UN HOGAR PARA CASOS EMBARAZOSOS

UN HOGAR PARA CASOS EMBARAZOSOS

En el norte de Bogotá hay una casa que tiene la facultad de convertirse en un internado en Suiza, un ancianato, un convento, y hasta algún remoto lugar en la selva.

19 de abril 1995 , 12:00 a.m.

Y es que allí van a desaparecerse las mujeres que quedan embarazadas y que no quieren que nadie conozca su estado.

Las futuras madres son aceptadas a partir del quinto mes de embarazo y viven en la fundación Pisingos durante casi cinco meses más, cuando tienen su hijo y lo dan en adopción.

Durante este tiempo se capacitan en talleres de manualidades y al tiempo reciben conferencias de personal especializado como sicólogas y trabajadoras sociales.

Una vez tienen el bebé, las madres lo entregan en adopción y tienen un plazo de 30 días para arrepentirse. Si después de este tiempo no lo hacen, renuncian a sus derechos sobre el niño, que pasa a formar parte de una nueva familia.

Varios testimonios, dados por mujeres de diferentes edades y clases sociales, coinciden en que es el amor por el niño lo que las hace renunciar a tenerlo con ellas, y que tal vez en un futuro, cuando la situación económica y afectiva mejore, tendrán un hijo con el que quieran quedarse.

Una casa al norte de Bogotá es el único lugar del mundo que se puede convertir en un ancianato, un convento, un colegio para señoritas en Suiza, una prestigiosa universidad en Estados Unidos, un lugar para hacer las prácticas universitarias y hasta un remoto refugio en la selva amazónica.

Pero no es arte de magia ni producto de una ilusión óptica. Y es que este lugar sirve de refugio a las mujeres embarazadas que quieran ocultar su estado y desaparecerse de la ciudad hasta que tienen a su bebé y lo dan en adopción.

Es una opción para evitar el aborto , dice María de la Torre, una de las voluntarias del hogar de Pisingos, que comenzó hace 25 años con las adopciones en Colombia y que ahora tiene una casa especial donde se atiende a las madres, y que tiene un cupo para 65 mujeres, aunque en este momento hay aproximadamente 15.

Al hogar para madres de Pisingos llegan mujeres de todas las clases sociales, la mayoría entre los 17 y los 19 años, y una que otra a los 14 o después de los veinte.

Antes de ingresar al hogar de Pisingos, las futuras mamás deben hablar con una trabajadora social que le explica sus derechos y deberes en el lugar. Si están de acuerdo, son admitidas a partir del quinto mes de embarazo, aunque pueden entrar antes o después, dependiendo de lo que se note su barriga, y duran en el hogar hasta 15 días después de haber tenido el bebé.

Durante su estadía en el hogar, las mujeres se comprometen a ayudar en las tareas domésticas de aseo y cocina, mientras que Pisingos les proporciona la ropa y la comida, además de cubrir los gastos de exámenes médicos periódicos, hospitalización y asesorías psicológicas.

Las mujeres tienen un horario estricto para cumplir, que incluye horas de actividad con manualidades como papel picado, bolsas de basura, artesanías, culinaria, bordado y tejido a mano y a máquina, alternado con charlas sobre sexualidad, talleres con la psicóloga de planta y conferencias con los padres adoptivos.

Además, en el hogar siempre hay una trabajadora social, una psicóloga, una consejera y, por lo menos una vez a la semana un médico que están listos a atender las necesidades de las internas y trasladarlas a un hospital en el momento de tener el bebé.

Cuando nace el bebé, su madre lo registra y firma el consentimiento de entrega ante el defensor de familia del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar, y a partir de esa fecha tiene 30 días para arrepentirse de dar en adopción a su hijo. Si al cabo de este tiempo no lo ha hecho, pierde todos los derechos sobre el niño, que pasa a ser parte de otra familia, que debe, si la madre lo exige, mandar información y fotos constantes de su hijo hasta que cumpla 18 años, edad en la que él asume toda la responsabilidad.

