QUE MUERAN LOS NIÑOS

QUE MUERAN LOS NIÑOS

Con horror y angustia este personaje extranjero decía que, a pesar de los 30 años que lleva visitando a Colombia, todavía le costaba trabajo entender cómo los colombianos nos hemos ido acostumbrando a vivir con esta violencia demencial que se pasea oronda por todo el país. Hasta el punto, decía, de percibir una absoluta insensibilidad en la sociedad frente a las masacres, asesinatos y secuestros que son ya el pan de cada día. Y agregaba que presentábamos preocupantes síntomas de anormalidad colectiva. Estamos, concluyó, muy pero muy enfermos .

23 de abril 1995 , 12:00 a.m.

Basta ver qué cantidad de niños y jóvenes mueren en forma violenta todos los días. Esta semana, en dos hechos distintos en Cali y Medellín, fueron asesinados tres menores de edad y heridos otros dos. Todos ellos alcanzados por balas perdidas. Esos son los casos más recientes, pero la lista de menores asesinados es cada vez más larga. No más en el Valle del Cauca, este año han sido asesinados 16 menores de edad sin que haya responsables condenados por la Justicia. Estamos asistiendo a una tragedia que ya no nos conmueve. Y es que parece no importarnos que estén matando a nuestros niños.

De qué sirve, entonces, el monumental esfuerzo que a lo largo de muchas Administraciones ha hecho el Estado colombiano para cuidar la salud de las madres y los menores y así asegurar que éstos crezcan sanamente, si muchos de ellos no alcanzan a cumplir los 15 años por culpa de esa maldita violencia? Perdimos toda capacidad de reacción y más bien hemos optado por la vía fácil de la indiferencia? Los relatos de las muertes de Priscila, una niñita de 10 años, en Medellín, y de Nathalie e Iván Fernando, de 9 y 7 años respectivamente, en Cali, son escalofriantes. Sin embargo registramos esas muertes como si fueran hechos perfectamente normales. Qué más da si son unos muertos más? No hay muertos de primera o de segunda categoría pero la muerte de un niño, sobre todo si es violenta, implica por sí misma una tragedia. Su indefensión e inocencia, todo lo que encierra ser niño, hacen especialmente deprimente el ya más que repugnante espectáculo de violencia al que estamos acostumbrados. Si hay algo que tiene conmocionados a los norteamericanos después del atentado terrorista a un edificio de oficinas federales en Oklahoma City, es que en él murieron muchos menores de edad. Y otro hecho que ha convocado al mundo entero para rechazarlo con firmeza, es el genocidio ocurrido en Ruanda y Burundi, donde miles de niños han sido salvajemente acuchillados.

Por desgracia, esta generación de colombianos que apenas comienza a asomar la cabeza, no podía ser la excepción dentro de una cruel realidad que diariamente cobra cientos de vidas. Esta barbarie también tenía que llevarse niños. Y cuando no hay ninguna reacción; cuando no medimos las consecuencias de lo que nos está ocurriendo; cuando la muerte de un niño tras de otro no suscita automáticamente una manifestación masiva de rechazo e indignación, todo eso es señal de que la enfermedad ha hecho crisis.

También es cierto que tradicionalmente el niño o el adolescente no han sido el centro de atención de nuestra sociedad. La costumbre por estos lados es despreciarlos, maltratarlos y, si estorban mucho, matarlos. Han sido los grandes olvidados de casi todas las Administraciones. Las ciudades se han pensado más en función de los adultos que de los niños. La calidad de la educación pública no responde a las necesidades de ese sector de la población. La regla es que las ciudades carezcan de parques y nada hay que me haga pensar que en Colombia los niños son su mayor tesoro. Todo lo contrario. Los vemos caer como moscas en esta absurda guerra, y no hacemos nada.

Ya es demasiado evidente una gélida insensibilidad frente al asesinato de párvulos. Eso no puede ser normal. Terminaremos pagando un precio muy alto por aceptar convivir con esa macabra realidad.

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