ES LO MISMO EL DIABLO QUE EL DEMONIO

ES LO MISMO EL DIABLO QUE EL DEMONIO

Lo satánico viene cobrando fuerza en nuestra sociedad. Y no es debido a mera casualidad. Si crece el mal, crece su mito y su representación simbólica, el Diablo o Satán.

23 de abril 1995 , 12:00 a.m.

Dada la importancia del tema, vamos a dedicarle dos columnas. Esta primera, que pretende aportar alguna claridad en el asunto del lenguaje, y por supuesto, de la realidad cultural. La próxima tendrá por objeto dar una mirada un poco más de cerca al culto satánico y al problema del mal.

Empecemos diciendo que las culturas suelen aproximarse a los misterios como Dios, el origen del hombre, el mal, y otros muchos, no con discursos racionales sino por medio de símbolos y mitos. Estos le sirven de trampolín al espíritu humano para pasar de lo sencillo a lo misterioso, de lo inmediato a lo trascendental.

Aplicando esta ley del lenguaje a la cultura judía, encontramos que para la Biblia en general, pero en especial para los evangelistas, no era lo mismo el Diablo que el Demonio. Empezando porque a este último con frecuencia los evangelios no le dan el carácter personal e individual que sí le dan al Diablo. Para el Evangelio, como para la cultura judía de entonces, el Diablo, palabra griega equivalente en hebreo a Satanás, designaba el adversario, el tentador, personificación del mal moral. Quien comete pecado es el Diablo (1 Jn 3,8); el mismo que nos induce a pecar. Para la Biblia el Diablo es quien, desde el Paraíso hasta hoy, tienta a Adán y Eva, es decir, al varón y a la mujer. La tentación la ejerce desde fuera , no entrando y poseyendo a la persona. Jamás aparece en la Biblia una posesión diabólica, vale decir, atribuida al Diablo. Ni tratándose del más grande pecador dice la Escritura que estaba poseído por el Diablo. En el caso de Judas se nos dice que el Diablo indujo en él la iniciativa de entregar a Jesús. Pero no se trató propiamente de una posesión diabólica, sino de una tentación y de su aceptación, por parte de Judas traidor, del designio diabólico de traicionar al Maestro.

El Evangelio atribuye las posesiones al Demonio casi nunca al Diablo y más exactamente, a uno o varios demonios, causantes de algunas enfermedades, no todas, sino las de causa invisible, y en especial, las psíquicas. Las limitaciones en los conocimientos médicos inducían al pueblo y aun a los mismos médicos de entonces, a atribuir la causa desconocida de las enfermedades, como sordomudez o, más frecuentemente aún, las psíquicas como epilepsia, histeria y sicosis, a la presencia interior de un demonio.

En la cultura judía se trataba pues de dos nombres, el Demonio y el Diablo, que ordinariamente designaban o personificaban dos realidades distintas.

Así aparecen en los Evangelios casos de posesiones demoníacas, no diabólicas. Por este motivo eran llamados endemoniados. Se trataba, en primer plano, de enfermos y en último término, ordinariamente de pecadores, ya que la misma enfermedad era explicada, no siempre, como efecto del pecado.

Sacar o expulsar el Demonio por parte de Jesús, el Salvador, no significaba otra cosa que curar; sanación corporal que, con frecuencia, llegaba hasta el fondo del enfermo, y se convertía en sanación espiritual. Vete en paz y no quieras más pecar , solía añadir Jesús a los perdonados y curados.

De aquí que la distinción entre el Diablo y Demonio, en algunos pasajes de los evangelios, no sea tan clara, como decimos aquí, en buena parte debido a la vecindad entre pecado y enfermedad, por ejemplo en San Mateo 12, 22, ss.

Dando un salto, no social sino temporal, a la hora presente, tenemos que sacar la consecuencia de ir reconociendo, con el Magisterio de la Iglesia, que ya no tiene sentido hablar de posesión demoníaca y menos diabólica. Con la primera acabó la ciencia médica de modo que ya no hace falta recurrir a un demonio o espíritu interior para explicar la enfermedad. Esos tales demonios ya perdieron su silla y no encuentran oficio en la cultura científica actual. La posesión diabólica, en cambio, según dijimos, nunca existió sino en la imaginación de algunos fieles y curitas exaltados que hacen un papel poco menos que ridículo en ponerse a sacar al Diablo de donde no está.

Prueba de ello es que la liturgia actual de la Iglesia tiende cada vez más a hacer desaparecer de sus prácticas rituales los exorcismos. Quedan muy pocos y con franca tendencia a su desaparición, como deben desaparecer también de la creencia popular.

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