VIAJE AL FONDO DE SILVA

VIAJE AL FONDO DE SILVA

Estas jornadas conmemorativas de la muerte de José Asunción Silva no han hecho otra cosa que confirmar, con la erudición de los participantes, la consagración definitiva de Silva como el poeta más grande de Colombia y un incuestionable renovador de la poesía de habla hispana. Gabriel García Márquez se ha adentrado en el Silva novelista, poniendo su experticia de narrador al servicio del análisis crítico del libro De sobremesa. A mi turno, dentro de las limitaciones propias de un profano, quiero referirme a José Asunción Silva, el hombre.

16 de junio 1996 , 12:00 a.m.

Son muchas las aproximaciones que desde hace casi un siglo se vienen haciendo acerca de este colombiano insigne, no solamente por sus ejecutorias literarias sino por su singular periplo vital. Los espíritus cursis lo identificaban a comienzos del siglo como El vate santafereño , pero sus compatriotas de las distintas regiones de la geografía colombiana tenemos que reconocer que, lejos de ser un producto de su circunstancia bogotana, fue, si bien se profundiza, una víctima de su carencia de identificación y, sabe Dios, si también sexual. Cierto es que su cuna y la mayor parte de su breve vida tuvieron por escenario la ciudad de Bogotá, la Santa Fe del siglo XIX, hipócrita y pacata. La familia Silva era de estirpe santandereana, pero su padre, don Ricardo, bogotano de pura cepa. En cambio, por el lado de su madre, doña Mercedes Gómez Diago, tenía ascendencia antioqueña y ascendencia costeña, de todo lo cual Silva era absolutamente consciente, al punto de experimentar en sus horas de sosiego una confusa nostalgia por sus orígenes.

De bogotano no tenía sino unos pocos rasgos externos que no permiten clasificarlo como un señorito bogotano, tal como lo hacen algunos de sus biógrafos. Yo me atrevería a afirmar que, en su época, Silva fue el más colombiano de nuestros poetas, puesto que por sus abuelas conservaba nexos con Medellín y con Cartagena, ciudad esta última que vino a conocer en la última década de su vida, y Medellín, como todo el país paisa, fue una región que siempre aspiró a conocer. Son noticias que hoy carecerían de importancia por ser lo más corriente, ya que no subsisten familias enteramente bogotanas, pero en el siglo XIX, cuando eran contadas las vías de comunicación entre las distintas secciones del país, fue algo excepcional. Silva nació y vivió con la doble nostalgia de haber querido ser costeño o antioqueño y no sentirse feliz y realizado a plenitud sino cuando se sustraía del medio bogotano, como le ocurrió también en Caracas.

De su correspondencia, publicada por la Casa de Poesía Silva, se desprenden en forma inequívoca estos factores de alienación que nos revelan un Silva extranjero en su propia ciudad. Sus amigos, sus íntimos, eran antioqueños, empezando por Baldomero Sanín Cano, Rafael Uribe Uribe, Eduardo Zuleta, los dos Villa, uno de los cuales fue contertulio de la última cena la noche de su suicidio. En carta dirigida a Zuleta, en Medellín, apunta Silva refiriéndose a sus admiradores de Medellín: Quíteles usted todas esas ideas de un José Asunción Silva literato, precoz, y dígales que no tengo que valga la pena sino unos glóbulos de sangre antioqueña ( semítica tal vez?), y un gran cariño por esa tierra. A veces siento los impulsos del atavismo y pienso que en caso de ir algún día por esa tierra, no iría a buscarlos a ustedes, los civilizados en Medellín con sus azules de cielo y sus muchachas que leen novelas de Jorge Ohnet, sino que preferiría, unos meses de vida d aprés nature , en algún pueblito, hundido en el fondo de un valle, donde me dejara arrullar por el acento cadencioso de los paisas mineros, y oyera contar de vacas paridas y bebiera por la tarde, después de caminar tres leguas y de sudar dos litros, un trago del bueno, mientras que de una garganta ronca, acompañada del tiple sonoro, subiera por entre lo gris del crepúsculo, un bambuco popular y rudo como las selvas antioqueñas .

