EFRAÍN

EFRAÍN

Hace algún tiempo se encontraron en el fondo del baúl de Efraín algunos papeles suyos, entre otros su diario, que no se ha publicado. Copiamos unas pocas páginas:

20 de abril 1995 , 12:00 a.m.

Anoche fui a recoger una encomienda de Colombia que me trajeron los señores R. Llegué a la pensión más tarde que de costumbre. Siempre lo hago cuando la gente vuelve de las oficinas y el sereno baja encendiendo los mecheros de gas. Se detiene al pie de cada farol y con una vara abre la puertecilla de vidrio, prende el mechero, cierra la puertecilla y continúa su tarea. La luz del gas forma en torno de cada farol un oro luminoso que, a lo largo de la calle, parece como una sucesión de esferas aéreas en un escenario para fantasmas. A unos treinta pasos de la pensión, en la esquina, sin haber llovido, se ha formado un charco, y sobre él proyecta la luna su imagen, pasando a través de las ramas sin hojas de los árboles. Es una luna amarilla que se mira entre los adoquines negros y lustrosos como una naranja pasada que hubieran tirado a la basura. Una carroza retrasada baja y pasa la esquina. El caballo mete sus patas en el agua por donde pasa. En seguida la llanta de hierro de la rueda vuelve pedazos la imagen de la luna. Las aguas vuelven a juntarse poco a poco y la luna de nuevo toma forma, como si se hubiera remendado una camisa de pobre. Yo me quedo mirando el triste espectáculo mientras subo las seis gradas de piedra de la pensión. Tiro el cordón de la campanilla, me abre el portero y pasa por mi imaginación lo que era la luna blanca y redonda que veíamos desde el corredor del Paraíso, subiendo en el cielo limpio, negro y profundo del Valle, donde podían contarse las estrellas. Me parecía más transparente el aire de nuestro Valle abierto, por donde corría al fondo como una enorme serpiente de vidrio el río que a cada vuelta brillaba con el resplandor de la luna.

Las habituales señoras de la pensión estaban como siempre tejiendo sacos y guantes de lana en torno de la chimenea. El fuego pedía más leña. Me acerqué al canasto de cobre reluciente donde están los trozos de leña, saqué dos o tres, que puse con cuidado entre las brasas, compuse un poco el hogar, y cuando ya las llamitas empezaron a alzarse azules y rojas, crucé dos o tres frases con Miss. H. antes de retirarme. Le dije cómo era la luna llena del Cauca y la noche de nuestros campos. What a wonderful dream! No sé si lo dijo hablándome o hablando consigo misma. Le dí las buenas noches y subí a mi cuarto. Caminando sobre alfombras. Todo en silencio.

Subí a mi cuarto. Pasé la botella de cerámica llena de agua caliente por las sábanas que estaban como un hielo. La luz de la luna apenas servía para reflejar los vidrios de colores de las ventanas. En la memoria siguió persiguiéndome el recuerdo de las noches del Paraíso, cuando la luna entraba por la ventana abierta hasta la mitad de mi cuarto y era tanta su luz que podía leer a Atala sin encender la lámpara. María, que había apagado las luces del salón pasaba con una lámpara a acostarse. La luz le llegaba directa a la cara y esa imagen suya llevando la lámpara fue lo último que vi antes de cerrar los ojos. Entonces me sentía a una distancia infinita de mi tierra. Me entró por el recuerdo el aire tibio con perfume de azahar, la luna blanca y redonda, el rostro de María a luz de la lámpara y aquí Efraín metiendo una monedita para pagar dos horas de calor y viendo la luna tirada en la calle, entre un charco pisoteado por un caballo.

Ha entrado veloz la primavera. Siento un gran alivio dejando el abrigo forrado en piel y los guantes de lana que tanto me pesaban. He ido a misa al oratorio. Ha durado cosa de una hora. No había oído música tan hermosa. Al salir la gente era más expresiva que de costumbre. Milagro! Durante la hora que estuvimos en el templo brotaron las primeras flores. Los prados estaban salpicados de florecillas amarillas. Todas las ramas se veían llenas de brotes como los sombreros de las mujeres, florecidos...

En un mes todos los árboles se han vestido de hojas verdes. En los huertos, duraznos, ciruelos, cerezos, empiezan a florecer. Primero fueron las flores amarillas, luego las rosadas y las blancas. Y lo mismo los rostros de las mujeres. Los trajes son cada vez más ligeros. La gente sonríe. Londres cambió de rostro.

La primavera viste y aclara a la gente maravillosamente. He ido a visitar unos huertos de cerezos y duraznos florecidos. Es increíble cómo se aprietan las flores en cada rama. Forman un brazo apretado donde no cabe una florecilla más. Miro bajo un arco de cerezos floridos pasar la imagen de María. Es un sueño. María no está. Primavera sin María no es primavera. Todo esto que estoy viendo, cuando pierdo la ilusión no es sino una triste realidad...

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