SERVILLETAS Y LENCERÍA

SERVILLETAS Y LENCERÍA

Quienes creyeron educarnos cuando éramos pequeños, también nos maleducaron, aun sin querer, en muchos aspectos. Y es que en parte por mala imitación o por peor información, el estigma de gustos y modales quedó grabado en el inconsciente desde los recuerdos infantiles. Por ejemplo, mi temprano desvío de funciones de la servilleta tiene sus orígenes deformados en el babero, mal uso que acentué por la costumbre que tenía el tío Pepe de enganchársela en el primer ojal del chaleco. No hijo, la servilleta se desdobla parcialmente, después de que lo hayan hecho los anfitriones, y formado un rectángulo con ella se pone sobre las piernas repetía mi madre, cada vez que metía mi servilleta por el cuello de la camisa.

16 de abril 1995 , 12:00 a. m.

Desde luego, las lecciones no paraban ahí, y más de una vez los mayores me aclararon que la conveniencia de usar la servilleta no tenía nada que ver con la necesidad de sonarse la nariz, ni secarse el sudor de la cara, por mucho bochorno que hiciera en los comedores. La servilleta se utiliza cada vez, después de beber agua o vino y con las dos manos, de forma decidida y sencilla, sin restregar los labios insistían mis progenitores, después de verme repetir la gracia del tío Paco, que se enmascaraba con las servilletas, imitando el velo de las moras que había conocido cuando prestó el servicio militar en Ceuta. Al finalizar la comida, la servilleta se deja con delicadeza, sin desdoblar, sin enrollar, sin extender y sin estrujar, a la izquierda del plato dijo sin inmutarse una vez mi madre, después de que mi padre se la hubiera arrojado a la cara un invitado a quien sorprendió cogiéndole las piernas debajo del mantel.

Cabe suponer que aquello de abandonar la servilleta con elegancia es lo que mejor aprendí, pues además de ser un acto refinado no dejaba dolorosas secuelas; y no fue que mi viejo se retractara del fortuito mal uso de su servilleta aquel día, sino que a causa del tiro que recibió en el tobillo, tras el consiguiente duelo para lavar su honor, anduvo cojo el resto de sus días. De cualquier forma, la peor información que afectó mi gusto, y no los modales, fue oír algo vago sobre la forma de cocción llamada al baño maría . Tenía pocos años cuando, días después de escuchar sobre los postres hervidos de esa manera, vi al abuelo espiando por el ojo de la cerradura del baño, las abluciones matutinas de una rubicunda sirvienta llamada María también. Abuela, el nono tiene que vigilar a la criada, cuando prepara, con leche condensada, el arequipe al baño maría en la ducha? Entonces el abuelo perdió sus últimos dientes y supe qué era realmente el baño maría, además de reconocer que a veces los hábitos de los mayores difieren de sus reglas o teorías, y que la urbanidad de manteles y servilletas es compleja y poco práctica. Por eso a la hora de la verdad, la lencería que realmente me interesa es la lencería íntima femenina.

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