NUESTRO HOMBRE EN WASHINGTON

NUESTRO HOMBRE EN WASHINGTON

Sin que se conozcan encuestas que lo verifiquen, parecería que la opinión está dividida en dos sectores en relación con la tarea que viene cumpliendo Carlos Lleras de la Fuente en la embajada colombiana en Washington. Están quienes lo consideran como un embajador pantalonudo y echado para adelante, con la vista alerta las 24 horas del día para responder lo que haya que responder y dispuesto a defender con vehemencia los ataques que desde distintos flancos se lanzan contra Colombia. Y están asímismo aquellos que lo condenan por su falta de tacto para manejar unas relaciones hoy más que nunca difíciles, y que desde ahora consideran que como jefe de tan delicada Misión se ha equivocado en más de una oportunidad.

23 de abril 1995 , 12:00 a.m.

Es posible, sí, que en virtud de su carácter recio y de una rigurosa formación jurídica, acostumbrada a conciliar pero también a pleitear, Carlos Lleras no tenga exactamente las dotes más apropiadas para jalarle a la filigrana diplomática. Y es posible igualmente que hubiera incurrido en innecesarios excesos verbales frente a situaciones que hubieran requerido más moderación y habilidad de manejo.

Pero entre esos dos bandos que aparentemente se han formado frente a la gestión de Lleras, yo estoy con cuantos consideran que a pesar, como digo, de que en veces utilice un vocabulario fuerte, aunque de buenas maneras las actitudes de Lleras han sido plausibles en términos generales, y además defensables.

Como personero de los intereses de su patria, y de los del Gobierno al que representa, Lleras ha obrado de acuerdo con su temperamento y su talante. Es decir, con integridad y una respetable independencia política e intelectual. Y así lo reconocen de paso quienes se extrañan de la opacidad y lánguida presencia de otros embajadores y funcionarios, que prefieren pasar agachados o simplemente consideran que alegar en defensa del país es poco diplomático, además de inoficioso.

Discrepo, pues, de los que juzgan que ningún provecho obtiene para Colombia su embajador en Washington enviando cartas como las que remitió la semana pasada al senador Helms, al ex director de la DEA William Benett y a los periódicos The Washington Post y The New York Times, por el hecho de que la máxima suerte que corre es que se las publiquen casi escondidas en el correo de los lectores.

Puede que ello sea así, pero también es claro que aparte del valor testimonial que tales pronunciamientos encierran el que calla, otorga. Y en tal sentido es mil veces preferible un embajador con capacidad de respuesta, que el simple yes man al que los gringos estaban habituados y cuyo modelo de comportamiento es obvio que les resulta más cómodo.

Es presumible, además, que esa capacidad de respuesta no se limite al envío de unas cuantas cartas con contenidos argumentalmente sustanciosos, sino a lograr toda suerte de contactos directos con voceros de los diferentes núcleos de poder norteamericanos. Y, para reforzar esa estrategia, lo lógico es que Colombia tenga en su embajada en Washington un staff grande y muy preparado, para neutralizar mediante diálogos efectivos a aquellas fuerzas empeñadas en colocar al país en situación desventajosa. Porque a nivel de los pasillos parlamentarios ocurre algo curioso: si bien es verdad que suele ser supina la ignorancia geográfica y política de algunos congresistas gringos, sus asesores son en cambio personas muy preparadas. Que son justamente a las que conviene trabajar y frente a las cuales se necesita hacer el tan mentado lobby.

En esa medida, no deja de ser insólito que la embajada de Colombia ante la OEA tenga más gente que nuestra representación ante la Casa Blanca. Aparte de que entre ambas delegaciones no pueden existir distanciamientos que a la postre vayan en desmedro de los intereses nacionales, lo cierto es que desde la embajada en Washington se debería darles mayor soporte a consulados que son neurálgicos para Colombia, como el de Miami. Y que, aun este último como consulado, están revestidos a mi juicio de un significado mayor, inclusive, que el de otras embajadas.

Son muchas, pues, las interpretaciones que caben alrededor de la labor de Lleras en Washington. La que sí resulta inadmisible es la de mi admirada colega María Jimena Duzán, quien considera que la defensa de la dignidad de Colombia por parte de nuestro embajador es censurable, en la medida en que ha actuado como candidato o precandidato y no como embajador.

No. Todo puede decirse, menos que tales actuaciones son atribuibles a una especie de oportunismo político. Además, porque estoy convencido de que cuando Lleras sea realmente aspirante a la Presidencia si llega a serlo, no será tan torpe de enarbolar el trapo trasnochado del antiimperialismo yanky para granjearse unos cuantos adeptos y votos en favor. La apreciación de María Jimena es injusta: equivocado o no en sus actitudes, lo que no puede endilgársele a Carlos Lleras es que esté haciendo populismo con sus actos y gestos de embajador. Todo lo contrario. Ha sido altivo, franco y valiente, y sobre todo ha obrado como buen colombiano. En su caso, no hay que confundir su independencia en veces polémica con intenciones ocultas que, estoy seguro, Lleras tampoco escondería. No es ése el estilo de los de su raza.

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