PRET-A-PORTER

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Desde hace un tiempo para acá se ha impuesto la moda de realizar desfiles por todo. Que para lanzar colecciones, que por una obra social, que el de los estudiantes de diseño de x o y universidad o simplemente porque sí.

18 de junio 1996 , 12:00 a.m.

Es cierto que la moda y, sobre todo, los diseñadores (viejos y nuevos) necesitan ese tipo de certámenes para darse a conocer, para mostrar su trabajo y para aumentar cada vez más el interés que se tiene por la moda en el país. Sin embargo, recurriendo al famoso dicho de bueno es culantro pero no tanto hay que empezar a racionalizar este tipo de eventos pues ya estamos cayendo en la mediocridad en que solemos caer los colombianos por pensar que por el simple hecho de estar de moda es bueno.

No hay tal. Un desfile no se puede improvisar. Para realizar uno hay que pensar en infinidad de detalles que no se pueden dejar al azar porque entonces se termina haciendo el ridículo. Quien quiera organizar un evento de esta categoría no puede pensar que es facilísimo, que sólo pone una pasarela, cita a gente chévere y ya.

Un desfile requiere de una colección coherente, con una historia. De un lugar ideal, una música que se adapte perfectamente a lo que se quiere lograr sobre la pasarela, una coreografía que sea el matrimonio perfecto entre ropa, música y modelo, unas luces que iluminen bien el atuendo y, obviamente, un grupo de modelos que tengan las características que la ropa requiere.

Hay que pensar que los modelos no son los protagonistas de la noche sino la ropa. Que el mejor modelo es el que pasa más inadvertido porque eso quiso decir que el público se fijó fue en la vestimenta y no en el personaje. Y en resumidas, aunque sea por una obra social, hay que meterle algo de plata para que salga bien.

Por ejemplo, durante la última semana hubo cuatro desfiles distintos, en tres escenarios distintos, con diferentes modelos. Uno en el Salón Rojo del Hotel Tequendama a beneficio de la Fundación Social por Bogotá; otro de estudiantes en el Teatro William Shakespeare; otro en el Centro de Convenciones para los Niños de los Andes, y por último uno en la discoteca Morroco, de Marcela Acosta. Increíble que de toda esta proliferación de moda no se salve sino muy poco y más increíble aún que se hagan desfiles sin ninguna coherencia temática y sin ningún ritmo de colección.

No hay que olvidar que acá la gente cada vez sabe más de moda y no se descresta tan fácilmente y que si los desfiles se convierten en un medio para vender boletas o para llenar una discoteca para que la gente consuma van a terminar por saturar hasta el punto que ya nadie va a querer asistir a uno por más atractivo que parezca.

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