FIRMEZA EN LA CULTURA DE LA VIDA

FIRMEZA EN LA CULTURA DE LA VIDA

Es obvio que hayan llovido las críticas a la reciente Encíclica Papal, especialmente por parte del teólogo populista alemán de siempre, Hans Kng, quien, por definición, carece de esa calidad, por cuanto sólo son teólogos los que en comunión con el Papa y los obispos, atendiendo la Tradición, la Escritura y el Magisterio de la Iglesia, profundizan en el conocimiento de la verdad revelada .

19 de abril 1995 , 12:00 a.m.

De otra parte, en uno de su gratos artículos, el 3 de abril, Lucy Nieto de Samper le atribuye a la encíclica, para el caso de los enfermos terminales, una condena papal a quienes les lleguen a retirar los medios que les puedan prolongar inútilmente la vida. Ella sin duda está equivocada en este punto, porque ha sido doctrina tradicional de la Iglesia Católica la de que no se recomienda normalmente utilizar medios extraordinarios para prolongar la existencia de pacientes desahuciados. Y es también a eso a lo cual generalmente se refieren los propulsores de una muerte digna . En efecto, la encíclica califica esta práctica como ensañamiento terapéutico , que son las intervenciones médicas que resultan desproporcionadas a los resultados que se podrían esperar, o bien que resulten demasiado gravosos para el paciente o para la familia (Punto 65 de Evangelium Vitae).

La encíclica, fuera de la vigorosa argumentación característica de Juan Pablo II, en verdad no contiene nada que no haya sido la constante doctrina tradicional de la Iglesia. Lo que ocurre es que a algunos de los católicos de hoy les molesta profundamente volver a oír que su religión nunca ha sido cómoda y que no se adapta a las costumbres que en un momento dado pueden resultar mayoritarias, porque ella tiene como obligación fundamental la de preservar el tesoro de la fe en su sentido evangélico primigenio. Y Juan Pablo II ha cumplido su misión a cabalidad: tanto, que por su gran fortaleza, sorprendentemente, la revista Time le dio el calificativo de Hombre del año 1994 a pesar de haber sido ella una permanente contradictora de sus conceptos y doctrinas.

Sobre el escándalo de la pena de muerte, no es posible poner en el mismo plano la condena de los peores criminales que el Santo Padre sólo admite como una rara excepción que no se debe dar casi nunca, y sólo cuando no haya otros medios para proteger a la sociedad con esa misma condena cuando es aplicada a seres inocentísimos y totalmente indefensos, como ocurre con el aborto, hoy aceptado por la ley en varios países. Aquí la cultura de la vida es lo que el Papa exige que se sitúe muy por encima de la cultura de la muerte, que desgraciadamente está caracterizando ahora al mundo occidental.

Tampoco es nueva la recomendación a los católicos en el sentido de que incumplan las leyes injustas como las que favorecen el aborto o la eutanasia, porque ha sido constante la instrucción de la Iglesia a los fieles en el sentido de que, en conciencia, nadie está obligado a acatar una ley de esta índole, recomendación que se extiende también a abstenerse de aceptar la tributación, cuando se malgasta por gobiernos corrompidos el producto de los impuestos.

En el caso de la tragedia de las mujeres que por una u otra causa aceptan abortar, el Papa les ofrece a estas pobres víctimas ayuda y consuelo.

Los días de la Semana Santa se han prestado para que todos podamos leer atentamente Evangelium Vitae y meditarla, para sacar oportunas conclusiones. Pero su extensión, de unas doscientas páginas, no permite referirse a espacio a sus importantísimas afirmaciones en un corto escrito de prensa.

Lo que sí salta a la vista es la fidelidad a la doctrina, la sinceridad y la profundidad del mensaje, así como la valentía de su autor, que ni busca adeptos, ni teme perderlos, así vayan en acelerado aumento el prestigio, el proselitismo y el número de las sectas anticatólicas que suelen acondicionar sus variables recomendaciones a lo que hoy busca la gente.

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