QUÉ HACER CON LAS TASAS DE INTERÉS

QUÉ HACER CON LAS TASAS DE INTERÉS

La segregación de las funciones económicas del Estado, con casa aparte para las cambiarias, monetarias y crediticias, ha permitido aislar las políticas de préstamos y tasas de interés de los programas de desarrollo.

20 de abril 1995 , 12:00 a. m.

A su sombra, ha podido ponerse en vigor la teoría expuesta hará algo más de dos décadas en el sentido de que los altos niveles de éstas, tanto del lado de los prestamistas como de los prestatarios, crean un nuevo dinamismo, provocan más ahorro neto y sustraen la inversión de los usos inferiores.

Desde luego, estamos en un período de elevadas tasas de interés, no tan solo como consecuencia de su aumento en los Estados Unidos. Urgidos de atraer y retener capitales foráneos, así sean de muy corto plazo, México y Argentina las han llevado a alturas exorbitantes. Tendencia análoga sería posible sospechar de Colombia, pero las corrientes de más estable inversión extranjera, en su mayoría orientadas a exploraciones y explotaciones de hidrocarburos, descartan esta hipótesis.

En consecuencia, desde el punto de vista mecánico y no ya de doctrina económica, los objetivos son los declarados por los directores del Banco de la República: los de corregir los excesos de crédito originados en su propia tolerancia anterior. No siendo de su responsabilidad inmediata el crecimiento económico, vale decir el desarrollo, no les importa inquirir a cuáles sectores afectará la restricción. Eso corresponderá al mercado.

En principio, el crédito se reserva para los de más alta rentabilidad, lícitos o no, especulativos o económicamente reproductivos. La significación social es lo de menos. La regla se aplica partiendo del supuesto de la igualdad de circunstancias, con absoluta prescindencia de los criterios selectivos y de democratización del crédito, pese a las disposiciones constitucionales sobre la materia. Las actividades con mayor capacidad de resistir onerosísimos costos financieros quedan indemnes.

El fracaso resonante de la última aplicación del encaje marginal obedeció, precisamente, a que no supo ni quiso discriminarlas. La repugnancia teórica y novelera por la intervención del Estado condujo a realizarla mal cuando la situación la impuso y, además, a desacreditarla por no justipreciar su dosis ni considerar los flancos en los cuales habría de operar. Cosa distinta ocurrió en épocas anteriores, cuando se dejaron a salvo los ángulos de fomento económico y exportación. Fue uno de los motivos de su buen éxito que, por desgracia, indujo a abstenerse de desmontar oportunamente el dispositivo de emergencia.

* * * La Ley 31 de 1992, orgánica del Banco de la República, facultó a su junta directiva para señalar, en situaciones excepcionales y por períodos que sumados en el año no excedan de 120 días, límites de crecimiento a la cartera y a las demás operaciones activas de los establecimientos de crédito, tales como avales, garantías y aceptaciones. Trató de ejercerla, pero también fracasó, como tantos otros topes del pasado, presumiblemente por la misma razón que el experimento del encaje marginal.

Los excesos de cartera no han sido escasos en la historia colombiana. Uno de los más conflictivos de la segunda mitad del presente siglo provocó la creación de la Junta Monetaria y la estatización de la política del dinero en 1963. Habiéndosele ido la mano al Banco de la República en su permisividad con la creación secundaria de moneda, el Estado recobró lo originalmente suyo.

A partir de entonces, con facultades plenas, no hubo excusa para fenómenos de esa laya, excepto la inadvertencia de las autoridades del ramo. Con el transcurso del tiempo se llegaría, sin embargo, a reducir a las tasas de interés y a las operaciones de mercado abierto el rico instrumental.

Respecto de dichas tasas, la misma ley 31 de 1992 autoriza a la junta directiva del Emisor a fijar, también por períodos anuales que no excedan de 12O días, las máximas que los establecimientos de crédito pueden cobrar o pagar a su clientela, a condición de que no induzcan tasas reales negativas. Si no lo hace, es por el prurito ideologista de confiar exclusivamente en la capacidad reguladora del mercado.

No siendo tampoco selectivas de acuerdo con su destino, como antes ocurría con las de exportación o con las de fomento, su impacto no se gradúa ni distingue según los fines respectivos. Ni los excesos usuarios que prosperaron al amparo de avales y ventas por instalamentos, corregidos en su época sin debilidades, son tema de actualidad.

* * * No obstante haberse auto-limitado cronológicamente el Banco de la República en su ley orgánica, podría contribuir, si lo quisiera, a moderar las tasas de interés mediante su temporal intervención administrativa. Ello no excluiría el cordial avenimiento con los establecimientos de crédito.

Por razones de su oficio, por el explicable afán de intensificar y extender el negocio, su empeño es el de multiplicar sus operaciones. Pero si se les demuestra la conveniencia pública de limitarlas y se les reducen coercitivamente las tasas de interés durante el lapso permitido, no vacilarán en ir transitando fecundos caminos de estabilidad. Nada mejor para lograrlo que dar señales inequívocas de adonde se tiene resuelto ir.

Por supuesto, frecuentemente el mercado suministra esas señales a través del crecimiento de la cartera vencida. Sólo que no parece prudente esperar a verlo extremado y en trance de amenazar la solvencia de tales establecimientos de crédito para actuar en caliente sobre una crisis financiera. Más vale prevenir por su propio bien y por el de Colombia. Rescatando en lo posible la perdida sensibilidad social y democrática.

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