PROFESORES MAL ENSEÑADOS

PROFESORES MAL ENSEÑADOS

Las facultades de educación del país están a punto de obtener un diploma en el que dice con letras de molde doradas: la crisis ya tocó fondo .

17 de abril 1995 , 12:00 a.m.

En los años 60 se crearon licenciaturas en cantidades industriales y, para atraer a muchos jóvenes, se ablandaron los requisitos de admisión. Lo urgente era ampliar la cobertura de la educación. El objetivo, tener más profesores.

El resultado fue una masificación sin control y sin filtros de calidad. Después de los de economía, los programas de educación son lo que más proliferan, hay 440. La mayoría de los matriculados son estudiantes con bajo nivel académico que han tenido problemas para ingresar a otras carreras.

El sociólogo e investigador de la Universidad Pedagógica Gonzalo Cataño dice que las facultades de educación cargan con un estigma muy grande: son facultades de segunda para gente de segunda .

Los programas se han preocupado por el qué van a enseñar los maestros y el cómo va a enseñarlo, pero la reflexión del por qué y el para qué prácticamente no existe , dice Rafael Campo, decano de la nueva Facultad de Educación de la Universidad Javeriana.

Facultades de educación en crisis Había una vez un maestro que era muy importante. Era tan valioso para la comunidad como el alcalde o como el cura del pueblo.

Muy pocos podían llegar a igualar su sabiduría y a ocupar su posición, por eso lo respetaban. Era el primer invitado a los eventos sociales y su opinión era indispensable para tomar cualquier decisión.

No se limitaba a dar clases en un salón. Vivía al tanto de los problemas de su pueblo y se interesaba por el bienestar de sus alumnos y familias...

Así eran los maestros hace muchos años, cuando serlo era algo grande.

La sociedad actual tiene nostalgia de ese educador que prácticamente se perdió en el vaivén de la modernidad que llegó con los años sesentas.

En esa época, por sugerencia de un modelo económico importado, se abrieron de par en par las puertas de las universidades para todo aquel que quisiera ser maestro. Lo urgente era ampliar la cobertura de la educación. La estrategia, tener más profesores. Se crearon licenciaturas en cantidades industriales, y para atraer a muchos jóvenes a esta noble profesión, se ablandaron los requisitos de admisión. El resultado fue una masificación sin control y sin filtros de calidad.

Ese es solo el comienzo de los problemas de la formación de educadores en Colombia. Varios diagnósticos realizados por investigadores demuestran que los programas académicos no se corresponden con lo que el país espera y necesita de sus maestros.

En la mayoría de los casos, la enseñanza de la educación se reduce a la pura instrucción para desempeñar un oficio y a la acumulación de información que luego habrá que transmitir a otros. El espíritu innovador, reflexivo y autocrítico de los educadores no existe.

Como si esto fuera poco, en su mayoría, las facultades de educación carecen de buenas bibliotecas, medios audiovisuales, computadores y otros recursos sin los cuales es imposible pensar el mundo presente y futuro. La investigación es casi nula.

Rafael Campo, decano de la nueva Facultad de Educación de la Universidad Javeriana, dice que en este momento nadie, al interior de las facultades, cuestiona la enfermedad. El problema es definir cuál es el mejor remedio y cómo aplicarlo .

La Javeriana disolvió hace dos años su facultad porque los mismos directivos consideraron que no era buena. Nos estábamos quedando sin estudiantes y sentíamos que el programa estaba perdiendo su capacidad innovadora e investigativa , dice Campo.

El año pasado se volvió a abrir la facultad con un esquema novedoso. Los programas se han preocupado por el qué van a enseñar los maestros y el cómo va a enseñarlo, pero la reflexión del por qué y el para qué prácticamente no existe. Y en eso pondremos ahora el énfasis. Creemos que hay que darle un valor formativo a los conocimientos, pues la información por sí misma no es el objetivo de la educación. La pedagogía no es la cachucha que se pone al final para poder ejercer. Ser educador es algo que necesita más identidad, más sustancia. Hay que elaborarlo más, interiorizarlo , dice Campo.

En el mismo proceso están otras universidades. Una prueba de su compromiso es la creación, hace dos años, de la Asociación Colombiana de Facultades de Educación, Ascofade, que agrupa a 42 de las 73 que hay en el país, y que en su primera etapa hará énfasis en la reforma que necesitan estos programas.

Miriam Ochoa, decana de la facultad del Externado, y presidenta de la Asociación, está convencida de que la solución para elevar la calidad de la formación de los educadores es reducir los pregrados y dar prioridad a los posgrados.

En la base debe estar una disciplina científica y el interesado podrá complementarla con un posgrado en educación. Ese es el enfoque que estamos desarrollando en el Externado desde hace cinco años y ya hemos comenzado a ver los resultados. La calidad de los egresados ha mejorado sustancialmente , dice Ochoa.

