UNA CORONA A PUNTO DEL MARTILLAZO

UNA CORONA A PUNTO DEL MARTILLAZO

En noviembre, y de un sólo martillazo, Colombia puede perder definitivamente otro de esos tesoros que son tan admirados internacionalmente y tan olvidados aquí.

22 de abril 1995 , 12:00 a.m.

De hecho, ya está fuera del país, le pertenece a un estadounidense y la famosa casa de subastas Christie s lo lanzó a remate público.

Se trata de la Corona de los Andes, la más bella joya del arte religioso colonial elaborada en oro de 18 y 22 kilates y decorada con 450 esmeraldas, conjunto que pesa cinco libras. Una de las esmeraldas, la más grande (de 15,80 mm. de ancho por 16,15 mm. de alto), se conoce como la Esmeralda Atahualpa, porque -al parecer- perteneció a este emperador inca y le fue arrebatada por Francisco Pizarro, quien se la entregó a Sebastián de Belarcázar, fundador de Popayán.

Además, los expertos consideran que la Corona de los Andes es la segunda más bella del mundo después de la de los zares de Rusia y de las pocas que quedan de la época colonial con tan delicado trabajo de orfebrería.

Sin embargo, la famosa casa de remates estaría dispuesta a parar la subasta internacional (mostrarán la corona en Miami, Los Angeles, Boston, Washington, México, Monterrey, Londres, Madrid, Tokio, Hong Kong, Taipei y Singapur, antes de venderla en noviembre en Nueva York) si alguna entidad gubernamental (Banco de la República, Colcultura, la misma Presidencia) negocia directamente su compra o, incluso, si hay un grupo de empresarios privados que colaboren con el Estado para recuperar esta joya histórica única en su estilo.

Según Alain Jathiere, representante internacional de esta empresa, la corona vale entre 3 y 5 millones de dólares (más de 2.400 millones de pesos), dinero que seguramente estaría dispuesto a pagar algún coleccionista japonés, árabe o de Hong Kong, según lo ha demostrado la tradición en este tipo de subastas.

El brillo del tesoro A la corona le cuelgan unas esmeraldas que parecen unos aguacates chiquiticos, que dan unos destellos a la Virgen como si estuviera iluminada .

Así es como el historiador Alvaro Pío Valencia recuerda a la virgen de la Inmaculada Concepción, cuando la sacaban de la Catedral de Popayán para hacerle un altar el día de Corpus Christi, única ocasión para la cual lucía la corona de oro y esmeraldas, que le regalaron los popayanejos el 8 de diciembre de 1599 como agradecimiento, según dicen las leyendas, por haberlos salvado de una epidemia que hubo en la zona pero que no llegó a la ciudad.

Era de las pocas veces que se la ponían. El resto del tiempo permanecía guardada por seguridad. El día que la sacaban también ponían a lo largo de la catedral el tapete rojo y los 12 candelabros de plata como de un metro de alto, que hacían parte de los objetos que pertenecían a la Virgen .

En cambio, el también historiador Diego Castrillón Arboleda tiene en su memoria la imagen de la Virgen en la Catedral, siempre con su corona de oro y esmeraldas. Ella permanecía con la corona puesta porque aquí no había peligro de nada. En Semana Santa y el día de Corpus Christi la sacaban a la calle sin problemas .

Estas imágenes que guardan los dos historiadores en su memoria corresponden a la década de los años 30, cuando la vieron por última vez, pues la corona fue vendida a un joyero en Estados Unidos.

Cómo es posible esto? Es lo primero que alguien se pregunta al oír la historia. La respuesta es igual de variada a los recuerdos de los historiadores.

Según documentos, en 1912 la Arquidiócesis de Popayán, por recomendación de Tomás Olano, presidente y síndico de Cofradía de la Inmaculada Concepción que se encargaba de cuidar y administrar las alhajas de la Virgen, pidió permiso al Papa Pío X para vender la corona e invertir ese dinero en la construcción de un orfanato. Era una época de muchas crisis: había pasado la Guerra de los Mil Días y el terremoto de 1906.

La autorización papal llegó dos años después. Y aquí viene otra de las leyendas que corren alrededor de la Corona de los Andes: que el zar Nicolás II estuvo interesado en adquirirla, a tal punto, que mandó un enviado a que la mirara y la negociara. Pero como comenzaron lo problemas políticos en su país, no se concretó nada. Quién asegura esto? A esta altura del siglo, nadie.

Un pequeña confusión El tiempo pasó y la corona no se vendió. Sin embargo, en 1933, un nieto de Tomás Olano, Manuel José Olano, la envió a Nueva York para que fuera vendida. Esta gestión la adelantó como si fuera una posesión familiar, olvidando que esos bienes pertenecían a la Arquidiócesis, y bajo el amparo del consulado colombiano en esta ciudad, según consta en el libro Oro y esmeraldas, o historia de una corona, escrito por Alberto Valencia en 1960.

