EL FENÓMENOFUJIMORI

EL FENÓMENOFUJIMORI

El triunfo arrasador del presidente Fujimori en las elecciones peruanas no fue, sin embargo, sorpresivo. Se veía venir. Ni sus más enconados enemigos hablan de fraude. Fue una victoria limpia, categórica, sin atenuantes, resultado de una conjunción de factores que invitan al análisis.

21 de abril 1995 , 12:00 a.m.

El fenómeno que lo es en el sentido literal del vocablo ofrece diversos ángulos. Liderazgo personal? Sin duda en buena parte. Pero hay mucho más que eso. Tratemos de adentrarnos en la profundidad de un proceso que hunde sus raíces en la historia de la nación, le agrega aspectos políticos actuales y se conjuga con la idiosincrasia del hombre y del pueblo que lo eligió.

Fujimori es representante auténtico de su raza. El japonés posee voluntad acerada, tenacidad, sentido de entrega a la tarea y al propósito. Como miembro del cuerpo social es disciplinado, consciente de la comunidad y de la nación. Inteligente, posee admirable capacidad de adaptación y poder para asimilar entornos y circunstancias. A lo cual añade algo que podría parecer paradójico: fuerza creativa. Toma lo que le es útil pero no se detiene en la imitación. Perfecciona e inventa. Obediente como súbdito resulta fuertemente autoritario como jefe. Es, en esencia, un líder coyuntural que aprovecha las oportunidades y se yergue sobre ellas con sentido de poder y mando.

La vida le concedió al ingeniero Fujimori su oportunidad. Oportunidad histórica, como mandada a hacer para sus condiciones humanas. Frente a la avasalladora candidatura de Mario Vargas Llosa, parecía perdido. Pero a lo largo de su campaña fue revelando facetas desconocidas de su personalidad. Habiendo perdido la primera vuelta, se impuso en la segunda contra todos los pronósticos, en un país estremecido por las explosiones terroristas de Sendero Luminoso y la trepidación revolucionaria del Tupac Amaru. Todo un desafío que asumió con el coraje y la determinación de sus ancestros.

La política peruana ofrecía un cuadro deprimente. Partidos desflecados. Personalismos atávicos. Decepción colectiva acumulada por años y años. El populismo desorbitado de Velasco Alvarado y su revolución frustrada, dejaron sedimentos de profunda animosidad en los indígenas de la sierra y de rencor en los bajos estratos citadinos, en buena parte desplazados de la violencia rural. Con un Congreso devorado por grupismos y forcejeos electorales y burocráticos, un Estado inconsistente, una justicia parapléjica y una economía semi náufraga tenía dos opciones. O sobreaguar en medio de las fuerzas de ruptura y el descoyuntamiento general, o acometer una genuina revolución política y administrativa desde la cabeza del Estado. Optó por lo segundo, en acto desafiante.

El Perú no ha conocido una democracia política durable y auténtica. Las intrusiones militares no han dejado tiempo ni espacio para la consolidación de los partidos y el asentamiento de regímenes estables que dieran continuidad a las formas republicanas. El autoritarismo con perfiles dictatoriales más o menos acentuados signa la suerte de la nación.

Ese pasado histórico determinó que las medidas de choque adoptadas por el presidente Fujimori no recibieran rechazo notorio y sí, gradualmente, el respaldo mayoritario que lo acompañó con creciente fervor. Hasta desembocar en el fenómeno electoral que acaba de registrarse.

Guste o no el régimen de Fujimori, no podría hablarse de dictadura después del respaldo popular revelado por los comicios. Si los expedientes para reformar la Constitución, el Congreso, las instituciones, fueron juzgadas antidemocráticas en su momento, los resultados cinco años después y el voto de confianza que el Perú ha dado a su mandatario, señalan aceptación pública impresionante.

Por otra parte, el Perú inicia un despegue económico que resulta prematuro juzgar. Sin embargo, la creación de empresa, la adquisición de bienes de capital, el resurgimiento del agro, configuran un horizonte promisorio. Empero, es en la recuperación del orden público en lo que Fujimori registra avances más espectaculares. Ni Sendero Luminoso ni el Tupac Amaru evidencian capacidad estratégica. Sus apariciones espasmódicas, cada vez más espaciadas y débiles, señalan la realidad de una agonía terminal.

Muchas conclusiones podrían sacarse del fenómeno Fujimori. Entre ellas, que la subversión puede derrotarse cuando es el Estado como un todo el que la enfrenta. Y que los pueblos aceptan que se les mande con tal que se les mande bien.

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