RUSIA SABRÁ HOY SI ES REALMENTE UNA DEMOCRACIA

RUSIA SABRÁ HOY SI ES REALMENTE UNA DEMOCRACIA

El proceso electoral que comenzó ayer en el país más grande del mundo es quizá el más importante del fin de siglo. (VER GRAFICA INFOGRAFIA: LA ELECCION PRESIDENCIAL EN RUSIA)

16 de junio 1996 , 12:00 a. m.

No tanto por quién gane, el reformador Yeltsin o el comunista Ziuganov -palabras que, como muchas otras cosas en este país, sólo valen entre comillas. Sino porque se ventila a fin de cuentas qué tanto ha avanzado un país, con inmenso peso en el mundo, sin la más mínima tradición democrática y con siglos de autárquico orgullo euro-asiático, en la adopción de los cánones de conducta política occidentales.

Para el equipo que diseñó la campaña de reelección del presidente, Boris Yeltsin, y Occidente que lo apoya abiertamente, la alternativa es inquisitorial: o el retorno del Satanás Rojo o la continuación de Nuestra Sagrada Señora de la Reforma. Augurando el caos si vuelven los comunistas o una paulatina integración de Rusia al mundo civilizado (civilización que no es, por supuesto, el Islam o Asia, sino Occidente y sus valores) si Yeltsin conserva sus posiciones.

Y llaman a los rusos a votar en consecuencia y tienen al mundo temblando a la espera del resultado, contribuyendo de paso a polarizar sin remedio a una sociedad ya profundamente dividida; borrando eventuales alternativas más sanas por su distancia frente al pasado comunista, y poniendo al ruso de la calle a escoger el menor de dos males sin darse cuenta que, en el fondo, es de relativa importancia cuál de ellos se lleve la victoria.

Programas prestados La campaña fue tan irreconciliable, las acusaciones de parte y parte tan enconadas, los anuncios de retorno de los rojos y de catástrofe de la reforma tan difundidos en los medios, que nadie parece haberse dado cuenta que ambos candidatos no sólo proponen cosas parecidas sino que se han ido apropiando de los programas de su rival.

En política exterior, el pro occidental Yeltsin fue cada vez más nacionalista; y el patriótico Ziuganov se concentró en convencer al capital extranjero que con él Rusia será un paraíso para los inversionistas.

Yeltsin se pasó los últimos meses reorientando su política en dirección a las principales consignas comunistas. Ministros liberales en su gabinete queda uno. La privatización está parada. Rusia mira a China y gruñe a Occidente y a la OTAN. Se devuelven ahorros esfumados por el alza de precios del 92, se pagan salarios atrasados, se dan subsidios al agro y la industria de defensa, se promete defender al productor nacional y aflojar en la política de ajuste financiero acordada con el FMI.

El comunista Ziuganov, por su parte, dice no tener nada contra la propiedad privada, en política exterior compite en nacionalismo y renacimiento de la potencia con Yeltsin, visita iglesias y cita a San Pablo, su programa económico no menciona la palabra socialismo y almuerza con empresarios estadounidenses.

Trueque de papeles? No. Entre ambos candidatos subsisten diferencias. Pero la vasta Rusia los hace expresión de un generalizado y contradictorio sentimiento popular: un profundo malestar por las consecuencias sociales de una reforma adelantada entre desatinos y corrupción, y la certeza de que la respuesta no es volver del todo al pasado. En síntesis, Rusia no quiere ni los tiempos de Brezhnev ni tampoco la caricatura actual de democracia política y económica , como la denomina Le Monde.

Por eso de seguir en el puesto, Yeltsin está condenado a abrazar buena parte del programa de los comunistas (éstos ya lo acusan de haberse robado sus consignas sobre el renacimiento de la potencia y la preocupación por los necesitados). Y si el elegido es Ziuganov, el comunista deberá acomodar sus consignas socialistas dentro de los marcos de la reforma, negociar con los nuevos capitales y cumplir los compromisos fincieros internacionales.

La verdadera y dramática pregunta es quién será más democrático, el ex comunista Yeltsin cuya campaña e histeria anticomunista monopolizan la televisión y los principales diarios, o el aún comunista Ziuganov, que se queja por ello pero conduce con similar histeria antiyeltsinista sus medios de prensa? Más importante que quién gane es cómo se conduzcan vencedor y vencido. Si Yeltsin pierde, entregará a las buenas el poder? Y si pierde Ziuganov aguantarán incólumes sus variopintos seguidores el varillazo electoral? La respuesta a estas preguntas es clave para el futuro de Rusia.

Un clima muy tenso Tanto la campaña del primero, que anunció la guerra civil si ganan los comunistas, como las amenazas de éstos de una explosión social si vence Yeltsin, no infunden optimismo. Los días previos a esta elección estuvieron llenos de acusaciones mutuas sobre una eventual falsificación del resultado. De allí a decir que éste, sea cual sea, no vale, hay un paso. Y al caos, otro. Todas las preocupaciones sobre el futuro de la reforma o las verdaderas intenciones de los enigmáticos comunistas parecerían charlas insustanciales al lado de este escenario eventual.

El mundo, en vez de perder el tiempo enfrascado en el gastado esquema de rojos y blancos, de malos y buenos, debería estar expectante por saber si el gran ex país de los soviets resiste estas elecciones sin cataclismos. La nueva Rusia puede permitirse un período más de Yeltsin y, quizá, hasta un presidente comunista. Ambos, por lo menos, son preferibles a un golpe o una guerra civil. La elección se encargará de dirimir hasta dónde los rusos se han convencido de ello. Las apuestas, señores, están hechas.

Certezas y dudas Si hay algo inpronosticable es el resultado de las elecciones presidenciales rusas. Nadie cree en las encuestas y menos después de que ayer un sondeo volvió, tras ocho días de amplio favoritismo para Boris Yeltsin, a colocar al candidato comunista, Guennadi Ziuganov, al frente de las intensiones de voto.

Todos dicen que vendrán muchos a votar, entre 75 y 80 por ciento de los 106.4 millones de electores. Que habrá segunda vuelta, porque ninguno de los dos favoritos logrará la mayoría absoluta.

Casi todo el mundo coincide en que el electorado está dividido. El campo vota por los comunistas, la urbe por Yeltsin. La misma división se establece entre viejos (Ziuganov) y jóvenes (Yeltsin); entre grandes centros provinciales, por el presidente, y provincia a secas, por sus opositores; entre la inteligencia y los menos educados; entre favorecidos por la reforma y olvidados por ella.

Todo el mundo está impresionado con la campaña de Yeltsin, que en marzo era apoyado sólo por 8 por ciento del electorado y ahora, según las encuestas, por más de un tercio. Todo el mundo critica la campaña comunista, por su bajo perfil y la incapacidad o la falta de deseo de sus jefes para producir golpes de efecto.

En la vasta Rusia predomina un sentimiento contradictorio. La mayoría de la gente comparte un profundo rechazo a las consecuencias de una reforma adelantada entre desatinos y corrupción con una aversión igual de arraigada al pasado comunista. Casi toda Rusia, que no quiere ni los tiempos de Brezhnev ni tampoco la caricatura actual de democracia política y económica , como la denomina Le Monde, se ve, empero, obligada a elegir entre esquemas que representan una y otra época.

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