EL INDIVIDUO, RESPONSABILIDAD FAMILIAR

EL INDIVIDUO, RESPONSABILIDAD FAMILIAR

La noticia saltó a los titulares de la siguiente manera: el sistema sanitario público de Inglaterra le suspendía su costosísimo tratamiento anticanceroso a una niña afectada de una variante muy agresiva de leucemia. La decisión se tomaba por razones esencialmente económicas. Las posibilidades de salvar a la muchacha eran mínimas, y el dinero que se malgastara en el intento se negaba a otros casos con más posibilidades de tener éxito.

16 de abril 1995 , 12:00 a. m.

La trágica anécdota resume en una cápsula el debate que hoy estremece a la sociedad norteamericana: quiénes reciben los beneficios de la asistencia pública, a cuánto ascienden esos beneficios y quiénes pagan por ellos. En otras palabras: cuáles son las fronteras del welfare state dado que la experiencia de más de un siglo de beneficencia pública a gran escala comenzada en la Alemania de Bismarck demuestra que las necesidades aumentan a una velocidad mucho mayor que los recursos disponibles.

Cómo negarles amparo a los ancianos necesitados, a los obreros sin empleo o a las madres solteras? Cómo olvidarnos de los ciegos, los locos, los alcohólicos o los incapacitados de todas las desdichas? Cómo no brindarles una buena educación pública a todos los niños, o acceso a universidades excelentes que no les cerrarán sus puertas a los jóvenes pobres cuando demuestren que poseen talento? Y el fomento de las artes? No se puede descuidar el espíritu: hay que tener las bibliotecas iluminadas, las sinfónicas afinando los instrumentos y los museos abiertos para todos los públicos.

Todo esto, claro, sin olvidar las pensiones, porque, después de toda una vida de trabajo. qué puede esperar el jubilado si no es, al menos, una pensión que le permita vivir decentemente hasta el día de su muerte? Pero ni siquiera en ese punto terminan las responsabilidades del Estado protector, pues la cortesía final de las sociedades modernas es la digna disposición de los restos mortales. Ese, precisamente, es el lema del welfare state: atención desde el parto hasta la muerte.

El problema es que todo eso vale mucho dinero, cada vez más dinero y no hay forma humana de hacerle frente a la cuenta de gastos. Más aún: las sociedades y los políticos que las administran tienen la pésima constumbre de contraer obligaciones bajo la presunción de que la economía siempre mejorará en el futuro, olvidando las etapas de crisis o los ciclos de catástrofe , para utilizar la pesimista expresión de Kondratief. Qué nos hacemos con los compromisos irrevocables cuando llega la época de las vacas flacas? Endeudarnos para hacerles frente? Acelerar la impresión de billetes para crear la ilusión de que cumplimos lo pactado a costa, realmente, de destruir los fundamentos monetarios del sistema? Naturalmente, un Estado no puede repartir gratuitamente más bienes y servicios que los que la sociedad genera como excedente de un proceso productivo condenado a ser eficiente y ganancioso. Las empresas donde únicamente se crea riqueza tienen que producir bastante más de lo que consumen para poder sostenerse, ahorrar, invertir, crecer y contribuir al bien común.

Pero si la factura que pasa el Estado en nombre del amor al prójimo deja de tener un razonable vínculo con la realidad productiva, lo que se alcanza no es la cálida solidaridad de la tribu, sino la quiebra y empobrecimiento progresivo, elementos que acaban por destruir la convivencia armónica del grupo.

De ahí la inevitable repugnancia que suelen provocar esos políticos que, ante un recorte de gastos, demagógicamente señalan al adversario con el hot dog del almuerzo escolar, como si fuera un índice culpabilizador, acusándolo de estar creando una legión de niños famélicos deliberadamente desnutridos por un Estado insensible a las necesidades básicas de los ciudadanos.

Cómo se arregla este desaguisado? Se arregla descartando la idea de que el Estado es responsable de nuestro bienestar o de cubrir nuestras necesidades. Se arregla colocando las responsabilidades en el individuo y devolviéndole a la familia el papel de welfare que ha desempeñado desde el origen de los tiempos. No habíamos quedado en que la familia era la célula básica de la sociedad? Es en la familia, y no en el Estado donde debe ejercerse la compasión con los ancianos y el cuidado de los niños. Es de su propia previsión y de su cautela ante la vida, y no de la bondad artificial del Estado, siempre derrochador y torpe, de lo que la persona debe esperar una jubilación decorosa.

La obligación de todos no es sólo trabajar mientras podamos, sino además ahorrar para cuando no podamos trabajar. Se arregla el desaguisado admitiendo, melancólicamente, como advertía Confucio, que la vida es difícil, dura, injusta y llena de espantosos contratiempos, pues nunca ha sido sencillo alimentarse, abrigarse o cobijarse decentemente en este valle de lágrimas en el que todas las criaturas vivientes deben luchar a brazo partido para sostenerse frente a la inclemencia de la naturaleza.

En estos años postreros vivimos el fin del milenio, y, también, de la utopía socialista, y de las fórmulas políticas que colocan el destino de los individuos en manos del Estado. Ya sabemos, como dice el viejo refrán español, que cada palo tiene la inexorable responsabilidad de aguantar su propia vela. Sólo que esa lección que nos ha dado la experiencia económica todavía no ha sido asimilada por las grandes mayorías. Ya sabemos que el maná no cae del cielo, pero nos resistimos a dejar de creer en los milagros. Ya sabemos que el Estado de Bienestar no funciona, pero preferimos cerrar los ojos. No importa: la realidad se encargará de abrírnoslos.

(Firmas Press)

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