CONTRA EL AFRANCESAMIENTO

CONTRA EL AFRANCESAMIENTO

El autor de La Manuela es el primero de nuestros escritores que después de haber vivido en intimidad con la clase pobre y desvalida y conocer sus dolores, no de oídas y para decantarlos en pomposas declamaciones, sino para buscarles remedio, los ha estudiado y descrito. El, tomando de la mano un pueblo ignorante y pobre, por desidia, impotencia o locura de los que le han gobernado, descontento por los sacrificios que ha hecho en vano, debilitado por la sangre que se le ha exigido, nos lo ha mostrado tal cual es. Bastante ha hecho; a otros corresponde remediar pronto los males que tan maestramente señala el señor Díaz, y combatir las causas que para la existencia de éstos sobran.

16 de abril 1995 , 12:00 a.m.

Cuando una nación logra conquistar en el orbe civilizado el lugar que hoy ocupa la Francia, es natural y lógico que la política y literatura de ese país afecten hondamente la literatura y política de todos aquellos pueblos que la admiran. Pero esa admiración tiene un límite más allá del cual está la parodia, pero no la que hace reír de lo que se imita, es la que pone en triste ridículo al parodiador.

Apenas ayer empezó la España a despertar del sueño a que un afrancesamiento lamentable la ha tenido reducida, a pesar de tan ilustres escritores como Donoso Cortés, Modesto de Lafuente, los Larra, García Gutiérrez, Hatzenbusch, la Avellaneda, Zorrilla, Fernán Caballero, Trueba y otros.

Apenas hoy da la literatura granadina sus primeros pasos, asida aún de su cuna; y sin que el elocuente ejemplo de lo sucedido en la madre patria, que tanto odiamos, baste a evitarlo, nuestra literatura enclenque y en andadores tiene más de francesa que de otra cosa.

Poca observación es necesaria a quien visita nuestra capital para saber que existe en la sociedad llamada de buen tono un círculo formado de familias que viven como extranjeras en su propio país, y al cual no faltan desmañados imitadores en algunas provincias. Adoptadas en él las costumbres francesas, por espíritu de imitación quizá, por exceso de refinamiento tal vez, es allí despreciado y escarnecido todo aquello que entre nosotros ha merecido el nombre de colonial. Es casi imposible amar esas costumbres y practicarlas con placer, sin aficionarse más tarde o temprano a cierta clase de literatura que de ellas se alimenta por lo general: hablamos de la novela francesa.

Habiendo, pues, tan poderosos motivos, fuera de otros que sería enojoso mencionar, para que sean bastante leídas entre nosotros las producciones de la falange de novelistas de que con sobrada razón se envanece la Francia, no será extraño que La Manuela parezca a algunos de los que en nuestro país leen, lo que a un viejo gastrónomo inglés nuestro puchero nacional. Debe tenerse en cuenta que el señor Díaz aspiró solamente a ser leído por sus compatriotas (adviértase que no decimos ni hispanoamericanos). Pero permítannos los admiradores de los autores que vamos a citar en seguida, decir: Si un Dumas, un Hugo, un Ponson du Terrail, un Sandeau, o un Gautier visitara este país, estudiase nuestras costumbres y escribiese novelas para pintarlas, él explotaría el género de La Manuela, pues que para describir refinamientos y caracteres franceses no había de venir a buscarlos entre nosotros; y se consideraría muy feliz si lograba formar cuadros como los de Expedición a la montaña , El lavadero , Los carteros , Resultados del San Juan y El asilo en la montaña .

Todos hemos sonreído placenteros al oír las primeras palabras que tartamudea un niño amado. Todos los que desean a nuestra literatura nacional gloriosos días, habrán sonreído de placer también al leer páginas inmortales de La Manuela, y entusiasmados podrán exclamar al cerrar el libro: La patria de un escritor como Eugenio Díaz, tiene literatura propia . (Fragmento) Bogotá 13 de abril de 1867

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