También, contrariamente a cuanto advierten la mayor parte de sus biógrafos, ciertos rasgos de su carácter revelan el ancestro antioqueño, tal como lo percibimos los hijos de otros departamentos. Tenía fibra de empresario y, aún más, de promotor de negocios. Así lo demuestra la correspondencia con su padre acerca de los negocios de la familia, cuando apenas contaba 18 años. Más tarde, al extinguirse por quiebra la firma de Ricardo Silva e Hijo, heredada de su padre, y ya próxima a un concurso de acreedores por la devaluación de la moneda colombiana frente a compromisos que debían ser atendidos en oro, concibe, desde Caracas, negocios de cambios internacionales destinados a multiplicar sus emolumentos diplomáticos. De regreso a Colombia se hace promotor de una fábrica de baldosas, convence a algunos de sus amigos para que participen en ella y, según Santos Molano, acaba teniendo razón en forma póstuma, al recibir su madre como participación en la quijotesca empresa la suma de cuatro mil pesos, que era una suma considerable en aquellas edades. No es característica de los señoritos bogotanos, cuando atraviesan una mala situación económica, recurrir a nuevas actividades industriales como fuente de futuros proventos.

Silva no conoció a Medellín, pero si le hubiera sido dado vivir unos meses en aquel medio que él añoraba sin conocerlo, es seguro que se hubiera encontrado más a gusto que en el mundillo de Bogotá, al cual se refería en estos términos en carta dirigida a Emilio Cuervo Márquez. Teníamos razón, viejo, en nuestras charlas de los paseos a San Diego. El primer deber de un hombre que aspire a algo es salirse de entre el papel moneda, la política y el mal humor colombiano. No cejes en tu empresa de dejar la tierra .

Artificiales y tontos Con Barranquilla y Cartagena no es otro cantar. El paisaje y la idiosincrasia costeñas le llegaban al corazón, o, como se dice ahora entre los jóvenes: estaba en su salsa. Así se lo decía a sus dos viejas queridas , su madre, doña Vicenta, y su hermana, doña Julia, en carta desde La Heroica: La ciudad es curiosísima. Las casas del centro, los templos, el castillo de Bocachica y el de San Felipe, son viejas y monumentales construcciones españolas; todas de piedra, con cada piedra como una cantera y un lujo de solidez formidable. Los barrios nuevos, fuera de las murallas (El Pie de la Popa y El Cabrero) se componen de bellísimas quintas de madera, pintadas de blanco y rodeadas de jardines exuberantes, llenos de acacias florecidas, de habanos rojos y blancos, de árboles de reseda (la reseda aquí es árbol), de una enredadera maravillosa que llaman resucitado, de grandes flores sedosas y purpúreas, todo eso sombreado de palmas de coco con que sus hojas dentelladas cortándose sobre el cielo azul profundo, y con lo verdoso del mar que se ve a la distancia y la blancura de las quintas, le da al paisaje un aspecto de Oriente .

Y, agrega: La quinta en que vive Núñez, El Cabrero, es una lindura, pero una lindura, con grandes jardines de palmas y de flores y estatuas. Anoche, al pasar por ella en coche, ya estaba encendida la luz eléctrica en el jardín y las lamparitas, radiosas entre las negruras del follaje, producían un efecto feérico; ustedes no tienen idea de la simpatía y sencillez de costumbres de la gente de aquí. Nada de tiesura, nada de pose . Doña Sola tiene en la calle de Lozano una cigarrería y otra en otro lugar y un cochecito de alquiler por horas. Enrique Román, el gobernador, se pasa todos los ratos en que no está en la gobernación en su botica despachando él mismo. Es muy simpático eso y lo hace a uno descansar de los tipos artificiales y llenos de pretensiones que tánto abundan en esa ciudad, de todos los tontos que están creyendo que la elegancia consiste en ser de palo y se sienten todavía estropeados del porrazo que se dieron al caer de las estrellas .

Cuando algunos de los biógrafos de Silva pretenden que su poesía, por parecerles alambicada, no era del gusto de los colombianos, yo les replicaría con este texto proveniente, también, de Cartagena: No se rían ni lo tomen a vanidad si les cuento que él y 10 ó 12 más me han dicho de memoria Las dos mesas, Suspiros, La serenata, Azahares, en fin, todo lo que he publicado. Los versos a Rubén Darío los dicen veinte o treinta.

Rítmica reina lírica forma parte del saludo que me hace cada persona a quien me presentan. Yo me río de la fama literaria, pero, francamente, no deja de ser cómodo que lo conozcan a uno de nombre y que le traten con las consideraciones con que me tratan . En qué queda la leyenda de que era un incomprendido? No solo en Cartagena sino hasta en la frontera, en Cúcuta, la fama de Silva se difundió en pocos años. No habían transcurrido dos décadas cuando ya Felipe Peña había compuesto la partitura para el Nocturno No. 1 que escuchamos aquí mismo ejecutado por el Maestro Arévalo.

