VEINTICINCO CRUCES

VEINTICINCO CRUCES

Calavera usaba unas botas altas de cuero de res, con pelos y todo. Era alto, de sombrero alón, y un bigote enroscado hacia arriba.

23 de abril 1995 , 12:00 a.m.

Llevaba un par de revólveres calibre 38, en fundas de cuero, y el cinturón lleno de balas. El pecho estaba cruzado por una canana con noventa tiros. A veces lo veían con una carabina punto treinta asegurada a la silla de su cabalgadura.

Los jueves de mercado, cuando estaba borracho, Calavera espoleaba su caballo y salía del pueblo como alma que lleva el diablo, con un revólver en la mano.

Un día, Calavera disparó contra un campesino que se atravesó en su loca carrera. Calavera detuvo su caballo, se devolvió para mirarle la cara al muerto, y al día siguiente asistió al entierro.

En Lerma cuentan que Calavera contribuyó con unas 25 cruces al croquis de la violencia que un dirigente comunitario dibujó años después en un pliego de cartulina.

Uno de los difuntos que los Lermeños más recuerdan es un forastero apodado Matasiete. A Matasiete lo acribilló en la misma mesa donde los dos hombres se habían sentado a beber aguardiente, ambientados por rancheras y música de carrilera.

La policía -dice un campesino- lo persiguió como a un animal por estos montes, pero no lo pudo cazar. Decían que había matado a un policía por aquí cerca .

Pero Calavera también tuvo su último día. La música tronaba en las cantinas cuando varios revólveres le apuntaron desde las sombras.

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