Ante esta situación, la Arquidiócesis de Popayán decidió demandar a Olano en 1935 con el fin de que éste restituyese a la Catedral los bienes eclesiásticos que mantenía la familia como rectora de la Cofradía, incluyendo la Corona que ya estaba en Estados Unidos.

El juez tercero del circuito ordenó suspender inmediatamente la oferta de venta, y que se remitiera la alhaja en calidad de depósito al Banco de la República, y en caso de haberse vendido, que se remitiera el precio de la venta.

En su defensa, Olano argumentó que era un bien familiar, a pesar de que existen documentos que demuestran que la corona siempre hizo parte del inventario de los bienes de la Virgen, y por tanto pertenecían a la Arquidiócesis. Uno de ellos es la escritura pública número 148 del 20 de marzo de 1934 radicada en la notaría primera de Popayán, en la que se protocoliza el inventario de alhajas y ornamentos pertenecientes a la Catedral de Popayán levantado en 1801, donde dice que a cargo y custodia del señor don Manuel Ventura Hurtado, tesorero y dignidad de la misma iglesia Catedral (...) una corona de oro y esmeraldas que todo peso alcanza a los 533 castellanos .

Además, el 20 de marzo de 1937, el juez tercero profirió sentencia en favor de la Iglesia, pues reconoció sus derechos sobre la corona porque se desmostró plenamente que la posesión material casi centenaria ejercida sobre la corona y demás bienes muebles de la Cofradía y alegada por el demandano, sólo había sido una mera tenencia y que el dominio de la Iglesia estaba reconocido en los últimos 30 años por parte de los antepasados del señor Olano .

Pero la demanda de la Arquidiócesis y la sentencia llegaron tarde porque las gestiones de venta de la corona ya estaban adelantadas y se protocolizaron el 6 de junio de 1936. Ese día se firmó en Nueva York un convenio de compraventa entre los vendedores, Oscar Heyman y Brother Inc., y comprador, Warren J. Piper, un joyero de Chicago, que desde 1915 estaba tras de ella.

Finalmente, la Arquidiócesis recibió como producto de esta venta 72.500 dólares. Después de deducciones quedaron 46.774 dólares que el abogado invirtió en bonos de deuda externa. En 1942, entregó, con las ganancias obtenidas, 123.141 dólares a la Arquidiócesis de Popayán, que se suman a algunos adelantos con los que esta institución cubrió ciertos gastos del nuevo Palacio Arzobispal.

Por 125.000 dólares este admirador de las piedras preciosas obtuvo esta joya colonial, que ahora una heredera suya quiere rematar al mejor postor.

Poco martillo No son muchos los objetos y obras de arte colombianos subastados en Christie s a un alto precio. Según los archivos de esta empresa, el catálogo del tesoro del barco español Maravilla que se hundió cerca de las Bahamas en 1656, incluye una cruz de oro del siglo XVII hecha en Colombia, que tiene 66 esmeraldas similares a las de la Corona de los Andes. Esta joya fue vendida en Christie s de Londres en 1992 en 411.000 dólares.

Otra obra que fue vendida a un considerable precio fue el cuadro de Fernando Botero Familia protestante, en 715 dólares. Otros cuadros suyos han sido rematados alrededor de los 500 dólares.

Que te quiero verde Mucho antes de que la religión tomara forma, las tribus primitivas usaban amuletos, brazaletes y collares de piedras preciosas para que los guardaran de los malos espíritus.

De todas las piedras preciosas, la esmeralda ha sido tradicionalmente la más buscada por su belleza y su gran valor.

Plinio habló de Pyrgoteles, el grabador de esmeraldas, que esculpió en una gema la cabeza de Alejandro Magno. Cleopatra, la reina egipcia, tenía sus propias minas de esmeraldas, los únicos tesoros que pudo salvar de los ejércitos de Cesar, y Nerón vio la ejecución de los mártires cristianos a través de su monóculo de esmeralda.

Plinio dice que, junto con las perlas, eran las piedras más valiosas de Roma. Benvenuto Cellini, en 1558, fija un precio para la esmeralda equivalente a 389 dólares actuales, mientras que el diamante costaba el equivalente a 49 dólares.

Su demanda creció gracias a que se convirtió en la joya favorita de la corte francesa en el S. XVIII, y desde ahí se ha mantenido vigente en Europa, especialmente en París, donde son muy apetecidas.

Durante las guerras mundiales, los perseguidos cambiaban su efectivo por esmeraldas, asegurando así su dinero, porque el mercado de las gemas verdes ha sido, hasta hoy, el más estable en la historia europea.

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