LOA AL CAFÉ DE CASA HUMILDE

LOA AL CAFÉ DE CASA HUMILDE

Cuando las sombras dejan pasar el péndulo de las cuatro de la madrugada, la mujer que vive en los corregimientos y veredas llega a las cinco piedras de la hornilla, y empieza, como en un viejo rito contaminado de sustancias oscuras, a lavar la olla, a desocupar el colador, a reinstalar la leña, a encender de nuevo la madera resignada.

12 de junio 1996 , 12:00 a.m.

En la penumbra dos duendecillos bailan en los rincones y muestran sus lengitas rojas. El perro, untado de ceniza, levanta la cabeza y estira el cuerpo donde se dibujan las costillas. Al final se queda quieto, vigilante los ojos. El también quiere beber del negro.

La mujer va al alar y saca de la palma, como si fuera un ángel cóncavo, una curtida cuchara de palo. La lava con agua de la tinaja. Luego llega a la alacena. Allí, en una lata manoseada y feliz, el polvo del café acostado espera. Ya fue tostado. Ya fue sometido al molino de piedra que le trituró la piel y la osamenta.

Ahí está el antiguo abisinio, hirviendo en un solo sitio visible y prieto en su placer que va hacia el cuerpo profundo. Se unta de agua, gira, barbotea, trata de ladrar como perro falsamente rabioso. Olorosa y penetrante en su confusión oscura. Olor que es una ola que avanza y llega a los cuartos, a la sala de tierra apisonada, a los crotos, a las veraneras y a los bonches, a la casa de la vecina donde un viejo que se enjuaga la boca con agua trasnochada del tanque, dice: Carajo, cómo huele el café que prepara Gumersinda .

Y al lado de la mujer, delgada y nervuda, está el hombre de músculos empecinados, machete colgando como otra pierna, duro el cuerpo para el sol y para la espina, curado contra el veneno de la culebra y el panoco. Bebe su café en un pocillo que fue loza y ahora eternidades. Siente que la vida le nace en la boca y luego se encamina hasta el sur. Y ese líquido es una sangre, o un camión que, raudo, corre paralelo. Y le da furia en el brazo y perrenque en la entrepierna.

Bebe el hombre su café, que ahora es espuela en los costados.

II Años atrás, otros hombres, en París, sentados a las sillas nocturnas del Café de Inglaterra , también olían y bebían el abisinio. Allí estaban, con las tazas como trofeos de medianoche, iluminados por una luna apresurada, los poetas, a los que alguien quiso inventarles adjetivos o sospechas.

Pueden ser Breton y Prévert, que han dejado el rojo vino, y ahora rinden pleitesía al aroma de lo oscuro, a esa luz que por lo densa se hace espesa y negra para abrazar el olfato e instalar la ceremonia.

Y paladean y sienten que el sabor es osadía y fuerza, piernas para el próximo poema. Fuego sin crueldad de la candela , dice Breton. Hilos donde guitarrea la alegría , dice Prévert. El café les llega a los ojos y ven con otro velo el veneno y la prudencia, y el tren de lo automático se despeña hacia una asamblea de ángeles con sed; y entonces la palabra sin harapos rompe un cielo de luna loca, acompañada del clarinete del clochard que una vez fue músico y saltimbanqui.

III Una araña prolongada teje un hilo que une al hombre del monte y de las breñas, que se levanta antes que el sol y que con machete, mochila y calabazo le gana al sol su primera rabia, con esos talladores de palabras inesperadas que al otro lado de las horas cincelan los duros poemas con magia lenta, con mano de sueño pasado. El café unifica esa espera y produce esos milagros.

Como unifica el humo que desde la madrugada sale por los caballetes de las casas de palma y que se marcha de aventura con las nubes indóciles y los pájaros del amanecer, mientras el abisinio crea su firmamento y sus misterios llenos de luz oscura, y millones de seres paladean y bendicen ese líquido de sombras, en un tiempo equivocada hierba de cabras.

La vieja, sentada en un taburete, bebe en un chocorito de totumo, negro por la reincidencia, el café tibio que le deja una sensación de poderío en todo el centro de la lengua. Afuera, el mundo se despierta. Adentro de ella circula un fuego que le pone en movimiento la cabeza y que le permite ver la hermosura del amarillo que se filtra por entre las anchas hojas de los plátanos.

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