SOBERANÍA VS. NEOIMPERIALISMO

SOBERANÍA VS. NEOIMPERIALISMO

Soberanía es una de las palabras más desgastadas de nuestro idioma. Políticos populistas han abusado a mansalva de ella para justificar toda clase de arbitrariedades y deseos de ampliar y perpetuar su poder.

23 de abril 1995 , 12:00 a.m.

En plena lucha por despolitizar la economía y privatizar los ineficientes dinosaurios estatales, un amigo argentino hizo hace varios años algo genial en una entrevista televisada: tomó un teléfono y comenzó a desarmarlo. Cuando el entrevistador sorprendido le preguntó qué estaba haciendo, Eduardo Helguera contestó, estoy buscando la soberanía .

De imperialismo podemos decir lo mismo. Desde que Víctor Raúl Haya de La Torre, fundador de APRA peruano, comenzara en los años 20 a culpar de casi todos nuestros males a la Standard Oil, al National City Bank y la United Fruit Co, vivimos en América Latina décadas creyendo en realidad que las inversiones extranjeras eran dañinas.

Pero la ola nacionalista de estatizaciones de los años 60 y 70 nos convenció que la realidad era otra y cuando en los años 80 nuestros gobernantes cambiaron lo que quedaba de inversión extranjera por una inmensa deuda contraída con los bancos internacionales, comenzamos realmente a echar de menos los teléfonos y ferrocarriles que funcionaban, estaciones de gasolina limpias, bancos en los cuales no teníamos que ser amigos de los directores para conseguir créditos y aerolíneas que competían en el precio de los pasajes.

Hoy estos tres ogros de antaño se llaman Exxon, Citibank y Chiquita Banana y apostaría que la mayoría de los gobiernos de la región buscan activamente que aumenten sus inversiones locales.

Los nuevos peligros Pero con el fin de la Guerra Fría han surgido otros peligros, mucho más reales y amenazantes a la soberanía de algunas naciones latinoamericanas.

Hace ocho meses el presidente Clinton no dudó en utilizar a los infantes de marina en una nueva aventura imperialista en el Caribe la restauración del gobierno de un ex cura socialista en Haití debido a que los inmigrantes indocumentados de esa isla estaban causándole problemas políticos internos.

Es decir, se utilizó la colosal fuerza militar estadounidense para resolver un problema que enfrentaba el partido Demócrata.

La farsa de la retórica utilizada en cuanto a restaurar la democracia en Haití se desinfló el mismo día en que comenzaron a retirarse los infantes de marina de Puerto Príncipe, con el asesinato de una líder de la oposición, al cual ha sido vinculado el propio ministro del interior del presidente Aristide, y la publicación en el New York Times, de una lista de otros 27 opositores políticos sentenciados a muerte.

Por su parte, poderosos políticos del partido Republicano encabezan una campaña de amenazas contra Colombia porque ese país tiene el atrevimiento de instrumentar leyes y medidas contra el narcotráfico que no satisfacen a Washington y a funcionarios de la DEA.

Otro absurdo En un artículo publicado en The Wall Street Journal, el 5 de abril, William Bennett y Jesse Helms acusan a Colombia de ser una narcodemocracia , comparando su gobierno con regímenes que patrocinan el terrorismo internacional como Libia e Irán.

El señor Bennett fue ministro de Educación y comisionado contra las drogas del presidente Reagan (apodado zar antidrogas) y el senador Helms preside una de las comisiones más poderosas del Congreso, la de Relaciones Extranjeras.

Nos pueden gustar o no las políticas socialdemócratas del presidente colombiano Ernesto Samper, pero acusar a su gobierno de narcodemocracia cuando diariamente sufre el brutal acoso de la narcoguerrilla es no sólo injusto sino absurdo.

Bajo la definición de Bennett y Helms, la verdadera narcodemocracia sería la de Estados Unidos porque es aquí donde está radicada una creciente porción de ciudadanos con el sucio y degradante vicio de las drogas.

Las autoridades colombianas meten preso, de vez en cuando, a una cabecilla del narcotráfico, pero eso no sucede nunca en Estados Unidos, donde las cárceles están repletas de vendedores callejeros de drogas, pero a ningún jefe logran detener.

El presupuesto de la guerra contra las drogas del gobierno de Estados Unidos es más del doble del presupuesto total del gobierno colombiano y, sin embargo, los resultados han sido miserables en una guerra que se está perdiendo por el rechazo de los funcionarios estadounidenses a entender las más elementales leyes económicas sobre la oferta y la demanda.

Mientras Estados Unidos aumenta sus gastos en combatir las drogas que ya sobrepasan los 14.000 millones de pesos al año más valor se obtiene en el mercado ilegal por la basura química que procesan y exportan los carteles de la droga, lo cual a la vez aumenta el inmenso caudal de dinero dedicado por estos gángsters a la compra de jueces, policías, guerrilleros, sicarios, congresistas, periodistas, banqueros, etc.

Como latinoamericano me pregunto: cuál sería una mayor amenaza a la soberanía y bienestar de nuestra gente, un presidente en Washington de izquierda como Clinton que no ve más al sur que México, o un presidente de derecha, empeñado en imponerle al mundo su propio concepto de la moral y que decida enviar a los infantes de marina a quemar los campos de Colombia, Perú y Bolivia? El primer beneficiario sería entonces Fidel Castro, quien automáticamente sería restaurado al pedestal que le construyó, hace 37 años, el diario New York Times.

*Periodista venezolana, director de la agencia de prensa AIPE.

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