ENCRUCIJADA RUSA

El secretario general de la Otan, el español Javier Solana, ha señalado como error grave dividir de nuevo a Europa aislando a Rusia, en referencia a la política de la Alianza Atlántica de prolongar su jurisdicción hasta la frontera misma de su rival militar hasta hace seis años. Sería irritar de nuevo el llamado complejo obsidional, que llevó a Moscú desde Pedro El Grande a defenderse por medio de un colchón de conquistas entre Rusia y Occidente. Esta actitud reverdeció hace poco en la declaración reciente de los comunistas rusos desconociendo la disolución de la URSS. Por su parte Vaclav Clavel, presidente de la recién inaugurada República Checa, explica la renovada agresividad rusa atribuyéndola a la vacilación de la Alianza. Esta, afirma, lo único que consigue es reconocerle al Kremlin sus títulos sobre sus antiguos territorios del pacto de Varsovia.

16 de junio 1996 , 12:00 a. m.

Fuera en otra parte, la discusión sería anodina. Pero en el caso de Rusia, los europeos al menos son conscientes de la fragilidad del apaciguamiento soporífico que se ha esparcido sobre el mundo luego de la debacle soviética. Ese temor se ha venido acentuando con la incertidumbre sobre las elecciones presidenciales este domingo. El comunismo ha regresado electoralmente al gobierno en varios países del Este de Europa. Ya obtuvo en la misma Rusia una victoria resonante en las parlamentarias de diciembre. Solo en estos días las encuestas por primera vez le han dado un margen precario de ventaja a la reelección del actual presidente Yeltsin frente a los comunistas de Ziuganof.

Tanto el extinto presidente Nixon como su asesor Kissinger le habían aconsejado a Occidente jugársela toda a favor de Yeltsin. Ningún consejo se ha seguido con tanta devoción. Hace poco el presidente Clinton y el canciller Kohl expresaron conjunta y explícitamente en Washington su deseo por la reelección de Yeltsin. Representa el futuro , dijo Clinton. Ese apoyo sin resquicios ha sido además en contante y sonante y con mayor fervor luego de las parlamentarias. A mediados de mayo, el Club de París reestructuró en condiciones sin precedentes la deuda pública rusa, de aproximadamente 40 mil millones de dólares. A lo cual se sumó un préstamo por 10 mil millones por parte del FMI, balsámico para los apuros del enfermo presidente.

Pero hasta la suerte ha favorecido a Yeltsin, descontando desde luego sus achaques. Como la URSS en Afganistán, Yeltsin encontró la horma de su zapato en Chechenia. No obstante, el Presidente al parecer ha logrado sofocar a tiempo una guerra cuya crueldad ha pasado inadvertida contra un separatismo secular. Mas no es el único argumento de los comunistas. Carestía, corrupción, inseguridad y desempleo son la explicación básica a por qué muchos rusos quisieran volver atrás y preferirían el puño de la dictadura comunista a las uvas aún verdes de la democracia y el capitalismo.

Ese desde luego es el interés político que se suma al geopolítico en esta elección en que, como ha dicho un observador, nunca habían estado en juego tantas cosas. Naturalmente una es el enfrentamiento electoral entre comunismo y capitalismo, en que el juez es el pueblo con mayor autoridad en el mundo en esta materia, que ya no divide como antes al mundo pero sí a la mitad Este del Viejo Continente. Con una aclaración: el socialismo ya no es el hirsuto que se derrumbó con Gorbachev, candidato sin opción este domingo, sino una modalidad cercana a las socialdemocracias de la otra parte de Europa. Es entonces esta votación otro examen a una de las ideas capitales de esta época sobre orientación social.

Como en tantos países, el centro definirá esta batalla electoral que muy posiblemente tendrá segunda vuelta. Entonces serían mayores las probabilidades de Yeltsin como catalizador de matices democráticos dispersos, mientras que los comunistas seguirían en su plata, es decir enrocados en su aparato y en su nostalgia por la URSS, según su dirigente la sola garantía para que Rusia no se convierta por completo en otro vasallo de E. U. Es un choque entre los fracasos de un capitalismo impuesto demasiado aprisa de acuerdo con observadores y una sociedad acostumbrada al estatismo, pero en todo caso muy alejada todavía de la democracia, según observación reciente de Solzhenitsin, objetivo éste que por lo menos requiere completar el relevo generacional al que la paz mundial debe su actual y voluble entibiamiento.

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