NUNCA COMULGUÉ CON MARÍA

NUNCA COMULGUÉ CON MARÍA

Tendría yo ya 16 años cuando el profesor Varela, que era hincha mío, me detuvo en uno de los corredores del Santa Librada College, en Cali, y me dijo sonriente que me tenía un regalo. Sacó de una bolsa y me alargó una edición de María. Yo me sentí ofendido, mareado, menoscabado.

17 de abril 1995 , 12:00 a.m.

Acababa de participar a ladrillazo limpio en la caída del dictador y me había tocado ser testigo presencial de una matanza de pájaros ; un mes atrás había perdido -por dos pesos, con derecho a penetrar con la bicicleta- la rugosa virginidad en la zona de tolerancia ; me peinaba como el Elvis Presley y Muévete al compás del reloj, y era el as del rock and roll en los bailaderos de la carrera décima; y por si fuera poco acababa de leer a Madame Bovary, a Moll Flanders y a Fanny Hill. Profesor, no me regale gevonadas, le dije, no ve que he decidido ser un escritor de vanguardia? Más bien présteme todo lo que tenga de Nietzsche, y si tiene algo de Bataille... El profesor Varela enrojeció de pies a cabeza, un ribete de espuma afloró a su boca, me miró como si fuera un cadáver de anfiteatro y me espetó estas palabras: Arbeláez, en algún momento creí en usted. Tuve la sospecha de que había adquirido una chispa de sensibilidad. Pero por la forma como se ha referido a la obra sublime de Isaacs, deduzco que usted siempre será un pelmazo. Estoy seguro de que, con todas sus ínfulas modernistas, nunca escribirá una línea que la supere...

Mi mala suerte literaria obedece, pues, a la maldición de mi profesor de literatura. A pesar de haber contado con los más rigurosos maestros de estilo, y de haber machacado retórica en sofisticados talleres, no he podido cuajar la página maestra que me coloque descollante entre clásicos, neoclásicos o anticlásicos. El profesor Varela murió con la sonrisa de satisfacción bajo sus narices de que no pude con la prosa. El pobre se quedó en chistecitos , fueron sus últimas palabras, según me contó el profesor de dibujo, Luis Arango Varela.

Por esos días del 59 llegó el nadaísmo a Cali; establecimos el grupo con un sentido del humor bastante diferente al de Medellín, y Gonzalo Arango me encargó el nada penoso deber de dar a conocer nuestra genialidad mediante el escándalo -mientras podíamos llegar a hacerlo a través de la producción. El mito de la comarca estaba pagando . Traté de leerlo para atacarlo con más saña, pero el libro no se dejó. Mi mente estaba pervertida por la Nana, de Zola. María no era solo el novelón romántico que todo el mundo respetaba sin haber leído, sino también un parque y un monumento casi en los patios de un cuartel . Con el apoyo redactoral de Pedro León Arboleda -entonces periodista varado por la huelga de Relator y hoy un guerrillero abatido-, a quien también el personaje se las hinchaba , Alfredo Sánchez, Diego León Giraldo, el Monte y yo facturamos un manifiesto tórrido al alcalde de la ciudad, que apareció al otro día en la primera página de El Espectador, donde hacíamos perentoria exigencia de que se retirara el monumento a María -bajo el riesgo de ser dinamitado- y fuera reemplazado por el busto de Brigitte Bardot. En el comentario de EL TIEMPO del día siguiente, lo único que se nos criticaba era nuestro mal gusto, pues según el editorialista -tal vez Eduardo Mendoza Varela-, el busto por el que deberíamos haber exigido recambio era el de Marilyn Monroe.