El sociólogo e investigador Gonzalo Cataño, dice que las facultades de educación cargan con un estigma muy grande: son facultades de segunda para gente de segunda .

Según él, la crisis de las facultades de educación tiene su origen, paradójicamente, en una loable misión: se convirtieron en mecanismo para democratizar el acceso a la educación superior. Los matriculados han sido tradicionalmente jóvenes de bajos recursos, de origen provinciano o hijos de empleados del área de servicios de las grandes ciudades que estudiaron en colegios públicos o en instituciones privadas de baja calidad. Se trata de estudiantes con bajo nivel académico y con Icfes regulares y bajos (menos de 200 incluso) que han tenido problemas para ingresar a otras carreras.

Cataño es docente en la Universidad Pedagógica y cree que el estigma social que tiene el oficio de maestro también contribuye con el problema: se trata de un trabajo dependiente, sin autonomía, mal pago y sin muchas posibilidades de progreso. Eso no permite que un buen capital humano se sienta atraído por esta profesión.

Miriam Ochoa piensa que el gran problema no está en los bajos salarios. Hay que dignificar esta profesión a través de la cualificación intelectual. Lo uno traerá lo otro. Además, la gente buena no llegará subiendo la exigencia del Icfes. Hay que cambiar la concepción de la carrera , dice.

Se reproducen como conejos A pesar de su baja calidad, los programas de educación proliferan en Colombia. Actualmente existen 440.

Comparando las otras áreas del conocimiento, estos ocupan el segundo lugar en cantidad, después de los de economía.

Además, existen los mismos programas en las tres modalidades de educación (técnica, tecnológica y universitaria) y programas con denominación similar para intencionalidades curriculares distintas, así como varias denominaciones para programas que son similares. Un ejemplo de esto último es la existencia de 44 programas de licenciatura en Ciencias Sociales con 10 nombres diferentes, según cita en su tesis Myriam Velásquez.

Los maestros también están conscientes de la gravedad del panorama. Boris Montes de Oca, presidente de la Federación Colombiana de Educadores, Fecode, afirma que la realización de las reformas que impulsó la nueva Ley General de la Educación solo serán posibles si están acompañadas de una profunda reforma en el nivel superior. De la formación que reciban los actuales y los futuros maestros depende la manera como este profesional enfrentará los retos que le plantea la nueva Ley y el nuevo país. Estamos necesitando una formación de excelencia , dice.

Rajados en pedagogía, rajados en investigación El centro de los programas de educación en Colombia no es la pedagogía, que es lo que le da la identidad al maestro.

Lo que realmente interesa es el dominio de la disciplina que se va a enseñar y en alguna medida los métodos y las didácticas para poderlo hacer , dice la investigadora Miriam Velásquez.

Esta concepción instrumental de la pedagogía la ha convertido en un oficio mecánico y la ha despojado de toda posibilidad de transformación, creación y reflexión , agrega.

Por lo mismo, tampoco hay cabida para la investigación. Según Velásquez, las facultades no cultivan en sus estudiantes la necesidad de sistematizar sus experiencias docentes y pedagógicas a través de la investigación, por eso es imposible que sea este mismo espíritu el que dirija su quehacer en el aula de clase.

El anquilosamiento en este aspecto es sorprendente: al promediar los datos de Colciencias, cada facultad de Educación ha realizado menos de media investigación durante los últimos 24 años.

Eso se explica tal vez con el hecho de que solo el dos por ciento de los profesores de los futuros maestros tienen formación doctoral y solo un 20 por ciento ha realizado alguna maestría. La mayoría, es decir el 60 por ciento, no está vinculada de tiempo completo a la Universidad.

Gonzalo Cataño, que es sociólogo y se ha dedicado a la investigación en educación, asegura que muchos de los temas de estudio de la educación han sido desarrollados por otras disciplinas.

El resultado de todo esto, según Velásquez, es que cuando el educador sale y se ve enfrentado a la vida laboral desconoce por completo la realidad y no está preparado para comprenderla y menos aún para transmitirla o transformarla, puesto que lo único que sabe es enseñar en forma ahistórica y acrítica .

Rafael Campo, decano de la nueva Facultad de Educación de la Universidad Javeriana, dice que los maestros salen a enseñar cosas a personas que no conocen. Hay que modernizar la pedagogía para ponerla a tono con la mente de los niños de hoy. Ellos llegan al colegio con más información de la que teníamos nosotros. El acceso a los medios de comunicación los hace pensar distinto a los niños de otras épocas. Pero los maestros siguen enseñando igual y la clase se ha convertido en 30 minutos de aburrimiento. Dos horas de Nintendo son mucho más placenteras, porque hay movimiento, retos, exploración de cosas desconocidas, emoción .

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