La democracia embargada

La democracia embargada

“Yo puedo demostrar en mi patrimonio que he venido muy endeudado desde el 92. Yo ejercía con éxito la profesión de abogado, pero el poco capital que tenía lo fui perdiendo en esta actividad política...”. “Aún tengo pagarés firmados con gente de fuera del mercado bancario a la que le debo plata…”.

21 de octubre 2008 , 12:00 a.m.

“Soy un congresista que vive endeudado, pero pago mis deudas y vuelvo a ponerme al día”. Estas palabras del Presidente del Congreso, que podrían ser de cualquier congresista colombiano, dibujan el drama de la política en el país. No solo revelan las limitaciones que encadenan a los políticos, sino las restricciones que impone el sistema para combatir la corrupción y el clientelismo.

La razón es simple. Los que saben dicen que para ganar una curul en el Senado hay que “invertir” entre 1.500 y 2.000 millones de pesos. Y para obtener una en la Cámara se necesitan entre 800 y 1.000 millones de pesos.

Para financiar esa ‘inversión’, el candidato (si no tiene ese dinero) debe recurrir a préstamos (de bancos y prestamistas) y donaciones. Una vez electo, además del sueldo y el dinero que va a recibir del Estado por cada voto obtenido, debe tener una fuente adicional que le ayude a pagar las deudas contraídas.

En promedio, un congresista no recibe más de 15 millones de pesos netos al mes. Si los dedicara todos a pagar las deudas, los cuatro años como senador o representante apenas le alcanzarían para llegar a la Cámara. Y como en el 90 por ciento de los casos se trata de candidatos que no movilizan más de 50.000 votos, el dinero que el Estado les repone por cada voto obtenido, apenas llega a cubrir una tercera parte de la deuda. Y eso en el mejor de los casos.

Los cálculos nos ponen frente a una de las peores consecuencias del narcotráfico y la corrupción: el aumento de los costos de la política. La entrada de esos dineros en las campañas produjo una distorsión tan grande que, para competir, todos tienen que buscar recursos donde sea necesario. Y allí nadie pone límites. Mientras que los electores piden más y más, a cambio de su voto, los fondos (legales e ilegales) deben fluir en cada vez mayor cantidad.

La burbuja crece y crece. Desde que se posesiona, el congresista está embargado. Bien por los cobros de los bancos o bien por las presiones de los prestamistas que, a cambio de condonar o reducir la deuda, les exigen a sus deudores contratos o cargos públicos para sus familiares, cuando no beneficios con la expedición de una ley.

Pero donde más distorsiona el aumento de los costos de la política es en la conformación de las bancadas parlamentarias. Como estar en la oposición no da contratos ni puestos públicos, el congresista sabe que, desde el inicio, le conviene aliarse con el Gobierno. Aquí, nuevamente empeña sus decisiones.

A cambio de contratos y puestos públicos que le ofrecen, debe votar favorablemente los proyectos que les proponga el Gobierno. Y si no es suficiente, el congresista se convierte en un informal de la política, que debe recurrir a todo tipo de intermediaciones o favores, con tal de que pueda financiar sus deudas.

Por eso, los congresistas no pueden ser independientes. No pueden vivir por fuera de la órbita de los favores. La deliberación pública se reduce a un simple ejercicio dialéctico, porque, a la hora de votar, deben cumplir con los compromisos. En ese momento, no representan a nadie más que a sí mismos y a las deudas que tiene detrás. No hacen parte de un partido, no pueden votar en bancada, ni mucho menos hacer control político que asegure un correcto ejercicio de lo público. El Gobierno sabe cómo funciona el sistema y por eso lo sostiene. Es a quien más le conviene. No importa que los recursos no duren para siempre.

Es la democracia embargada, en la que nadie quiere asumir seriamente la lucha contra la ilegalidad, la corrupción o el clientelismo. Cerrar esas llaves sería cerrar las fuentes que aseguran que los políticos puedan pagar sus deudas y volver a “ponerse al día”, por lo menos mientras duren los recursos y hasta la siguiente elección

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