UNA POLÉMICA ESTÉRIL

UNA POLÉMICA ESTÉRIL

Demasiado generoso y ruidoso -excesivo de verdad- el despliegue a las ya fatigantes denuncias del senador Samuel Moreno Rojas sobre la victoria electoral que supuestamente le arrebató a su abuelo el pérfido Gobierno de Carlos Lleras Restrepo.

22 de abril 1995 , 12:00 a.m.

Se entiende que los sucesores políticos del general Rojas Pinilla aprovechen los 25 años del episodio del 19 de abril para darse vitrina y armar polémica. Lo que se entiende menos es que los medios hayan tomado el tema como si fuera algo importante o prioritario para el país. Más allá de lo pintoresco que puedan resultar las histriónicas declaraciones del nieto del fallecido general, este exagerado machacar sobre el supuesto fraude solo contribuye a deslegitimar el proceso electoral y a debilitar una democracia ya de por sí acosada por los que prefieren el fusil a la urna.

En lugar de estériles debates retrospectivos sobre una presunta victoria electoral que para fortuna del país nunca fue real, una democracia que enfrenta tantos retos como la nuestra, cruzada de violencias de todo tipo, descalificada desde el exterior por quienes tienen una visión unilateral del narcotráfico, lo que necesita es mirar hacia adelante y asentar todas las aún no bien asimiladas reformas democráticas que introdujo la Constitución del 91.

Pero en virtud de la avalancha de entrevistas por todos los medios sobre los episodios del 19 de abril del 70, ahora resulta que Carlos Lleras Restrepo, uno de los gobernantes más serios y de los estadistas más probos que ha dado este país, ha quedado convertido en un raponero electoral . Y el general Rojas Pinilla en un mártir de la democracia. De una democracia que no supo respetar cuando estuvo en el poder. Porque lo que no hay que olvidar en medio de esta inflada polémica que con tanto éxito han montado los descendientes políticos del fallecido dictador, es precisamente eso: que Rojas fue una dictador. La única dictadura militar que ha tenido Colombia en este siglo. Corta, por fortuna, y más bien blanda, hay que decirlo. Pero arbitraria como toda dictadura, al fin de cuentas.

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