Yo asimilo el caso de Silva al del filósofo Nicolás Gómez Dávila, otro miembro de la oligarquía bogotana, recientemente fallecido en Bogotá. A los intelectuales de profesión se les antojaba que un ciudadano de semejante extracción mal podía competir con ellos, mientras en Alemania era considerado como uno de los pensadores del siglo XX, sin perjuicio de que ambos contaran con una reducida cauda de admiradores que, en el caso de Silva, encabezan Sanín Cano y Emilio Cuervo Márquez.

Algo que se respira, sin duda alguna en esta correspondencia como en la de los meses siguientes, desde Caracas, es su animadversión por todo lo bogotano. En Cartagena, se sentía otra persona y el Silva afrancesado que tanto desagradaba a sus coterráneos le abre campo al Silva colombiano, desprevenido y locuaz, a quien para nada repugna el trópico sino que lo atrae al encontrarse con toda la parentela Diago y todos aquellos que saben de memoria sus vínculos de sangre con la Costa. Confieso haber experimentado algo semejante, hace ya más de cincuenta años, cuando conocí a Valledupar, la cuna de mi abuela costeña.

No hay que olvidar que el Nocturno clásico, el de la sola sombra larga, apareció por primera vez publicado en Cartagena en el periódico Lectura para todos que inspiraba el doctor Núñez.

Muchas gentes conciben la escena del Nocturno en la Sabana de Bogotá en compañía de su hermana Elvira. No me atrevo a aventurar la hipótesis de que fuera escrito en Cartagena, pero, si bien se analiza el poético relato, no cabe duda de que fue concebido en el trópico, posiblemente en Fusagasugá, a donde solía ir a veranear la familia Silva. Quién ha visto luciérnagas en la Sabana? Quién ha visto arenas triste o alegres, fuera de las canteras, en nuestro altiplano? Quién ha oído chillar las ranitas verdes de nuestras zanjas sabaneras en las noches de luna? No. Solo los sapos de tierra caliente emiten chillidos como los que figuran dentro de la inspiración de Silva.

Gazapos de la misma índole se encuentran por doquier en los escritos sobre Silva. En una introducción de Carlos García Prada a las Prosas y versos de Silva se habla de amistad con el doctor Núñez, a quien solo conoció por unas pocas horas con ocasión de su visita a Cartagena. De igual manera, Camilo De Brigard, mi entrañable amigo, habla de las poesías de Mallarmé que le regaló Flaubert a su tío José, a su paso por París. Silva estuvo en París en 1885 y Mallarmé había muerto en 1880! Y a propósito de José, siempre he sostenido que el nombre José Asunción era una especie de nombre de pluma, empleando uno de los nombres de su fe de bautizo, porque entre los suyos se le conocía como José y, a veces, José A., como se deduce de su cartas.

En cuanto a Elvira y a sus pretendidos amores con el poeta, me referiré más adelante. Fue una mala jugada de su pariente Bengoechea poner en circulación, en forma velada, la leyenda que recogió Blanco Fombona de amores incestuosos entre los dos hermanos. Sin temor a exageraciones, descontados unos pocos años de la infancia, los únicos momentos felices y de plena realización de su personalidad, fueron los que pasó Silva en Cartagena y en Caracas, lejos de este páramo, en donde, desde Bolívar hasta Núñez, se sienten extrañas las gentes del litoral Caribe.

Señorito bogotano? Lo paradójico en el caso de Silva es haber sido adoptado como el prototipo del señorito bogotano, en cuanto tiene de desfavorable este preconcepto. Ya, Tomás Carrasquilla, en carta del 2 de diciembre de 1885 a Francisco de Paula Rendón, describía a Silva en estos términos: José Asunción Silva... Virgen de la Trinidá, mi querida madre! Este sí que es el tipo de los tipos y la cosa particular! Es un mozo muy bonito, con bomba de para arriba, como el doctorcito Jaramillo, y muy crespo él y barbón. Hazte cuenta el Buen Pastor de las señoras González. Pero no te puedes suponer una bonitura más fea, ni más extravagante! Es muy culto y muy amable; pero con una cultura tan alambicada y una amabilidad tan hostigosa, que se puede envolver en el dedo, como cuenta Goyo del dulce de duraznos de Santarrosa. Modula la voz como dama presumida y, sin embargo, no tiene nada de adamado. Anda como un huracán, pero con mucho compás. Da la mano pegándola del pecho, encocando cuatro dedos y parando el índice, de tal modo que uno tiene que tomársela por allá muy arriba .

