0.2 PARA QUÉ SE QUIERE QUEDAR, PRESIDENTE

0.2 PARA QUÉ SE QUIERE QUEDAR, PRESIDENTE

Lo confieso y no me da pena. La absolución de la Cámara me produjo una profunda angustia solo comparable a aquella que experimenté cuando los narcotraficantes mataron a mi jefe Luis Carlos Galán. Entonces, como ahora, sentí que Colombia, huérfana de liderazgo, rodaba por el precipicio de la indignidad y la desvergenza.

17 de junio 1996 , 12:00 a.m.

Tal angustia, aclaro, no era el fruto de un antisamperismo furioso, ni de sentimiento pesonal adverso contra el Presidente. No. Era el resultado de un estudio detallado del proceso y de un seguimiento diario y presencial del debate desde mi asiento en las barras y en los pasillos del Congreso. Allí estuve los quince días.

Quería ser testigo directo del juicio con el propósito de formar con toda autonomía mi criterio sobre el proceso mismo y sobre las responsabilidades del Presidente.

Cuando llegó el momento de la votación me asistía una profunda certeza de que, tanto en lo ético, como en lo jurídico y en lo político, el proceso debería pasar al Senado y a la Corte.

Cuando vi a Rodrigo Rivera presidiendo el debate con inteligencia y con ecuanimidad, llegué a pensar ingenuo! que en consideración a todo lo que obraba en el expediente, muchos representantes se despojarían de todas sus amarras burocráticas y presupuestales para votar libremente.

Estaba tan presente el elefante! Había tantas huellas de su paso por la campaña, por el expediente y por el Gobierno! Era tan ostensible la responsabilidad política de Samper! Resultaban tan evidentes las irregularidades de la investigación de la Comisión de Acusaciones! En fin...

* * * Entiendo que es necesario deponer los rencores, desactivar el clima de confrontación y lograr acuerdos nacionales para hacerles frente a los problemas que más afligen a Colombia.

Pero por cuenta de eso no podemos transitar por el camino de la impunidad rodeando con aplausos de falsa solidaridad a los inmediatos responsables de esta crisis.

En mi caso personal, por ejemplo, el resumen es fácil. Simplemente no quiero reconciliarme con los dirigentes que se entregaron a los narcos. Ni con quienes fueron venales con ellos. Ni con quienes le hicieron calle de honor al elefante. Ni con quienes han utilizado el poder político para llenar sus bolsillos con dineros oficiales.

No tengo nada en común con ellos ni quiero llegar a tenerlo. Representan la amenaza para la Colombia en la que quiero que vivan mis hijos en el siglo XXI. Aspiro, en cambio, a seguir confrontándolos con la esperanza de que, algún día, la sociedad reaccionará, entenderá el daño que nos han hecho y abrirá espacios alternativos de dirigencia.

* * * No creo que la absolución de la Cámara le haya devuelto a Samper ni la capacidad para gobernar, ni el respeto, ni la confianza de medio país que todavía no cree en su inocencia. Inclusive me parece que no le va a quedar fácil encontrar personas prestantes dispuestas a arriesgar su prestigio por entrar al Gobierno.

Con su sorprendente discurso del jueves desafiante y sin fondo distinto de la notificación perentoria de su deseo de permanecer atornillado en Palacio hasta el último segundo, del último minuto, del último día dilapidó una coyuntura privilegiada para salir con dignidad y para dar muestras de grandeza verdadera.

(Paréntesis el que está buscando ahora una salida digna soy yo alguien tiene sugerencias frente a este bendito conteo regresivo?) * * * La crisis, sin embargo, plantea una oportunidad preciosa. Veamos.

Como nunca antes, por cuenta de estos episodios, el país nacional se encontró de frente con los más reprobables vicios de la politiquería. Entendió también que va perdiendo la pelea pues quienes así administran el poder político se han ido apoderando de Colombia.

El país nacional está pagando en carne propia los costos de haber abandonado los espacios políticos.

La prolongada indolencia ciudadana permitió que, salvo honrosas excepciones, la dirigencia política quedara en manos de quienes no son ni los más idóneos, ni los más honestos. Ojo. No es solo culpa de ellos, que se limitaron a ocupar un espacio libre. Es culpa, también, de millones de colombianos buenos y honrados que prefirieron ver los toros desde la barrera.

Así las cosas, los esfuerzos colectivos deben proyectarse hacia el futuro de manera que se articulen nuevas opciones políticas que le permitan a Colombia o lo que quede de ella después de 1998 tener a sus mejores hombres al frente de las tareas legislativas y de gobierno.

La puja porque Samper se caiga o porque no se caiga, no puede distraer, a los colombianos de bien, de la posibilidad de hacer realidad su clamor de limpiar la política y de seguir impulsando hacia adelante esta Colombia maravillosa y pujante para que no le vuelvan a hacer, nunca más, lo que le hicieron en la campaña presidencial de Ernesto Samper.

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