LA GENTE DE LA UNIVERSAL

LA GENTE DE LA UNIVERSAL

A los colombianos de la generación de los años cuarenta los criaron con buen cine. Las personas mayores disfrutaron de los años del auge de Hollywood, desde 1920 a 1955. Los más jóvenes han presenciado todos los avances del cine moderno. Por eso, para las tres generaciones ha sido una tarea difícil ver cine colombiano. A los cien años de inventado este medio, quienes querían apoyar como espectadores a los realizadores colombianos tenían que soportar fallas técnicas que habían sido superadas cuarenta o cincuenta años atrás en otras cinematografías. Sin embargo, la gente acudía con simpatía a ver cine colombiano, esperando que apareciera alguna película que tuviera la doble calidad de ser colombiana y de ser cine.

22 de abril 1995 , 12:00 a.m.

A pesar de que películas como Cóndores no entierran todos los días y Tiempo de morir principiaron a ponerle el punto de calidad al cine nacional, se siguió produciendo mucha película mala. En la mayoría de los casos se trataba de producciones amparadas por Focine que no recuperaban ni sus costos financieros. Tampoco daban pie para pensar que el cine colombiano podría ser algo distinto a un despilfarro financiado con plata de los contribuyentes. No deja de ser curioso que solamente después de la desaparición de Focine, cuando se desburocratizó el cine colombiano, principian a aparecer películas de buena calidad.

Primero fue Sergio Cabrera. El demostró que hacer buen cine no era imposible en Colombia, que puede ser taquillero y recuperar sus costos. Como el cine de Cabrera demostró ser negocio sin tener que recurrir al Papa como gancho de taquilla, le aparecieron poderosos patrocinadores. Ojalá no le pase lo de César Rincón o la Selección Colombia.

Después de la incursión precursora de La estrategia del caracol aparece ahora La gente de la Universal, que vino a ponerle un nuevo punto al cine nacional. Se trata de la primera película colombiana que hace sentir al espectador en su casa no sólo en Colombia sino en cine.

Mientras siguen las peripecias de los colombianísimos protagonistas por un Bogotá central que está a punto de desaparecer hasta de la memoria de quienes amaron el Centro , el espectador no tiene que hacerle concesiones a la película por ser de aquí. No hay malos actores colombianos, ni todos los malos son colombianos. La cámara no se queda pegada, como filmando una sesión solemne; el sonido y las luces no imitan a los de las películas de Tin Tán, proyectadas contra una sábana en Tocaima. Los diálogos tampoco son de Libertad Lamarque con Arturo de Córdoba, ni el guión parece una obra colectiva del Comité Central del Partido. Tampoco hay campesinos de pata al suelo, cruelmente explotados por terratenientes, ni hay curas o dueños de tienda, simpáticos personajes que digan sumercé , o inquilinatos.

Lo que sí está presente es la realidad urbana de Colombia: el lenguaje de la calle, lo que sucede en ella, el rebusque, la inmoralidad y la corrupción; la trampa, el sexo, la violencia y la banalidad del mal. Pero sobre todo la buena calidad del filme y el humor el humor negro que hace desternillar de la risa a un pobre espectador avergonzado de reírse de la cruda realidad. El humor y la cámara son rendijas que permiten vislumbrar la calidad humana y las instituciones en un mundo aparentemente sin valores. Es una película que jamás hubiera sido producida por un Ministerio de Cultura o por Focine, sin ser amigos de la directora. Vayan a verla!

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