Y, Fernando Vallejo, en su libro las Chapolas negras no deja de vapulearlo en forma directa y a veces, soslayada, dentro de ese concepto regional, cada vez menos frecuente, de tener un sesgo contra lo bogotano. Que era un desordenado en sus cuentas.

Claro, pero no era este un atributo propio y exclusivo de los habitantes de la altiplanicie. Tampoco era rasgo característico de la tierra fría vivir saltando matones económicos y sableando a los amigos, comprometiéndose a restituir en fechas que raramente se cumplían. Era la improvidencia colombiana en todo su esplendor. Dios sabe cuántas familias acaudaladas dilapidaron sus herencias viviendo en Europa de la venta de sus propiedades en Colombia, o hipotecándolas sin remedio para prolongar un baile en medio de la euforia de casar a algunas de las hijas. No en vano Colombia tiene uno de los más bajos índices del Continente en materia de ahorro público y privado.

Tampoco, aparentar una prosperidad ficticia fue la excepción de nuestro medio bogotano durante el siglo XIX. Silva le aconseja a su padre, cuando de impresionar a los proveedores extranjeros en París se trata, que no economice en aparentar, pero de ahí no se puede concluir la monstruosidad de que es este un rasgo bogotano durante el siglo XIX. Silva le aconseja a su padre, cuando de impresionar a los proveedores extranjeros en París se trata, que no economice en aparentar, pero de ahí no se puede concluir la monstruosidad de que es este un rasgo bogotano.

Perder al juego el patrimonio familiar tampoco es exclusivo de región alguna de Colombia. Muchas tierras pasaron de unas manos a otras por la vía del juego en Antioquia, en la Costa, en Bogotá y en los Santanderes. La Hacienda de Canoas, en la Sabana de Bogotá, fue jugada en una sola noche a las físicas muelas de Santa Polonia, que era como se llamaba el juego de dados.

Escribí en alguna ocasión con respecto a Silva que, contrariamente a la versión según la cual fue un incomprendido por el medio en el que le correspondió actuar, la verdad era a la inversa: fue Silva el que nunca pudo hacer un certero diagnóstico de sus contemporáneos y de sus coterráneos.

Siempre fue un extranjero en Bogotá, pero no como se pretende, por ser el fruto de una cultura superior, o haber vivido en Europa y haber contraído costumbres suntuarias de las que no participaban las gentes del lugar. Este es el aspecto postizo del verdadero Silva. Presumía de francés, cuando era inmensamente colombiano! Sus cartas en esta lengua demuestran sus limitaciones gramaticales y lingísticas. Solo permaneció en Europa durante un año (no dos como lo pretende García Prada), aprovechó cada minuto de su estadía para enriquecer sus conocimientos de la literatura y de la ciencia de su tiempo, que ya eran muy vastos. Se empapó de tal manera en la literatura de la época que su libro De sobremesa es una caricatura del A Rebours de Huysmans y de los decadentes franceses e ingleses del fin de siglo. Lo interesante es que el personaje de A Rebours, des Esseintes, se inspiró en un famoso homosexual, el conde Roberto de Montesquieu-Fesenzac, el mismo barón de Charlus, de la novela de Proust. Hoy podemos sonreír ante estos caballeros exquisitos, que fumaban cigarrillos egipcios, sabían los nombres de todos los perfumes y de las piedras preciosas y semipreciosas y vestían con una gran afectación cuyo principal ornamento era el monóculo. Basta leer a Oscar Wilde o al propio Montesquieu, para evaluar lo que era el refinamiento: simplemente una pose. Silva o Fernández, como se llama en la De sobremesa, no escapó a esta influencia que permeaba toda la cultura occidental. Consiguió penetrar en los medios literarios franceses a través de un gran poeta cubano, José María de Heredia, que acabó siendo una de las mayores glorias de la escuela parnasiana francesa. Heredia recibía los martes a lo más encumbrado de la intelectualidad francesa y Silva tuvo acceso a alguno de ellos con ocasión de su visita a París. No es imposible que el amigo de Proust, el venezolano Reynaldo Hahn, el pianista que con el nombre de Vinteuil figura en la Busca del tiempo perdido, hubiera sido del mismo círculo latinoamericano francés.