Es común que una mujer no le diga a su familia que está embarazada. Más o menos en el 30 por ciento de los casos se entera la mamá, la hermana o alguna tía, y casi nunca llega a saber su padre.

Por otro lado, la mayoría de las mujeres que asisten a Pisingos tienen un compañero sexual estable, que se desaparece apenas se entera del embarazo de su novia. Existen también, pero a menor escala, las víctimas de violación e incesto.

Los siguientes son algunos testimonios de mujeres que han pasado por el hogar de Pisingos y han dado a su hijo en adopción.

Uno no vive de amor Este no fue mi primer embarazo. Tuve un bebé a los 15 años, pero mi niño murió en un accidente, y poco tiempo después, a los 19 años, quedé embarazada de nuevo. Yo vivía en Bucaramanga, sola porque mi familia no está en el país, y estaba sin trabajo y sin recursos.

Estaba tan desesperada que pensé en abortar, porque tenía muy poco tiempo de embarazo y hubiera sido muy sencillo, ya que nadie sabía. Mi familia no se enteró, ni mucho menos el papá del niño.

Un día, por cosas del destino, fui a parar a un lugar en Bucaramanga que se llama La casa de la madre soltera. Allí me atendió una monja que me habló del hogar de Pisingos y me dijo que había familias que estaban desesperadas por tener un hijo, mientras que había personas que queríamos deshacernos de nuestros bebés a toda costa.

A uno le dicen algo así y uno como que lo piensa, entonces cogí mis maletas y llegué a Bogotá a buscar el hogar de los Pisingos. Cuando llegué me explicaron todo muy claramente, me dijeron lo de la adopción y yo estuve de acuerdo y decidí quedarme.

A medida que pasa el tiempo, aprendí a convivir con gente de otras culturas y formas de ser y, aunque vivíamos peleando, poco a poco nos adaptamos unas a otras.

El bebé comenzó a crecer y yo empecé a pensar que realmente él se merecía algo bueno. Que yo no podía traer este niño al mundo sin que le pudiera ofrecer lo que necesitara. El no tenía la culpa de mis problemas y lo que esperaba era amor y tranquilidad.

Uno, definitivamente, no vive de amor. El amor es lindo pero no sirve para comer. Además yo no iba a alimentar a mi hijo de agua e panela y dárselo a mi vecino para que me lo cuide por raticos.

Yo en ningún momento dudé. Siempre supe qué quería hacer, aunque aquí podía cambiar mi decisión cuando quisiera.

Cuando nació mi bebita tuve ganas de quedarme con ella, pero fui realista y lo di en adopción. Ahora creo que tomé la mejor decisión.

Mi mamá casi se muere Yo quedé embarazada a los 18 años, cuando estaba estudiando en la universidad. De esto sólo se enteró mi novio, con quien llevaba cuatro años y medio, pero en lugar de abortar (la idea me parecía horrible porque estudié en colegio de monjas), o de tomar cualquier otra decisión, seguimos estudiando, y viviendo común y corriente hasta que terminé el semestre.

Mi novio se iba a ir durante un año y yo me quedaba sola, que me parecía horrible porque soy consentidísima, entonces le dije a mi mamá. Para ese entonces, yo tenía siete meses de embarazo, pero a ella no le dije que tenía todo ese tiempo, porque no se me notaba nada.

Por supuesto, cuando mi mamá se enteró, se armó una odisea horrible en mi casa. Mi hermanita también se enteró y la única solución que mi mamá vio fue abortar. Entonces la mejor amiga de ella nos mandó a una institución donde me vio una doctora y me sugirió que esperara dos o tres meses más y que tuviera el niño.

Le dije la verdad a mi mamá y ella casi se muere. Después de la cita médica, hablamos con una sicóloga que nos habló de la adopción y del hogar de Pisingos. Mi mamá me había dicho que si yo decidía tener al niño, me tenía que ir de la casa, pero cuando oyó la palabra adopción me dijo que si regalaba a mi hijo era una mujer desalmada.

