado con 50.000 pulgadas pagaba cerca de 200.000 pesos. Desde las prohibiciones, escasamente llegan dos barcos al mes. Los víveres empiezan a escasear y ya se ven muy pocos visitantes .

Ahora se subsiste de los pocos remanentes de madera y del rebusque . Esa crisis social se confronta con el ritmo de deforestación en el Chocó Biogeográfico que, según los expertos, es de 600.000 hectáreas anuales. Por eso, en cinco años desaparecería el 20 por ciento de las especies. Entre 1987 y 1991, el llamado andén pacífico colombiano aportó el 74 por ciento del total de la madera en bruto consumida en el país.

Hoy, los árboles de caoba, especie que sólo existe en ese lugar, está en vías de extinción, y el abarco se agotó en la montaña. También se cortan masivamente robles, cedros, guayaquiles, kativos y cedro huinas.

Respeto a la naturaleza Niños, mujeres y ancianos se sientan en el piso de madera del tambo utilizado para las reuniones en la comunidad indígena de Dos Bocas, a donde se llega después de navegar durante tres horas por el río Juradó.

Los hombres visten camisas y pantalones para disimular los taparrabos. Ellas, que antes de comenzar la reunión lucían el torso descubierto, se cubren con camisetas, faldas y collares. Conversan largo rato en lengua emberá.

Nuestra preocupación son nuestros hijos, qué ganamos con tumbar monte si a ellos no les va a tocar nada , dicen los indígenas en español. Desde 1985 cuando conformaron el Cabildo Mayor de Juradó, establecieron normas para el corte de madera.

Su conflicto con negros y colonos parece ser irreconciliable. Solo hay un punto de acuerdo entre los tres grupos: la solución del problema estaría en que el Gobierno Nacional delimitara el territorio de cada uno. Porque las diferencias seguirán perjudicando el futuro de la selva chocoana.

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