Dos rostros Tenemos entonces dos rostros distintos del poeta: el artificioso dandy de las novelas finiseculares y el colombiano raizal, auténtico, que no encuentra su identificación y solo se desprende de su máscara cuando llega a la tierra de su ancestro. Solo Juan Ramón Jiménez, a comienzos del siglo, vislumbró este conflicto psicológico cuando dijo que hubiera querido ver a Silva desnudo y desprendido de toda la parafernalia postiza.

Esta falta de identificación aplicada al problema sexual permite explicar otros rasgos enigmáticos de la personalidad de Silva. Sus condiscípulos de la escuela primaria lo llamaban el niño bonito y sus compañeros de juerga en la adolescencia el casto José , apodo que se adoptó en Venezuela con una connotación aún más inaceptable: la casta Susana . Y todo porque en las francachelas con las mujeres de la vida no participaba tan activamente como sus conmilitones. Bien podía obedecer a un sentimiento clasista este desdén por las prostitutas, pero existe una explicación de otro orden. El profesor José Francisco Socarrás en su prólogo a la obra de Serrano Camargo sobre Silva, va aún más lejos. Transcribe las recetas médicas del dolor Legendre, el médico de Silva en París, y concluye con que se le prescribían afrodisíacos para la impotencia. Las letras APHD de las fórmulas médicas son indicativas de la voz francesa aphrodisiaque.

Aun la leyenda sobre sus amores incestuosos con su hermana Elvira no son sino una desviación de la extrañeza con que sus íntimos registraban su escasa actividad sexual, sin perjuicio de haber sido Silva extremadamente galante con las damas y que en muchas de sus poesías se canta al aspecto carnal del amor. La frecuentación de las mujeres hermosas no siempre es muestra de una gran virilidad. Don Gregorio Marañón, el célebre endocrinólogo español, apunta en su estudio sobre el donjuán, rasgos feminoides del personaje, y el propio don Juan Evangelista Manrique como que insinúa en forma velada un cierto grado de homosexualidad en Silva, cuyo preámbulo suele ser la falta de identificación. En el siglo XIX la homosexualidad era innombrable, un tema tabú, que se consideraba como un delito. Fue el caso de Oscar Wilde condenado por una Corte de Londres a dos años de reclusión en la prisión de Reading, y todavía, en los primeros años del siglo XX, libros que se ocupaban del tema eran quemados públicamente en Inglaterra, como El pozo de la soledad, o, desconceptuados en Francia como la autobiografía de Andre Guide, Si el grano no muere, pero hoy en día, con el avance del movimiento gay, una tolerancia que bien puede calificarse de comprensión, permite que este tema se trate abiertamente con un carácter casi científico. Fue audacia grande de Silva haber descrito en su novela De sobremesa escenas de lesbianas que raras veces se mencionaban en Europa y que hubieran sido materia de excomunión en Colombia, si el libro llega a publicarse en vida de su autor.

Fuera o no fuera homosexual practicante, es cosa que no interesa para efectos de explicar su suicidio. Nos basta diagnosticar el doble problema de su falta de identificación y acogernos a la versión psiquiátrica de su conflicto interno más grave que la bancarrota económica, que el pesar por la muerte de Elvira y que sus conflictos domésticos con su propia madre y con su abuela. La raíz del mal estribaba en su falta de identidad que agravaban estos sinsabores y lo precipitaba al suicidio, como ya había ocurrido en el pasado con otros miembros de su familia y ocurriría más tarde con alguno de sus primos Villar.

Dice Socarrás: Entre las formas clínicas cabe señalar la hipomanía que es una forma benigna o atenuada (de las manías).

Se acompaña de exuberancia de pensamiento, conversación fluida e interminable. El individuo se muestra vivo, espiritual, inteligente, brillante, agresivo, irritable, autoritario y sarcástico... Es indiscutible el origen endógeno de la manía- melancolía, cuyos factores hereditarios están más que demostrados. La depresión de involución en la vejez se relaciona asimismo con causas orgánicas. En las denominadas neuróticas, la depresión surge de un momento a otro sin causas aparentes o por causas mínimas. El factor importante radica en la personalidad premórbida originada en la infancia. En cambio, existen depresiones producidas por factores externos como el caso del estrés, del duelo provocado por un insuceso, muerte de un ser querido o pérdida de bienes de fortuna, cuya intensidad y duración tiene que ver con la constitución del individuo . Y yo añadiría, de conflictos con la madre en la infancia y en la edad madura.

