¿Uribe al Congreso?

¿Uribe al Congreso?

El debate sobre la sucesión presidencial ha tomado algunos giros inesperados. Según EL TIEMPO, vivimos momentos de “confusión política” y “perturbadoras” incertidumbres. “Teatro del absurdo” fue la descripción de Semana.

17 de octubre 2008 , 12:00 a.m.

El origen de la confusión se encuentra en distintas iniciativas, que buscan volver a reformar la Constitución para permitir otra reelección del presidente Uribe, ya sea en el 2010 o en el 2014. El Primer Mandatario o no se decide o prefiere guardar silencio. Dentro del uribismo, los aspirantes abundan, a la espera de la señal presidencial. Para añadir más enredos, el alto comisionado de Paz, Luis Carlos Restrepo, propuso en entrevista con María Isabel Rueda que el Presidente, “aún en ejercicio”, encabezara una lista al Senado en las elecciones del 2010. En el mismo Congreso existe ya un proyecto que le otorgaría a los ex presidentes, “por derecho propio”, una curul en el Senado.

Así las cosas, la discusión se reduce a ratos a las especulaciones sobre las intenciones presidenciales. No es tema de poca monta. Pero tendrían que existir mayores esfuerzos para discutir las bondades de las medidas propuestas más allá de los designios individuales del presidente Uribe.

En una de sus declaraciones recientes, el asesor presidencial José Obdulio Gaviria defendió el proyectado referendo –en pro de la nueva reelección consecutiva– con argumentos cuestionables. Que es una medida “muy progresista de origen popular”. Que “lo recomendable en las democracias modernas es la continuidad aprobada por el pueblo”. Que “la reelección alternada genera inestabilidad”. Que “eso de estar cambiando cada rato de Presidente es muy atrasado y primitivo”.

Lo “atrasado y primitivo” es estar reformando a cada rato las normas constitucionales, con debates francamente pobres. Mucho más “atrasado y primitivo” es reformar las constituciones con el fin de beneficiar eventualmente las aspiraciones de quienes ya gozan del poder. Lo “atrasado y primitivo” es atar los destinos de 44 millones de personas a la voluntad de una sola persona.

Lo recomendable en las democracias modernas es la continuidad de las instituciones, en vez de la continuidad de liderazgos personales. Hay poco de “moderno” en el discurso de los sectores uribistas que apoyan la reelección presidencial. Allí, esa constante identificación de la democracia con las mayorías –como si su voluntad fuese absoluta e incontestable– tiene más bien ecos antiguos. Con seguridad, los asesores presidenciales conocen la famosa obra de Benjamín Constant, donde se definió desde hace dos siglos la ruta de la democracia moderna –alejada de cualquier concepción ilimitada del poder–. Curiosamente, esa concepción antigua de la democracia que prevalece en sectores uribistas es bastante similar a la que ha predominado en sectores tradicionales de la llamada izquierda. Unos y otros representan hoy grandes obstáculos para que la nación pueda soñar otra vez con una democracia moderna.

Y lo que genera inestabilidad es estar modificando a cada rato las reglas del juego democrático. Sobre todo cuando se hace sin mayores consultas con la oposición. No hay porvenir estable alguno –en ninguna sociedad que aspire a la democracia– sin un consenso básico entre las distintas fuerzas políticas sobre los procedimientos para competir por el poder. El proyecto de referendo –aún más que la reforma anterior– atropella muchos de los principios que han informado los deseos casi bicentenarios de consolidar una democracia liberal en este país.

Dice José Obdulio Gaviria que el presidente Uribe “nunca ha sido un entusiasta de la reelección”. Y que a él le “tocó escribir un libro y bregar mucho para convencerlo” la primera vez. Un examen serio de los argumentos que está utilizando para volverlo a convencer serviría para aplacar entusiasmos, frente a las perspectivas de inestabilidad, de retroceso y primitivismo democrático que se nos vienen con el nuevo revolcón reelectoral

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