Por otro lado, los papás de mi novio también se enteraron del asunto y de plano descartaron la opción del matrimonio. Por supuesto, la de la adopción tampoco les parecía una salida adecuada, entonces me dijeron que tuviera el niño y que se los diera a ellos.

A mi novio tampoco le gustó la decisión que tomé. Y es que desde que quedé embarazada, él se había portado muy bien conmigo. Nosotros hablábamos con el niño, le poníamos música... hasta nombre le teníamos. Pero me di cuenta de que lo único que quería era un hijo y que ninguno de los dos tenía la madurez suficiente para darle un buen hogar a un niño.

Ahí decidí que ninguno se iba a quedar con mi bebé. Ni yo, ni mi novio, ni mucho menos mis suegros. Entonces fui al hogar de Pisingos y dije que me iba a un seminario.

Yo iba dichosa porque me encantan las manualidades y allá iba a hacer muchas cosas de esas, pero seis horas después de haber llegado al hogar, ya había empezado a sufrir. Desde ahí y hasta que tuve el bebé, pasé todo el tiempo llorando.

Mientras tanto el tiempo iba pasando, y yo comencé a hablarle a mi hijo, a explicarle lo que no podía quedarme con él, primero porque no tenía con qué mantenerlo y segundo porque no era justo que creciera sin su papá.

Ahora, un año después, le pido a Dios que esté bien donde quiera que se encuentre y que sea feliz. Yo lo vi una vez, pero no fui capaz de cargarlo porque me dio miedo aferrarme a él.

El está lleno de amor Me di cuenta de que estaba embarazada cuando tuve dos días de atraso, pero no podía tener el hijo porque siempre he vivido sola (mi familia no está acá), yo trabajaba en una panadería, entonces ganaba poco, y tenía que pagar arriendo.

De todas formas dejé pasar un tiempo a ver cómo estaban las cosas con mi compañero, aunque él sabía que yo no quería tener hijos, porque no tenía la madurez para responder. Lo primero que pensé fue en darlo en adopción. En ese momento, terminé con él. Yo no iba a sacrificar mi hijo porque él quería.

A los tres meses se dieron cuenta en mi trabajo y me despidieron, y después de un tiempo se me acabó la plata y me fui donde mi amiga, pero no me podía quedar todo el tiempo en su casa, entonces unos compañeros que se ofrecieron a ayudarme, me llevaron a una fundación, siempre diciéndome que no podía dar el bebé en adopción porque me iba a volver loca.

Yo para mi hijo quería una familia, un padre y una posición lo suficientemente sólida como para no aguantar hambre.

Cuando llegué al hogar ya tenía seis meses de embarazo, pero no se me notaba nada. Aquí comencé a bordar, que siempre me ha fascinado, y durante tres meses estuve bordando, y aunque tenía todo lo que necesitaba, estaba muy triste, porque me sentía terriblemente sola.

Mi mejor amiga me dio la espalda porque yo le dije que iba a dar mi bebé en adopción. Me dijo que era una desnaturalizada y la mamá de ella me dijo que se quedaba con él, pero eso no era lo que yo quería para mi hijo, entonces le dije que no.

Sin embargo, mi experiencia me sirvió cantidades. Ahora trabajo como bordadora.

Yo nunca hablo de mi hijo, aunque lo quiero muchísimo. Todos los días lo pienso y le pido a Dios que esté muy bien. Cuando lo vi y lo cargué no me aferré a él porque me parecía imposible tenerlo. Yo he ido a averiguar por mi hijo y recibí una foto que me mandaron de él para Navidad. Está divino y se le ve la felicidad en los ojos. Está lleno de amor, y tiene una familia que lo adora.

Aunque yo no lo podía tener, quería quedarme con él porque yo vivo muy sola y esta era la oportunidad de tener a alguien, una compañía, pero no era justo con él desde ningún punto de vista.

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