Y continúa Socarrás: También hay inercia e inhibición psíquica total, dolor moral, sentimientos embotados, o mejor, anestesia afectiva, culpabilidad e indignidad, autoacusaciones, hipocondría, búsqueda obstinada de la muerte con rechazo de los alimentos, tentativa de suicidio, a veces raptus suicida. Se denomina así la impulsión brutal y súbita que precipita a la muerte. El melancólico se dispara un tiro, se arroja por una ventaja, o se clava un cuchillo en pleno corazón. En otras ocasiones, tomada la decisión del suicidio, el individuo permanece tranquilo como si con ella pusiera término a la angustia .

No parece hecho sobre medida este diagnóstico sobre el caso de Silva? Por los mismos años en que ocurrió el suicidio de Silva, el Viejo Continente se vio conmovido por el suicidio del archiduque Rodolfo, heredero del trono de Austria Hungría.

Tenía la misma edad de Silva y el profesor Ringel diagnosticó que las causas del suicidio residían, en mayor grado, en el desarrollo de la personalidad y del estilo de vida que en la situación crítica inmediatamente anterior al suicidio. Y añade otro experto, Bankl, que los síntomas del suicidio del archiduque ya se notaban en sus conversaciones y en sus ideas fantasiosas sobre la muerte .

Semanas antes de su suicidio visitó a un médico amigo y le pidió que le regalara una calavera que colocó sobre su escritorio para ir familiarizándose con el más allá. Es una conducta que permite emparentar los dos casos, no solamente por su comportamiento en los años anteriores a su muerte (ambos tenían la misma edad), sino por su serenidad en las últimas horas. El príncipe se encerró con su amante en el pabellón de Mayerling y hasta altas horas de la noche se regocijaron oyéndole cantar canciones populares al cochero que les había servido la cena, sin dejar adivinar el propósito de suicidarse minutos después de su partida, haciendo gala de una serenidad comparable a la de Silva, despidiéndose de sus invitados.

Los neuróticos Nada le resta gloria a la figura de Silva. Fue un genio, menos incomprendido de lo que reza la leyenda, y altamente estimado por quienes tenían las calidades intelectuales para valorar su talento, en el medio estrecho del Tíbet de Suramérica, que siempre ha sido Bogotá. Con premeditada deliberación omito el enigmático episodio de su conflicto con don Guillermo Uribe, a quien se presenta como su verdugo, no obstante haber sido su fiador en un sinnúmero de sus compromisos comerciales de los cuales Uribe no derivaba ningún provecho. Apenas se conocen fragmentos de una carta que, si aún existe, consta de más de cien páginas de una excelente factura literaria. García Prada insinúa que Silva, como Wilde, perdió el dominio de sí mismo y se dejó engañar por el espejismo de placeres no experimentados sino imaginados, presumiendo que la carta de Wilde a Lord Alfred Douglas, que se conoce con el nombre de De profundis, pudo haber llegado a manos de Silva. No pudo ser, puesto que el De profundis mutilado fue publicado en 1905 y divulgado en su totalidad hacia 1912, cuando se adujo como prueba en un juicio por calumnia en contra de Douglas, quien desconocía su contenido.

Hace muchos años me sorprendió el tono rencoroso y autocompasivo de estos dos documentos que raras veces se cotejan y menos con el propósito de establecer un paralelismo.

Uno y otro adoptan una actitud de autocrítica; se duelen del tratamiento que han recibido del destinatario; evocan la muerte de su ser querido, en un caso, la madre, y, en el otro, la hermana, en términos desgarradores; recapitulan el episodio de su quiebra a manos del síndico designado por el juez, con detalles tan nimios en medio del desastre, como el dolor de perder libros dedicados por sus autores... Por sobre todo, ambos incluyen un minuciosísimo estado de cuentas que en Wilde aparece mezquino y en Silva recriminatorio, cuando, según Vallejo y el maestro Guillermo Uribe Holguín, hijo del agraviado, Silva no supo corresponder al tratamiento paternal que le dispensaba su fiador.

Fueron tan afines que cualquiera de los dos hubiera podido suscribir aquello de: No soy de los que nacieron para las reglas sino para las excepciones , o, citar la vieja copla: Por amarga la verdad quiero echarla de la boca Fueron dos neuróticos, como tantos otros, de quien Proust, tan citado en estas páginas, pudo decir con razón: Magnífica y lastimosa familia la de los neuróticos que son la sal de la tierra, ellos y no otros son los que han fundado las religiones y compuesto las obras maestras. Nunca el mundo sabrá lo que les debe y lo que ellos han sufrido por dárselas .

Es una cita que yo le robo a Aníbal Noguera porque me parece que en el caso de Silva viene como anillo al dedo.

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