Dos años después, Gonzalo Arango tuvo la peregrina idea de convocar, durante uno de esos Festivales de Arte que se inventaba Fanny Mikey, la Exposición Nacional del Libro Inútil, en el Parque de La María. Ser enemigos de esa obra nos daba buenos dividendos, Nos permitía elaborar bromas apaches a la virginidad, a la castidad, a la enfermedad, al romanticismo y al pájaro negro dentro del paisaje bucólico. Todo los poetas de la parroquia y de la nación -que lo mismo era- fungían de defensores a muerte de la historia de Jorge Isaacs. La juventud en cambio comenzaba a deshipotecarse de semejante influencia. Todo el mundo llegó al parque con carretadas de libros, especialmente sus propios autores. Otros llevaban los libros de sus enemigos. Algunos escritores del cartel mariano escondidos tras los árboles, con Velasco Madriñán, el autor de El caballero de las lágrimas, mandaban espías a averiguar si alguna de sus obras había sido colgada . Cuando les llegaba la noticia de que sí, salían de sus escondites y se sumaban al jolgorio. Con los libros de Gonzalo Arango hacían los pájaros nidos. Pero el libro que barría por su reiterada presencia era María, colgada por los estudiantes condenados a leerla. Entonces Gonzalo pronunció su detonante discurso, que sólo Hernando Giraldo tuvo la osadía de reproducir en su Columna Libre. En medio del éxtasis, algunos chistosos quemaron sobre las cabezas de Efraín y María ejemplares de EL TIEMPO y El Espectador. Y nosotros, que siempre gozamos de tan buena prensa, nos vimos condenados al ostracismo. Esa noche hice un nuevo intento por leer a María. Imposible. Tenía a mente llena con Justine y a Juliette, del Marques de Sade.

El contragolpe no se hizo esperar -hace hoy 30 años-, a través la palabra cascada y sacrosanta del poeta de Piedra y Cielo y de Teresa en cuyo c... el cielo empieza , abanderado de las causas que tuvieran que ver con el idioma de Castilla y con la poesía prístina. Aunque poco dado al panfleto, Eduardo Carranza se dejó venir con una catilinaria. Y con inspirado acento en la á, exclamó ante las autoridades civiles, eclesiásticas y militares: Ah, yo desafió a los escritores nadaístas, y les doy 30 años de plazo de aquí en adelante, a que escriban una obra mejor que María, o si no que callen para siempre .

Al otro día los periódicos, a pesar del veto, titulaban a igual número de columnas: Nadaísta Jotamario acepta el reto de Carranza a los nadaístas, pero a muerte . Y subtitulaban: Qué él escoja las armas, yo escojo el sitio: Hacienda de El Paraíso. 12 p.m. Domingo de Resurrección . Con Pablus Gallinazo, mi padrino, tomé clases de florete. con el mayor Camargo tiro al pentágono. El domingo por la noche con toda la claque en la hacienda. hasta Pardo Llada me había mandado fotógrafo, y un pichón de reportero que se hacía llamar Poncho . Esperamos hasta las 5 de la mañana y en vista de que el retador retado no apareció, el doctor Quintero procedió a declarar a Carranza técnicamente muerto , y como no hubo cadáver qué lamentar ni qué levantar, procedimos a bañarnos en bola en el mismo sitio donde lo hacía María en levantadora.

Esa misma madrugada traté de echarle muela a María, pero fue inútil. Acababa de leer a Lolita, de Nabokov. El pobre Eduardo no alcanzó a darse cuenta que terminó ganando el envite. En 30 años, los nadaístas no logramos escribir una obra mejor -ni peor- que María. Todos los que apostaron por don Jorge Ricardo Isaacs, hijo de judío inglés y chocoana, ganaron.

El penúltimo caso me sucedió hace unos cinco años, cuando recibí una llamada del músico Luis Antonio Escobar, quien estaba interesado en montar una ópera sobre María y consideraba que yo era el preciso para preparar el libreto. Por qué yo, maestro?, le pregunté. Porque usted no cree en ella, y eso es lo que necesito. No hay nada que impida tanto trabajar como la veneración. Me metí de cabezas nuevamente en María, a pesar de que estaba leyendo la biografía de Milena. Dos años después, cuando me dirigía a casa del maestro con el libreto, leí en la cinta de un cortejo fúnebre que se dirigía a los Jardines de Paz: Luis Antonio Escobar.

Y el Miércoles Santo me llama el amigo Fernando Quiroz, de la sección de cultura de EL TIEMPO, a encargarme una memoria de mis relaciones con María, a partir de la adolescencia. A ver si al fin recapacito y avalo con mi testimonio que se trata de una de las historias de amor más hermosas del mundo. He aceptado, y me he vuelto a tratar de sumergir en su lectura, a pesar de estar enfrascado en Anna Livia Plurabelle. Es inútil. Me doy por vencido. No será esa la leyenda de amor que hiele mis venas. Si se trata de héroes de amor de malas, y de adehala vallecaucanos, me quedo con el Ricardito el Miserable , de Andrés Caicedo.

Llegaste al límite de contenidos del mes

Disfruta al máximo el contenido de EL TIEMPO DIGITAL de forma ilimitada. ¡Suscríbete ya!

Si ya eres suscriptor del impreso

actívate

* COP $900 / mes durante los dos primeros meses

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.